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Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
WASHINGTON. "El mundo nos está observando", advirtió
el subsecretario de Estado Robert B. Zoellick esta semana, al exponer
la urgencia con que el Congreso estadounidense debiera ratificar el tratado
de libre comercio de Estados Unidos con cinco países centroamericanosCosta
Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua y República
Dominicana.
El acuerdo, aunque diminuto en términos económicos estadounidenses,
tiene grandes ramificaciones. Es un peldaño en la agenda global
de comercio del Presidente Bush y un componente clave de su promesa de
ayudar a fomentar la prosperidad y la democracia en este hemisferio. Pero
si el Congreso no ratifica el acuerdo y "retrocedemos hacia el aislacionismo",
advirtió Zoellick, "Daniel Ortega, Hugo Chávez, y otros
como ellos autócratas de izquierda o de derecha avanzarán".
Como la administración y Zoellick lo ven, el tratado que ahora
se llama CAFTA-DR es la "culminación lógica" de
20 años de esfuerzos en la región para asegurar que la democracia
llegó para quedarse. Sin el acuerdo, la ardua lucha por la transparencia,
el Estado de Derecho, la gobernabilidad y las reformas de mercado de países
que estuvieron enredados en guerras civiles y disturbios, habrá
sido en vano. Si no se encuentra beneficio económico al final del
camino, no hay duda que aquellos líderes que se oponen a todo lo
que viene de Washington señalarán con gusto esta nueva falla.
Es un gran peso sobre los hombros de un modesto acuerdo y por supuesto
que habrá observadores en la región que cuestionarán
la profundidad del compromiso de Washington. Pero en un aspecto más
fundamental, la región está también pendiente de
ver si Estados Unidos puede realmente cumplir lo mismo que espera de los
demás: abrir sus mercados y practicar un comercio más justo.
Ahora mismo el Congreso se muestra indeciso debido al hecho de que algunas
poderosas fuerzas en este país consideran excesivo abrir las puertas
de un mercado de materias primas en un 1 por ciento. Bajo los términos
del acuerdo, las exportaciones de azúcar de los países en
CAFTA-DR a los Estados Unidos, aumentarán hasta llegar apenas a
un 1 por ciento de la producción estadounidense. Más aún,
el acuerdo incluye salvaguardas que le permiten a Washington pagarle a
proveedores extranjeros, para que no exporten su producto si la industria
azucarera estadounidense se ve "amenazada".
Pero incluso bajo concesiones tan irrisorias y las protecciones adicionales
mencionadas, la industria azucarera estadounidense está liderando
la oposición al CAFTA-DR, temerosa de que el acuerdo represente
el comienzo del fin de un arreglo muy cómodo que han disfrutado
por décadas. Los Estados Unidos hace tiempo protegen a su industria
azucarera de precios mundiales bajos con una combinación de préstamos
y cuotas. Por años, los precios del azúcar en este país
han sido hasta tres veces más altos que el precio mundial promedio.
He ahí una buena receta para endulzar las cosas artificialmente.
Según un informe del 2000 del órgano investigador del Congreso,
General Accounting Office, la política que mantiene los precios
elevados le cuesta al consumidor estadounidense entre $800 y $1.900 millones
de dólares al año. El dinero termina, según estimativos
de la GAO, en los bolsillos de azucareros como los exiliados cubanos Alfonso
y José Fanjul. Gracias al generoso programa federal, los Fanjul
reciben un bono anual de $60 millones de dólares, lo suficiente
para ayudarlos a mantenerse a sí mismos (y a sus yates) cómodamente
a flote.
A cambio, la industria azucarera retribuye considerablemente a los políticos.
En 2004, la industria le dio más a candidatos al Congreso por ambos
partidos $2.4 millones que cualquiera de los otros 46 sectores
agrícolas evaluados por Political Money Line con sede en Washington.
Entre tanto, los azucareros en países desarrollados continúan
luchando sin protección alguna y en un mercado distorsionado. Para
ellos, acuerdos de libre comercio incluso tan limitados como CAFTA-DR
son la mejor oportunidad para demostrar su competitividad frente a azucareros
estadounidenses. Y hay que darles crédito, ya que a diferencia
de estos últimos, ellos pueden afirmar que son competitivos sin
la ayuda de ningún subsidio gubernamental.
Puede haber quienes concluyan que todas estas son razones para oponerse
al acuerdo por completo. Pero ese no es el punto. Los acuerdos de libre
comercio nunca serán perfectos y sólo serán beneficiosos
en la medida en que los sectores público y privado se esfuercen
para que lo sean. La industria azucarera centroamericana ya calcula que
el acceso adicional de su azúcar a Estados Unidos bajo CAFTA-DR,
les representará más de $40 millones de dólares en
ingresos.
Para algunos latinoamericanos, el poder de la industria azucarera en este
país confirma sus dudas sobre el compromiso de Washington con el
libre comercio. Los líderes latinoamericanos cada vez más
con credenciales de centro izquierda, están luchando para
convencer a quienes conforman su base de apoyo de que no los traicionan
si se mantienen fieles a las reformas de mercado y negocian acuerdos como
el CAFTA-DR.
El mundo continúa observando si Estados Unidos compensará
a países por sus reformas democráticas, seguirá comprometido
con la región y se convertirá en un mejor practicante del
libre comercio. Pero también si la administración Bush y
el Congreso podrán desmantelar un costoso programa de sostenimiento
de precios y reclamar su independencia de oligarcas que recorren el Caribe
con yates pagados con el trabajo duro de los consumidores.
*Columnista del Washington Post.

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