elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

La nota del día
Ahora nos tocó un huracán

Lo decisivo es que cada uno, dentro de sus posibilidades, se ayude a sí mismo y también asista a sus vecinos en desgracia, a sus parientes que lo necesiten, a sus amigos y a sus comunidades

Publicada 20 de mayo 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Con una buena medida de eficiencia el Gobierno y los ciudadanos se prepararon para mitigar los daños del huracán Adrián, el primero proveniente del Océano Pacífico en los últimos doscientos años. Las catástrofes naturales son impredecibles y, en muchos sentidos, inevitables. El hombre es impotente ante terremotos, inundaciones, huracanes, cataclismos de toda especie y lo que se conoce como “actos de Dios”.

Cada terremoto, cada huracán, cada cataclismo es único, reviste sus propias características y destruye sin plan. Por lo mismo, las autoridades tienen constantemente que improvisar sus labores de rescate y sus esfuerzos para proteger sectores. Y por donde menos se espera puede ocurrir lo peor.

Cuando el tsunami que asoló muchas naciones del Asia, dijimos que el ochenta por ciento de las catástrofes en nuestro planeta son producidas por el agua, como con los huracanes. A esto se agrega la dinámica, de arrolladora fuerza, de los vientos y las corrientes oceánicas que originan las grandes perturbaciones atmosféricas y de allí los aluviones sin control de las aguas. Ya se dijo que con Adrián pueden caer de uno a dos metros de agua en veinticuatro horas, lo que significa que las costas serán anegadas, los ríos se van a desbordar, habrá que vaciar las represas a medida que se llenen y se debe poner la población a salvo llevándola a partes altas. También se dijo que se esperaban olas de tres a cinco metros de altura, las que vienen a ser como pequeños tsunamis.

Por fortuna en este país hemos aprendido a ponernos de pie tan pronto cesan los sismos y se normalizan las condiciones atmosféricas. Cuatro años después de los terremotos del 2001 no sólo desaparecieron las cicatrices terribles que dejaron, sino que muy pocos hablan de ellos como un fenómeno que agobia sus vidas. Piénsese que los países comunistas de Europa Oriental tenían escombros por doquier cuarenta y cinco años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Seamos nuestros propios ángeles

Los huracanes, a causa de las inundaciones que arrastran toda clase de suciedades y basura a su paso, dan lugar a pestes y enfermedades, ya que se pierde gran parte de las fuentes de agua potable. El agua desbordada lo contamina todo; una función importante del salvamento es, precisamente, prevenir epidemias y atender a los enfermos que se vayan presentando. Esto último se dificulta con frecuencia cuando hay zonas que quedan aisladas al haber derrumbes en los caminos o por el crecimiento de los ríos.

En estos momentos angustiosos, es importante abastecer de agua potable a las poblaciones afectadas, como brindarles techo y abrigo. En una intervención televisada, el ministro de Gobernación informó que se tienen listas alrededor de cien mil raciones de comida para atender a las personas damnificadas. Otro tanto se espera que tenga preparado Salud Pública en lo que respecta a medicamentos y cuidados hospitalarios.

Lo decisivo es que cada uno, dentro de sus posibilidades, se ayude a sí mismo y también asista a sus vecinos en desgracia, a sus parientes que lo necesiten, a sus amigos y a sus comunidades. Los alemanes libres reconstruyeron sus viviendas piedra por piedra, sin auxilio de otros.

Un belga nos dijo hace años, que el arte que mejor dominaban ellos era fabricar ladrillos: ¡Tuvieron que levantar muchas veces sus ciudades!

elsalvador.com WWW