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Roberto
A. Torruella*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Pienso que no puede pasar, sin descubrir su significado, ese fenómeno
de dos millones y medio de peregrinos, llenando materialmente la enorme
Plaza de San Pedro, la Avenida de la Reconciliación y no sé
cuántos lugares más, donde, por medio de pantallas gigantes,
podrían compartir un sentimiento de piedad, de esperanza y de íntima
solidaridad, con motivo de la enfermedad y fallecimiento de Juan Pablo
II, El Grande.
Hubo lágrimas y rostros compungidos en aquel primer instante. Muere
el Papa y viene un momento de notable espectación: la elección
del sucesor. Cónclave. Votación. Habemus Papam.
Alegría. Aplausos. Toma posesión el nuevo Pontífice
y otra vez la multitud inmensa llenando la Plaza de San Pedro.
Un fenómeno extraño. Dos sentimientos opuestos, pero íntimamente
relacionados, porque giran sobre una misma persona: El sucesor de Pedro.
Se trata de un símbolo lleno de vida y de una realidad que se ha
hecho presente, a través de veinte siglos, sin gastarse, sin enmohecerse.
Es por aquella promesa solemne que Jesús hizo al desconocido pescador
de Galilea, como respuesta a la fe y al amor del Apóstol: Y
yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia. Esta promesa quedó confirmada en otro momento,
en el diálogo del Señor con Pedro: ¿Me amas?
Apacienta mis ovejas. Tres veces la misma pregunta y la misma respuesta:
Señor, tú sabes que te amo.
Confiar a un sencillo pescador el porvenir del plan de salvación
que Jesús vino a darle plenitud, cumpliendo la voluntad de su Padre,
es algo tan inmenso que va más allá de los recursos y fuerzas
puramente humanas. Para comenzar, se hace necesaria una fe firme, segura
y un amor a Cristo y a su Iglesia. Lo demás será acción
del Señor: Yo estaré con vosotros hasta la consumación
de los siglos. Promesa que ha cumplido plenamente.
Esta es historia (historia de la Iglesia), cuyo prólogo podríamos
decir escribió aquel fariseo llamado Gamaliel, doctor de
la ley y persona muy estimada.
Este fariseo, ante los miembros del consejo que escuchaban a los
apóstoles rechinando los dientes de rabia, queriendo matar
a Pedro y a los apóstoles, habló así: Colegas
israelitas, no actúen a la ligera con estos hombres. Recuerden
que tiempo atrás se presentó un tal Teudas, que pretendía
ser un gran personaje y al que se unieron unos cuatrocientos hombres.
Más tarde pereció, sus seguidores se dispersaron.
Tiempo después, en la época del censo, surgió
Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; pero
también éste pereció y todos sus seguidores se dispersaron.
Por eso les aconsejo ahora que se olviden de esos hombres y los
dejen en paz. Si su proyecto o su actividad es cosa de hombres se vendrá
abajo. Pero si viene de Dios, ustedes no podrán destruírlos
y ojalá no estén luchando contra Dios. (Hechos de
los apóstoles 5, 33 y sgtes.).
Pretendo decir entonces que para entender el significado de los acontecimientos
que estamos comentando, sólo es posible con el auxilio de un sentimiento
misterioso y profundo, que se llama fe.
Por esta razón, el cristiano católico no le cuesta entender.
Está clara la voluntad de Jesús y es consecuente la misión
de Pedro y de sus sucesores. La historia está a nuestro favor.
Esto nos permite comprender por qué aquella multitud en un mismo
segundo de la historia, reza, está triste y aplaude. Lloran por
el Pontífice admirado y se alegra por el sucesor. Entendemos aquello
de: Tú eres Pedro y sobre esta piedra... y su complemento:
¿Pedro me amas? Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
La Basílica de San Pedro es un símbolo y el Papado, una
realidad.
Más he aquí que en aquella plaza había no sólo
católicos. Había reyes, gobernantes, diplomáticos
y miembros de religiones no cristianas.
Esta presencia tiene un signo. Quieren testimoniar que el Papa representa
para la humanidad una garantía de todos los valores. Que es un
compañero seguro en la construcción de la paz y de la justicia.
Que es el obrero más insigne en la construcción del amor.
Para ellos y para nosotros el Papa representa la fidelidad absoluta a
los principios, comprobado a través de una historia con retos enormes
de orden moral y doctrinal, porque sobre estas cuestiones no puede haber
dudas, ni modas, ni nuevas culturas. Diríamos, escandalizando tal
vez, que es de la esencia de la Iglesia ser conservadora. Para cambios,
siempre inspirados en la verdad, allí el Concilio Vaticano II.
Toca entonces a los hombres de buena voluntad pedir para que el sucesor
de Pedro, hoy Benedicto XVI, gobierne con sabiduría y fortaleza
a esta Iglesia, que continuará alentando a sus mártires,
aprendiendo de sus gloriosos místicos y santos que vivir el Evangelio
es posible, ayudando a rescatar la plena identidad del hombre frente al
matrimonio, frente a la familia, frente a la vida. Así todos ganamos
ayudando a construir el mundo feliz que Dios desea como escenario temporal
de la existencia del hombre.
* Párroco Iglesia La Merced.

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