elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Benedicto XVI
Símbolo, realidad y esperanza

Toca entonces a los hombres de buena voluntad pedir para que el sucesor de Pedro, hoy Benedicto XVI, gobierne con sabiduría y fortaleza a esta Iglesia, que continuará alentando a sus mártires.

Publicada 19 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Roberto A. Torruella*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Pienso que no puede pasar, sin descubrir su significado, ese fenómeno de dos millones y medio de peregrinos, llenando materialmente la enorme Plaza de San Pedro, la Avenida de la Reconciliación y no sé cuántos lugares más, donde, por medio de pantallas gigantes, podrían compartir un sentimiento de piedad, de esperanza y de íntima solidaridad, con motivo de la enfermedad y fallecimiento de Juan Pablo II, El Grande.

Hubo lágrimas y rostros compungidos en aquel primer instante. Muere el Papa y viene un momento de notable espectación: la elección del sucesor. Cónclave. Votación. “Habemus Papam”. Alegría. Aplausos. Toma posesión el nuevo Pontífice y otra vez la multitud inmensa llenando la Plaza de San Pedro.

Un fenómeno extraño. Dos sentimientos opuestos, pero íntimamente relacionados, porque giran sobre una misma persona: El sucesor de Pedro. Se trata de un símbolo lleno de vida y de una realidad que se ha hecho presente, a través de veinte siglos, sin gastarse, sin enmohecerse.

Es por aquella promesa solemne que Jesús hizo al desconocido pescador de Galilea, como respuesta a la fe y al amor del Apóstol: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Esta promesa quedó confirmada en otro momento, en el diálogo del Señor con Pedro: “¿Me amas? Apacienta mis ovejas”. Tres veces la misma pregunta y la misma respuesta: “Señor, tú sabes que te amo”.

Confiar a un sencillo pescador el porvenir del plan de salvación que Jesús vino a darle plenitud, cumpliendo la voluntad de su Padre, es algo tan inmenso que va más allá de los recursos y fuerzas puramente humanas. Para comenzar, se hace necesaria una fe firme, segura y un amor a Cristo y a su Iglesia. Lo demás será acción del Señor: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”. Promesa que ha cumplido plenamente.
Esta es historia (historia de la Iglesia), cuyo prólogo podríamos decir escribió aquel fariseo llamado Gamaliel, “doctor de la ley y persona muy estimada”.

Este fariseo, ante los miembros del consejo que “escuchaban a los apóstoles rechinando los dientes de rabia”, queriendo matar a Pedro y a los apóstoles, habló así: “Colegas israelitas, no actúen a la ligera con estos hombres. Recuerden que tiempo atrás se presentó un tal Teudas, que pretendía ser un gran personaje y al que se unieron unos cuatrocientos hombres. Más tarde pereció, sus seguidores se dispersaron.

“Tiempo después, en la época del censo, surgió Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; pero también éste pereció y todos sus seguidores se dispersaron.

“Por eso les aconsejo ahora que se olviden de esos hombres y los dejen en paz. Si su proyecto o su actividad es cosa de hombres se vendrá abajo. Pero si viene de Dios, ustedes no podrán destruírlos y ojalá no estén luchando contra Dios”. (Hechos de los apóstoles 5, 33 y sgtes.).

Pretendo decir entonces que para entender el significado de los acontecimientos que estamos comentando, sólo es posible con el auxilio de un sentimiento misterioso y profundo, que se llama fe.

Por esta razón, el cristiano católico no le cuesta entender. Está clara la voluntad de Jesús y es consecuente la misión de Pedro y de sus sucesores. La historia está a nuestro favor.

Esto nos permite comprender por qué aquella multitud en un mismo segundo de la historia, reza, está triste y aplaude. Lloran por el Pontífice admirado y se alegra por el sucesor. Entendemos aquello de: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra...” y su complemento: “¿Pedro me amas? Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. La Basílica de San Pedro es un símbolo y el Papado, una realidad.

Más he aquí que en aquella plaza había no sólo católicos. Había reyes, gobernantes, diplomáticos y miembros de religiones no cristianas.

Esta presencia tiene un signo. Quieren testimoniar que el Papa representa para la humanidad una garantía de todos los valores. Que es un compañero seguro en la construcción de la paz y de la justicia. Que es el obrero más insigne en la construcción del amor.

Para ellos y para nosotros el Papa representa la fidelidad absoluta a los principios, comprobado a través de una historia con retos enormes de orden moral y doctrinal, porque sobre estas cuestiones no puede haber dudas, ni modas, ni nuevas culturas. Diríamos, escandalizando tal vez, que es de la esencia de la Iglesia ser conservadora. Para cambios, siempre inspirados en la verdad, allí el Concilio Vaticano II.

Toca entonces a los hombres de buena voluntad pedir para que el sucesor de Pedro, hoy Benedicto XVI, gobierne con sabiduría y fortaleza a esta Iglesia, que continuará alentando a sus mártires, aprendiendo de sus gloriosos místicos y santos que vivir el Evangelio es posible, ayudando a rescatar la plena identidad del hombre frente al matrimonio, frente a la familia, frente a la vida. Así todos ganamos ayudando a construir el mundo feliz que Dios desea como escenario temporal de la existencia del hombre.

* Párroco Iglesia La Merced.



elsalvador.com WWW