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Punto de vista
Los buses, ese espinoso asunto

Quizá esto del transporte es una muestra de lo poco educados que somos como consumidores. Nos conformamos con cualquier cosa y casi a cualquier precio. Es un problema importante, y fuente de problemas más graves aún.

Publicada 14 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El sistema de transporte público es noticia con mucha frecuencia. Si no es por los accidentes, salta a los noticieros por las amenazas de elevar tarifas. Últimamente el tema que ha servido a los transportistas para hacerse notar ha sido la supuesta corrupción en el Viceministerio de Transporte.

Total, por una u otra causa, los buses, los buseros y los directivos de las gremiales pocos días pasan desapercibidos.

Cuando comenté a algunos amigos que quería escribir sobre el tema, muchos me disuadieron de hacerlo. ¿Para qué te vas a meter en ese lío? ¿Qué querés lograr con ello? Quizá lo más importante, para mí, es aclararme sobre el asunto, y, de paso, contribuir a formar opinión.

Precisamente el caso del transporte público se vuelve tan conflictivo, a veces, porque la gente lo aborda desde una postura en la que faltan muchas cosas, pero casi nunca intereses personales.

Es función del gobierno contribuir con su trabajo al bien común de la población, del cual —obviamente— el transporte público es parte muy importante.

Entiendo el bien común como el conjunto de condiciones que nos permiten a todos alcanzar libremente nuestros fines honestos, ¿y qué fin más honesto que el dirigirse todos los días al trabajo, visitar a parientes y conocidos o transportarse a lugares de esparcimiento y diversión?

Por otro lado, está claro que al igual que la garantía de un transporte público de calidad, a buen precio y seguro, hay muchísimas cosas que el Gobierno tiene el deber de hacer.

Sin embargo, no llega a todo, por varios motivos: porque a veces delega en los particulares el desarrollo de los trabajos e iniciativas (en palabras actuales: porque los servicios son privatizados), o porque, sencillamente, el Gobierno no cuenta con los recursos económicos o el personal para llevar a cabo esas iniciativas.

En el caso del transporte público en este país estamos en un régimen de privatización. Está en manos de la iniciativa privada. Pero es el Gobierno, es el Estado, el que ha cedido a los particulares la operación y administración, posibilitándoles que ganen dinero con el servicio.

Por lo tanto, si ha hecho una concesión, está en pleno derecho de condicionar, regular, legislar y controlar el servicio.

A veces parecería que algunos empresarios de autobuses se olvidaran que son concesionarios de un servicio que no les pertenece por derecho. Y quizá por ello exigen y plantean asuntos que en el contexto que tratamos son impertinentes.

Entonces, si el Gobierno tiene el deber de garantizar un transporte seguro, a precio justo y de calidad, podría en un cierto momento retirar los permisos a los empresarios que no cumplan con los requisitos establecidos y, una de dos: o se hace cargo directamente (cosa poco recomendable), o autoriza a otros empresarios particulares —quizá más eficientes— para que operen el servicio.

El fin de esta nota no es, como decía más arriba, zanjar un asunto de suyo difícil. Pero sí reflexionar acerca de los principios en que se asienta, con el ánimo de comprender mejor la problemática.

En esto del transporte público se dan ciertas paradojas: las leyes del mercado funcionan curiosamente, en perjuicio de los usuarios, pues al ser la demanda tan grande, la oferta —independientemente de la calidad— siempre tendrá compradores. Además, es un servicio en manos privadas que no se ha logrado mejorar por la competencia.

Además, a pesar de tener un mercado cautivo enorme, y la posibilidad de manejar grandes cantidades de efectivo (ventajas que ya quisieran muchos negocios en el país), en lugar de concentrarse en pocas manos, el negocio parece repartirse entre muchos pequeños emprendedores, con contadas excepciones.

Además, la existencia de empresarios de transporte entre los legisladores complica considerablemente las cosas. Nunca he logrado entender cómo es posible que en asunto tan delicado se permita a los actores ser juez y parte.

Quizá esto del transporte es una muestra de lo poco educados que somos como consumidores. Nos conformamos con cualquier cosa y casi a cualquier precio. Es un problema importante, y fuente de problemas más graves aún.

Ojalá se tuviera, en las instancias responsables, un plan mejor articulado y más efectivo a corto plazo, que no nos llevara sólo a reaccionar ante las amenazas y exigencias de los transportistas que, hoy por hoy, han aprovechado el alto precio del combustible, mañana será quizá una manipulación cara a unas próximas elecciones, y más adelante quién sabe por dónde podrían salir.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.


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