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A clases de vez en cuando. Rudy Villalta tiene 11 años y
cursa primer grado. Su incursión a las letras ha sido tardía,
algo común en los infantes de la escuela del caserío
El Huiscoyol. Foto EDH/Wilfredo Díaz
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Susana Joma
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
En las faldas de uno de los cerros de Morazán, los habitantes del
caserío El Huiscoyol Uno, cantón Pajigua, de Guatajiagua,
luchan por sobrevivir entre la pobreza, la falta de agua y de energía.
Muy pocos ven en la escuela de hojas de palmera, un signo de cambio, y
quizás no les falta razón. Las tareas domésticas
y agrícolas marcan el día desde la salida del sol.
Rudy tiene 11 años, demasiados para una escuela que sólo
tiene hasta tercer grado, pero que en el ambiente pasa desapercibido.
Con un mango verde entre las manos sucias, explica por qué no asistió
a clases: Mi papá me llevó para ayudarle a cargar
leña.
En los tres salones del improvisado centro, 50 niños reciben clases
en medio de la oscuridad que dificulta el trabajo diario y esconde las
carencias de mobiliario y material educativo.
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Nuevos aires para el caserío
El centro recibe fondos insuficientes por parte de Educación.
La ayuda foránea es la solución.
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2000
La escuela se levantó ese año, según relata Rodríguez,
líder de la comunidad. No han mejorado el lugar por falta de
fondos. |
2004
Empieza un trabajo de asistencia escolar y alfabetización por
parte de ONG, pero las familias no hacen su parte educativa.
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2005
Tal y como está previsto, en mayo se inician la construcción
de la institución y los talleres de formación para los
residentes. |
Cuando llueve, tenemos que estar tapando las goteras y lidiando
con el agua que entra a las aulas. En verano, lo que afecta es el polvo,
comenta la profesora Ludis Martínez, para dar una idea de la infraestructura.
No obstante, los que van lo hacen, porque saben que tienen un refrigerio
seguro, donado por el PMA.
La docente espera que la situación cambie cuando la ayuda del Ducado
de Luxemburgo se haga realidad, algo previsto para este mes. Además
de un nuevo edificio escolar, el plan contempla una campaña de
alfabetización de adultos y capacitación en oficios.
Será un primer paso, pero no suficiente. Ludis y sus compañeras,
Patricia Urbina y Angélica Posada, resienten que los niños
se quedan con tercer grado, porque sus madres no quieren que vayan hasta
la Escuela El Huiscoyol o Jiote. Les queda muy lejos dicen,
explica con resignación.
A quien realmente les queda lejos la escuela es a las tres docentes del
programa Educo. A diario, después de que agarran un par de buses,
les toca caminar cerca de tres horas por los cerros y veredas antes de
llegar a clases.
Lo prefieren a la calle de Guatajiagua, 40 kilómetros de camino
de accidentado no apto para el transporte público.
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Las huellas de la pobreza
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Salones pequeños.
La falta de iluminación al interior de las aulas es notoria.
Aún a media mañana dificulta el trabajo de los niños
y de la de las profesoras.
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De todo un poco.
La desnutrición es evidente en los niños de las familias
de El Huiscoyol. Sin zapatos y con problemas de parásitos,
su rendimiento decae.
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Esfuerzo notorio.
Isaías Parada, de nueve años,
viaja 15 kilómetros, desde el caserío El Sirigual
para asistir a clase. Su madre sostiene cinco menores.
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