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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El 60o. aniversario de la rendición de Alemania finalizando la
Guerra en Europa se celebró en Moscú, donde se destacó
la heroica resistencia de Rusia y sus aliados contra el nazismo.
Dos días antes, en Riga, Letonia, el Presidente George Bush recordó
que las naciones bálticas cayeron de la opresión germana
a la dictadura soviética, una despiadada servidumbre de cuatro
décadas.
Las tres guerras mundiales, incluida la guerra fría, marcaron el
Siglo XX, la centuria de las luces pero asimismo la del espanto. Por un
lado, los nacionalsocialistas alemanes de Hitler, los nazis, llevaron
a cabo un intento de exterminio de etnias enteras, en especial judíos;
por el otro, bajo Stalin y Mao, miles de millones de seres fueron esclavizados
por el más gigantesco aparato represivo que conoce la historia.
Ninguno de los beligerantes queda sin culpa en esos horrores. A la muerte
de millones de seres inocentes en los campos de concentración del
nazismo, se agregan otros millones de niños, viejos y adultos que
perecieron en las persecuciones y las cacerías de comunistas rusos
y chinos, o fueron achicharrados vivos durante los bombardeos de Estados
Unidos y sus aliados contra Alemania.
Fueron muchas las causas que condujeron al estallido al final de la década
de los 30, pero sobresalen dos: el establecimiento del Estado comunista
soviético y la gran depresión, esta última causada
por las políticas de Franklin Roosevelt y a quien, irónicamente,
le atribuyen de forma equivocada haber sacado a Estados Unidos de la crisis
del 29.
El principal culpable de lanzar el horror fue, desde luego, Adolfo Hitler
y su sueño de dominar Europa y el mundo. El drácula contemporáneo,
Hitler, no midió las consecuencias que tendría para Alemania
y Europa prender la chispa infernal con las sucesivas agresiones a Checoslovaquia,
Austria y, al final, a Polonia después de firmar un pacto con Stalin.
La historia para los tontos
Un somerísimo recorrido por la historia de la II Gran Guerra se
presentó a nuestros lectores en la edición de Vértice
de ayer domingo. La mayor tragedia, al lado de las víctimas, fue
la destrucción casi total de Alemania, de sus esplendorosas ciudades,
y la partición de Europa y el mundo entre Occidente y el bloque
comunista. El ex canciller inglés Anthony Eden narra cómo
Roosevelt y Stalin, los dos grandes malvados, se dividieron el globo en
Yalta; de manera significativa ingleses y estadounidenses entregaron a
Stalin los opositores rusos que se habían refugiado en Europa a
la caída del Zar; muy pocos sobrevivieron, pues los ametrallaban
dentro de los vagones de ferrocarril en los que iban deportados tan pronto
llegaban a territorio soviético. Y para rematar el destino de Alemania
y la Europa del Este, los Aliados dejaron que Berlín cayera en
manos soviéticas y que Stalin fuera conquistando país por
país en un diabólico dominó.
La tragedia se presenta y se conoce en imágenes simplistas: Hitler
persigue a los judíos y desata la guerra; el heroico pueblo soviético
y los ingleses, a los que después se unen los norteamericanos,
derrotan al nazismo y estalla la paz. No se toma en cuenta
el macabro ajedrez entre las dos grandes potencias, las guerras en el
tercer mundo, incluidas las de Carter en Centro-América, el bastión
soviético en el Caribe y el terrorismo resultante de las políticas
occidentales en el Medio Oriente.

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