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Meditando
Carta a mi madre
De ti, madre, podría
decir y recordar muchas cosas, la mayoría de ellas admirables;
como tu valor, la excelente esposa que has sido para mi padre durante
casi medio siglo, tu entrega al trabajo, tu honestidad, tus valores.
Publicada 7 de mayo 2005, El Diario de Hoy
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Salvador
Castellanos*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
No sabes cuánta satisfacción me causa escribirte esta
carta, sabiendo que todavía puedes sostenerla entre tus manos y
atesorarla en tu corazón.
Cuando medito sobre nuestro corto paso por este mundo, imagino a todos
los que han desperdiciado el privilegio de poder decirle a su madre cuánto
la aman. Sé que estas cortas palabras jamás serán
suficientes para expresar toda mi admiración por ti, pero, en su
poquedad, espero que sirvan, cuando menos, para saludarte en tu día.
Quizá porque siempre te he visto como una mujer práctica
y objetiva, es que no se me dio por escribirte en forma de poesía.
Lo cual no significa que tú no representes muy bien aquello de
manos que saben borrar tristezas y perfuman con terneza. De
hecho, de las cosas que con mayor gratitud recuerdo de ti son las incontables
noches en las que sacrificaste tu sueño para cuidarme durante mis
frecuentes y asfixiantes ataques de asma.
Perdí la cuenta de las veces que debes haber pedido permiso en
tu trabajo para llevarme al médico y las cosas de las que te habrás
privado para que nunca me faltaran los costosos tratamientos.
Pero eso no es lo único que recuerdo, también, aunque ya
han pasado cuatro décadas, siguen frescos en mi memoria, y en mis
nalgas, los certeros cinchazos que me propinabas al enterarte de mis constantes
travesuras, y que de plano nada tenían que ver con aquello de manos
de seda.
No creas que lo digo para avergonzarte, al contrario, lo digo para honrarte;
pues si bien en aquel entonces el ardor en mis posaderas nublaba cualquier
aprendizaje moral, ahora puedo entender perfectamente el gran valor de
tu corrección.
Además, quién no se ganaría un par de correazos si
a los diez años se había escapado en un autobús al
centro de San Salvador, para pasar toda la tarde en un cine de mala muerte
y regresar a casa ya bien entrada la noche, o como a menudo ocurría,
me aplazaban la mayoría de materias en el colegio, o te ponían
la queja de que había estrellado un huevo en la pared del vecino
o le había desinflado las llantas de su automóvil.
No pienses, mamá, que me he olvidado de todas las veces que también
tuviste compasión de mí, y que preferiste alcahuetearme
que darme mi merecido. No creas que me he olvidado de todos los líos
de los que me sacaste, las veces que me defendiste o intercediste por
mí.
Incluso, cuando ya me hice más grande, y por fin dejaste en paz
el cincho grueso de mi papá, sé que lloraste y rezaste por
mí, que te dolieron mis borracheras, cuando no llegaba a dormir
a la casa, las novias con las que rompí y mi vida sin aparente
futuro.
Y luego, cuando dejé la casa para iniciar mi propia familia, sé
que seguiste pendiente de mi bienestar, del de mi esposa y de los niños,
y que no dejaste de penar por mis desatinos, por mis excesos, por mi asignaciones
peligrosas como periodista; aunque ya ves, como alguna vez te argumenté,
por fin Dios me ha hecho sentar cabeza y me he convertido en el adulto
responsable que siempre deseaste que fuera.
Sería injusto dejar de mencionar lo rico que cocinas. Lamento que
sólo haya una Navidad y unas cuantas fechas importantes al año,
para disfrutar de tu delicioso arroz capeado, tu ensalada fresca y tu
lomo relleno, sin faltar el pastel de higo o el volteado de piña
que te queda de muerte. Sólo falta que me cumplas el deseo de volver
a comer la sopa seca de mi infancia.
De ti, madre, podría decir y recordar muchas cosas, la mayoría
de ellas admirables; como tu valor, la excelente esposa que has sido para
mi padre durante casi medio siglo, tu entrega al trabajo, tu honestidad,
tus valores.
Me has heredado el gusto por la lectura y el conocimiento; incluso de
ti me viene eso de escribir, pues tus versos son hermosos.
Gracias mamá por darme la vida, por tus cuidados, por tu perdón,
por tus oraciones y por tu incondicional y eterno amor.
*Columnista de El Diario de Hoy.
scastellanos@elsalvador.com

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