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Crecimiento entre pasteles
La familia Borja reúne a tres
generaciones: María, Ingrid y Titish., todas de Chez André.
La primera, hoy con 88 años, tiene 50 de haberse desenvuelto
en el arte culinario. Y a pesar de sus problemas de salud, a ella
le emociona hablar de las recetas que preparaba para sus hijos cuando
estaban pequeños. El arrocito negro y carnes fueron especialidad,
dice convencida su hija Ingrid de Weil. La octogenaria cocinera comenta
que cuando le cocinaba a su padres éstos les decían:
umm..te quedó bien rico hija. Preparaba unas empanaditas
y frutas tronadas, y ricos pasteles, sin que existiera una aprendizaje
de por medio. Ingrid, su hija, heredó ese talento. Ella asegura
que su delirio era y sigue siendo, estar en la cocina.
Con el tiempo, la también señora de Weil se convierte
en una de las mejores salvadoreñas en su campo, y se esfuerza
porque su hija, Titish le siga los pasos. Ésta última
realizó cursos de pastelería y panadería en el
extranjero.
Las tres son reconocidas por sus famosos pasteles y la excelente y
complicada decoración que los complementa. Nosotros nacimos
y crecimos entre pasteles, afirmó Ingrid. |
Leticia
Serrano
letyserrano@elsalvador.com
El Diario de Hoy
Vida@elsalvador.com
En el mes de la madre, vale la pena reconocer el trabajo culinario que
muchas mujeres desempeñan desde hace años. Se trata de las
líderes de cuatro familias.
La mayoría ha heredado a sus nuevas generaciones la sazón
que la caracteriza. Eso se trae en la sangre, aseguró
Marina Borja, una especialista en carnes y postres.
La enseñanza que ella le brindó a su hija, Ingrid de Weil,
sobre la cocina, permitió a ésta fundar la pastelería
Chez André, la cual ha ganado muchos premios en el Festival Gastronómico
de la Cámara de Comercio.
Ingrid, a su vez, le inculcó ese don a su hija, Titish, quien a
los 14 años se las ingenió para deleitar a unos comensales
que llegaron de visita a la casa de sus padres. Ese día hace
ya once años, la jovencita creó una receta que fue
todo un éxito.
Madre, hija y nieta trabajan juntas en el negocio de la comida. Hace dos
semanas, doña Marina se retiró por un quebranto de salud.
Chez André, sin embargo, sigue adelante.
Caso contrario ocurre con Ana Marina de Palacios y su hijo Rolando, propietarios
de La Panatière. A los 16 comenzó a ayudarle a su madre
en la elaboración de cenas.
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| El trío. (de izq. a der.) Ingrid, Titish
y doña Marina, los rostros de Chez André. |
Un año después, Rolando realizó un curso de pastelería
y panadería en el extranjero.
Al regresar al país, decidió abrir su negocio hoy
con 12 años de existencia, junto a doña Ana, aprovechando
que ésta se dedicaba a la venta de repostería en su casa.
Doña Maura Quiñónez también le reveló
sus secretos culinarios a sus hijas, después de que su madre se
los diera a ella.
A sus 63 años, Maurita como la conocen es la propietaria
de Pan Rey, en Apopa.
Argelia Villalta no puede decir lo mismo. Ella no quiso que sus cuatro
hijos le siguieran los pasos en la elaboración de dulces.
La experta prefirió enseñarles a sus sobrinas Rocío
e Hilda. Las tres llevan a delante la Dulcería Villalta, en San
Vicente.
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Recuerdo. Rolando y su madre Ana Marina
(arriba) hicieron juntos el pastel que se observa
al lado. |
Madre e hijo
Marina de Palacios es una señora jovial, que no disimula la
emoción que le da el contar que sus inicios en la elaboración
de repostería fue por un accidente.
Su esposo debía llevar un pastel al trabajo, pero el negocio
responsable de hacerlo le quedó mal.
Ella decidió hacerlo. Su creación impresionó
a todos, y de pronto vinieron los encargos.
A los días su casa olía a dulce.
Uno de sus hijos, Rolando Palacios, heredó esa sazón
y creatividad. A los 16 años ya podía cocinar y elaborar
pasteles.
A esa edad, preparaba las cenas navideñas y otras especialidades.
Para convertirse en profesional viajó al exterior.
Cuando regresó a los 20 años, unió sus conocimientos
culinarios con los de su madre, y juntos hicieron de las suyas en
la cocina. Hace 12 se convirtieron en empresarios, al abrir La Panetière.
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| Legado. Margarita (der.) junto a su hija
Maura. A la par, Rosa y Sandra junto a ellas. |
Una familia de rey
Margarita le enseñó a Maura. Maura le traspasó
su conocimiento a Sandra, Rosa, Eduardo y Salvador. Así,
se resume lo que ocurrió dentro de la panadería El
Rey.
La primera se encargó que su hija supiera cómo hacer
guarachas, peperechas y salporcitas desde los cuatro años.
Cuando yo me case no quiero saber nada de pan, se repetía
Maura.
Hoy, a sus 63 años, ha descubierto que sus palabras se
las llevó el viento, pues ella fundó el negocio.
Ésta última, llevó a que sus cuatro hijos también
mostraran interés por la cocina. Si no hacíamos
el pan no podíamos jugar, ni hacer otra cosa, recordó
Rosa.
Es así que todos no tuvieron otra opción que aprender
hacer orejas, entre otras muchas figuras.
Los cuatro están agradecidos con su madre y abuela por haberles
inculcado un oficio que es una bendición de Dios.
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| Sobrina. Rocío es como una hija
para doña Argelia. La primera ha estado junto a su tía
por 14 años. |
Dulcería Villalta
En esta historia no hay madre e hijos que trabajen juntos. Doña
Argelia se inició en la elaboración de dulces a los
13 años; fue su madre la que le enseñó ese
oficio.
La vicentina tuvo cuatro hijos, uno de ellos es mujer, y a pesar
de eso, ella no quiso que ninguno se dedicara a esa labor doméstica.
Las que sí la realizan, y muy bien, son las sobrinas de
doña Argelia, Rocío e Hilda Sánchez.
La primera tiene 28 años de trabajar al lado de su tía,
y es capaz de hacer toda una variedad de dulces: coco, tamarindo,
semilla de marañón...
Ellas son mi brazo derecho, confesó la maestra,
quien lleva 66 años realizando esa jornada.
A doña Argelia no le importa que sus hijos no estén
echándole una mano, ya que los cuatro son profesionales,
así que no tendrán que sobrevivir de las ganancias
del negocio.
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