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De mis recuerdos
Los aretes que le faltan a la luna

La luna brillaba con excelsitud en el singular cielo de Managua. Una brisa cálida y un tanto húmeda nos venía del gran lago, mientras en las otras mesas corría generoso el ron y las cervezas.

Publicada 5 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hace ya algún tiempo andaba yo enamorando a Sandra. A veces la llamaba por teléfono y le cantaba, con horrible voz, por cierto, una vieja canción de los Beatles: “Remember to let it into your heart, then you can start to make it better”. Ella sólo reía, pero hasta allí no más.

Una noche de luna llena en Managua, la invité a salir para cenar y oír música de tríos. A lo mejor un viejo bolero terminaba de doblar aquella dulce resistencia.

Fuimos a un lugarcito cerca de Belmonte, en aquella ciudad que no acaba nunca de reponerse del terrible terremoto de 1972 y de las secuelas de los gobiernos somocistas y sandinistas. Pero hay que decir que los nicaragüenses son lo mejor de Nicaragua.

Es gente alegre, jodedora, hablantina, que suele mentirle a los encuestadores y que le abre el corazón a los extraños más allá de ideologías y nacionalidades.

Ordenamos un vigorón con platanitos, queso derretido y casamiento mientras pedía a uno de los tantos tríos que andaban por allí que nos cantaran la clásica canción de Vicentico Valdez “Los aretes que le faltan a la luna”, pero el hombre me dijo que ésa no se la sabía, pero que nos podía tocar otros boleros, como “Quémame los ojos”, de Celio González, o “Perdón, vida de mi vida”, de Daniel Santos.

Y, sin embargo, yo quería dedicarle a Sandra la canción de Vicentico Valdez. Hice varias gestiones con otros tríos, hasta que me encontré con un tipo algo pequeño y regordete; moreno, de mediana edad, algo ojeroso y con el pelo totalmente engominado. En el bolsillo de la camisa andaba una libretita de apuntes y un par de lapiceros baratos.

Mire, maestro, ¿se sabe usted, por casualidad, Los aretes que le faltan a la luna? No me ofenda, caballero, me respondió, esa niña le va a quedar lista para la foto después de que me oiga cantarle ese bolero.

El hombre hizo una pequeña conferencia con sus dos acompañantes, los de las guitarras. Él tocaba maracas. Sonaron algunos acordes, afinaron los bajos y gimieron las primas.

Calentaron las voces y se nos acercaron. El cantante comenzó a tocar las maracas muy cerca de los ojos de Sandra, al tiempo que la miraba de manera fija y lejana, mientras con una voz de terciopelo o “crooner”, como dicen los gringos, entonaba el viejo bolero.

La luna brillaba con excelsitud en el singular cielo de Managua. Una brisa cálida y un tanto húmeda nos venía del gran lago, mientras en las otras mesas corría generoso el ron y las cervezas. La canción nos entusiasmó, nos acercó, nos enamoró.

La guerra en Centroamérica no había terminado. Yo recién acababa de salir del frente oriental en Morazán, para integrarme al equipo de prensa que iba a dar cobertura a las negociaciones finales de paz, en la ciudad de México. Sandra tenía un trabajo de mucha responsabilidad al frente de las comunicaciones estratégicas y, en Nicaragua, se vivía una tensa campaña electoral, cuyos resultados, iban a poner fin a diez años de gobierno sandinista.

En El Salvador, ya había pasado la ofensiva de noviembre de 1989. En ese esfuerzo se había puesto toda la carne en el asador. Muchos comandantes insisten en que esa ofensiva, que dejó más de 400 muertos en los combatientes guerrilleros y varios centenares más entre soldados y civiles, se hizo con el propósito de impulsar las negociaciones. Pero eso es falsear la historia. En realidad la ofensiva tenía el objetivo de siempre: ganar la guerra.

Pero la ofensiva guerrillera fue tan grande que, a pesar de no haber logrado su objetivo, puso en evidencia que nadie podía ganar esa guerra. El camino de la negociación política era el único que quedaba. Los comandantes que, allá por mediados de los 80, habían jurado que jamás depondrían las armas, ante el colapso del llamado campo socialista y la eventual derrota de los sandinistas, comenzaron a contemplar esa posibilidad a cambio de una profunda reforma constitucional.

Esa noche hablamos con Sandra, ilusionados, sobre lo lindo que sería vivir juntos y fundar una familia en un país en paz. Pocos meses después de esa mágica noche, yo me fui a México y ella, con un pacto secreto entre los dos y una niña en camino, regresó a el paisito querido. Nos reencontramos en enero de 1992, con una inmensa alegría, a cumplir nuestro sueño: la familia y el país en paz.

Y, sin embargo, cuando se escuchan la voces y se ven la escenas del pasado, pienso que aún le faltan los aretes a la luna.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv


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