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La nota del día
No hay hechiceros dispensando bienestar

La pobreza o prosperidad de los pueblos es resultado de sus errores o sus aciertos, de su capacidad de trabajo, de su defensa de las libertades.

Publicada 5 de mayo 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Muy fácil es simular profundidad de análisis y preocupación por la sociedad y los pobres del mundo, recitando las cifras apocalípticas, como hace poco hizo un señor metido en el negocio ecologista: el veinte por ciento de la gente usa el ochenta por ciento de los recursos; EE.UU. y Europa consumen el noventa por ciento de tal o cual cosa, y así al aburrimiento.

El asunto, sin embargo, es que nadie anda repartiendo la riqueza mundial, o le asigna a unos países bonanzas que niega a otros. Naciones que hace medio siglo se ubicaban entre las más misérrimas del planeta, como Corea, hoy en día se cuentan entre las diez más industrializadas del mundo. En aquel entonces, El Salvador exportaba veinte veces más, en valor monetario, que Corea y que China nacionalista; las interrogantes válidas son ¿qué hicimos nosotros de malo, y qué hicieron ellos de bueno?

Una de las respuestas es que durante más de medio siglo, los salvadoreños fuimos víctimas de esquemas dirigistas, de gobiernos con claras inclinaciones socializantes. A la inversa, tanto Corea como Taiwán adoptaron un régimen económico de mercado, fortalecieron la seguridad jurídica, fomentaron las exportaciones y cuidaron de su moneda. O como se diría hoy en día, adoptaron el sistema “neoliberal”.

La información está en la Internet y publicaciones especializadas, para quien quiera estudiarla.

Desgraciadamente no somos los únicos en haber desaprovechado las oportunidades que tuvimos para progresar a lo grande. Con la excepción de Chile, que tomó el camino del mercado, la pobreza y el subdesarrollo son la común condición de Iberoamérica. Piénsese en Argentina, país que pasa calamidades y crisis pese a que la naturaleza lo dotó con todas las bendiciones y riquezas imaginables: un suelo prodigiosamente fértil, recursos mineros inmensos y una población educada e inteligente. Se dice que la Provincia de Buenos Aires podría, ella sola, alimentar a la humanidad entera. Por su lado, los chinos continentales están hasta hoy superando la pobreza espantosa en la que les hundió el comunismo. Es gracias a que han adoptado un esquema económico de mercado, que están transformándose de una sociedad rural en el más patético retraso, en una gran potencia exportadora.

Ganarás el pan con tu sudor

Uruguay fue, hasta los años cuarenta del siglo pasado, una de las diez o doce naciones más prósperas sobre la tierra. Los beneficios sociales de sus ciudadanos eran “extraordinarios”: jubilaciones antes de cuarenta y cinco años, servicios de salud gratuitos, etcétera. Pero fue precisamente la enormidad del Estado benefactor lo que les llevó a la bancarrota, a la discordia social, al terrorismo tupamaro, al estancamiento y ahora a tener un presidente que en su juventud militó en la subversión, lo que garantiza a los uruguayos seguir en la debacle por otras tres o cuatro décadas, como a los argentinos su ex montonero presidente.

La pobreza o prosperidad de los pueblos es resultado de sus errores o sus aciertos, de su capacidad de trabajo, de su defensa de las libertades, de la posibilidad que tenga cada persona de beneficiarse de sus iniciativas y sus esfuerzos. Pero asimismo cuenta el capital acumulado por generaciones previas, y por capital debemos entender conocimiento, experiencia, sensatez, instituciones, respeto a las leyes, grandeza cultural y altura de espíritu.

 

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