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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Muy fácil es simular profundidad de análisis y preocupación
por la sociedad y los pobres del mundo, recitando las cifras apocalípticas,
como hace poco hizo un señor metido en el negocio ecologista: el
veinte por ciento de la gente usa el ochenta por ciento de los recursos;
EE.UU. y Europa consumen el noventa por ciento de tal o cual cosa, y así
al aburrimiento.
El asunto, sin embargo, es que nadie anda repartiendo la riqueza mundial,
o le asigna a unos países bonanzas que niega a otros. Naciones
que hace medio siglo se ubicaban entre las más misérrimas
del planeta, como Corea, hoy en día se cuentan entre las diez más
industrializadas del mundo. En aquel entonces, El Salvador exportaba veinte
veces más, en valor monetario, que Corea y que China nacionalista;
las interrogantes válidas son ¿qué hicimos nosotros
de malo, y qué hicieron ellos de bueno?
Una de las respuestas es que durante más de medio siglo, los salvadoreños
fuimos víctimas de esquemas dirigistas, de gobiernos con claras
inclinaciones socializantes. A la inversa, tanto Corea como Taiwán
adoptaron un régimen económico de mercado, fortalecieron
la seguridad jurídica, fomentaron las exportaciones y cuidaron
de su moneda. O como se diría hoy en día, adoptaron el sistema
neoliberal.
La información está en la Internet y publicaciones especializadas,
para quien quiera estudiarla.
Desgraciadamente no somos los únicos en haber desaprovechado las
oportunidades que tuvimos para progresar a lo grande. Con la excepción
de Chile, que tomó el camino del mercado, la pobreza y el subdesarrollo
son la común condición de Iberoamérica. Piénsese
en Argentina, país que pasa calamidades y crisis pese a que la
naturaleza lo dotó con todas las bendiciones y riquezas imaginables:
un suelo prodigiosamente fértil, recursos mineros inmensos y una
población educada e inteligente. Se dice que la Provincia de Buenos
Aires podría, ella sola, alimentar a la humanidad entera. Por su
lado, los chinos continentales están hasta hoy superando la pobreza
espantosa en la que les hundió el comunismo. Es gracias a que han
adoptado un esquema económico de mercado, que están transformándose
de una sociedad rural en el más patético retraso, en una
gran potencia exportadora.
Ganarás el pan con tu sudor
Uruguay fue, hasta los años cuarenta del siglo pasado, una de las
diez o doce naciones más prósperas sobre la tierra. Los
beneficios sociales de sus ciudadanos eran extraordinarios:
jubilaciones antes de cuarenta y cinco años, servicios de salud
gratuitos, etcétera. Pero fue precisamente la enormidad del Estado
benefactor lo que les llevó a la bancarrota, a la discordia social,
al terrorismo tupamaro, al estancamiento y ahora a tener un presidente
que en su juventud militó en la subversión, lo que garantiza
a los uruguayos seguir en la debacle por otras tres o cuatro décadas,
como a los argentinos su ex montonero presidente.
La pobreza o prosperidad de los pueblos es resultado de sus errores o
sus aciertos, de su capacidad de trabajo, de su defensa de las libertades,
de la posibilidad que tenga cada persona de beneficiarse de sus iniciativas
y sus esfuerzos. Pero asimismo cuenta el capital acumulado por generaciones
previas, y por capital debemos entender conocimiento, experiencia, sensatez,
instituciones, respeto a las leyes, grandeza cultural y altura de espíritu.

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