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“Día del telegrafista”

En el calendario que tengo en mi escritorio de trabajo, tengo uno que por casualidad fue comprado en el mercado y en el cual el miércoles 27 de abril aparece en rojo: “Día del Telegrafista” ¡Qué profunda satisfacción de alegría sentí en mi espíritu, que aún resuenan los días de aquellos años en que imperaban la comprensión y la justicia!

Publicada 4 de mayo 2005, El Diario de Hoy


David Cierra Rodríguez*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El “Día del Telegrafista” fue decretado fiesta nacional con asueto, en el período del general Castaneda Castro, después de una fuerte campaña de las mejores plumas de aquel tiempo, que abogaron en su favor a través de los medios informativos; fue incluido en el Calendario Cívico aquí, en El Salvador, y sucesivamente en Centro América.

Soy el telegrafista 62, ya de 88 años, y protagonista testimonial de grandes cambios en aquel ramo: El nacimiento de Antel en el período del coronel Julio Adalberto Rivera, allá en la población de Nueva Concepción, Chalatenango, el 12 de diciembre de 1964, siendo su primer presidente el coronel Mario Guerrero, que en justicia y certeza fue el verdadero reformador de las telecomunicaciones en El Salvador. Introdujo el teletipo, las ondas portadoras y, sobre todo, llevó el verdadero trato social a todos los trabajadores del ramo.

Se pudo modernizar el servicio con los adelantos técnicos habidos y por haber, pero piénsese bien, con contratos con grandes compañías y sin vender la gallinita de los huevos de oro.

Nadie dijo nada, porque el ramo de las telecomunicaciones nacionales fue integrado por un gremio pasivo, leal y se magnificó por el argumento de los principios de la profesión: disciplina, confidencialidad y secreto.

Las fuerzas armadas y el magisterio nacional lo sa- bían, por ello era tan alegre el 27 de abril, “Día del Telegrafista”, fiesta nacional con asueto.
*Telegrafista.


Día a Día
Estrategia comunista

En nuestro país las pintas han sido parte de la estrategia comunista para fomentar el descontento, ensuciar el ambiente y amenazar, táctica también adoptada por las maras. Con las burdas pintas los mareros señalan sus territorios y someten vecindarios; las pintas fueron uno de los instrumentos para destruir el orden y encanto del viejo San Salvador, una manera de hundir el país en la confusión, caos y miedo.

Las pintas continúan en nuestras ciudades pero menos que antes; a nadie escapa quiénes pagan la pintura y sostienen esas brigadas de emporcadores, pues lo dicen las leyendas: “fuera de Iraq”, “la salud no es mercancía”, “viva Cuba”, “nací con el colón y moriré con el colón”. En las marchas “blancas” a la cabeza iban los efemelenistas, a la cola los letreros del odio.

 

 


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