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Francisco
Rafael Guerrero*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Hablar de España es hablar de la madre patria, a la que los indoamericanos
debemos agradecimiento por habernos traído su lengua, su cultura,
sus artes. A nivel popular, la influencia del fútbol español
es tan fuerte en El Salvador que en nuestros jóvenes se ven más
camisetas de clubes españoles que de nuestros propios equipos.
Entre nosotros viven muchos españoles a los que, sin duda, les
debe gustar nuestro país, pues, de lo contrario, ya no estarían
acá.
Ese gran país, formado por varias naciones, que en su tiempo fue
la primera potencia mundial, que constituyó un imperio donde
no se ponía el sol, caracterizado por la hidalguía,
bravura y firmeza de sus caballeros, está dejando estupefacto al
mundo cuando sus diputados han aprobado recientemente varias reformas
a su Código Civil, que cambian la naturaleza del matrimonio para
permitirlo entre personas del mismo sexo, en lo que ellos consideran como
legislación de avanzada. No podía esperarse
mejor parto de una sociedad fría, caracterizada por su intelectualismo
a veces arrogante, que se ha olvidado de un Dios vivo, el cual, a lo sumo,
únicamente permanece como historia en sus templos y tradiciones
y en donde el partido en el gobierno cumplió su promesa de campaña.
Leyendo recientemente el artículo de un influyente profesor de
Derecho Internacional de la Universidad Autónoma de Madrid, me
entristece contemplar su desconocimiento de la realidad social de los
países centroamericanos, principalmente de El Salvador y Guatemala,
criticando sin piedad a las iglesias y grupos evangélicos, afirmando
que constituyen una calamidad, llamando embrutecidos a sus seguidores,
pues agudizan el atraso y el subdesarrollo y son fáciles víctimas
de políticos inescrupulosos de derecha. Nada más alejado
de la verdad.
Podrá tener muchos grados académicos este señor de
apellido Zamora, pero una cosa es repetir lo que dicen políticos
y sociólogos y otra la realidad entre nosotros. ¿Cómo
estarían estos dos países si un gran segmento de su población
no hubiera optado por las buenas nuevas de Jesucristo? Mientras que en
España se llega a tales extremos, entre nosotros y en todos los
países latinoamericanos se está produciendo un avivamiento
sin precedentes, como lo han destacado ampliamente los medios en estos
días.
Mucha gente está leyendo y comentando la Biblia, que es la palabra
de Dios, las personas se convierten por millares, gradualmente van ordenando
sus vidas, en busca de la salvación de sus almas y de ayudar al
prójimo, formando una especie de alianza estratégica
con Dios, que es la mejor relación que puede encontrar el
ser humano. Si intelectuales como él creen que el evangelio es
sólo para gente analfabeta, debo decirle que como investigador
jurídico que se dice que es, debería permanecer un tiempo
entre nosotros para enterarse de que la luz del evangelio ha penetrado
también en las otras clases sociales. Pero aunque fuera como él
dice, la Biblia le responde que Dios escogió a lo insensato
del mundo para avergonzar a los sabios. (1 Corintios 1:27, NVI).
Que los españoles hayan aprobado semejante legislación es
algo que sólo les compete a ellos, dirían algunos, como
lo es también el hecho que sean de los mayores consumidores de
tabaco en el mundo. Lo que debe preocuparnos son las expresiones del ministro
de Justicia, justificando la reforma, cuando afirmó que era la
extensión de la libre decisión en la búsqueda de
la felicidad, un derecho fundamental no escrito. Eso estaría
bien si no fuera en contra de la moral y de las buenas costumbres. Además
trasgrede la palabra de Dios, que es muy clara sobre esta situación.
España ejerce en estos momentos una enorme influencia sobre varias
ramas de nuestra legislación, particularmente sobre el Derecho
Constitucional, en donde textos y sentencias consideran a la Moral como
un valor abstracto, y su concepción sobre el relativismo se ha
impuesto en la doctrina de sus tratadistas, algo que criticó recientemente
el cardenal Ratzinger en la misa de fin de novenario de Juan Pablo II.
Cuando se critican esas legislaciones o prácticas de avanzada,
los aludidos reclaman que los que lo hacen posee una doble moral, ¿pero
qué sucedería si no hubieran palabras que llevaran luz en
las tinieblas? Ellos sólo quieren escuchar más de lo mismo.
Seres perfectos no existen y afirmar que nadie peca es como hacer mentiroso
a Dios. Más temprano que tarde, España, que ha mostrado
hostilidad a la penetración del evangelio, entenderá que
la justicia enaltece a una nación, pero el pecado deshonra
a todos los pueblos. (Proverbios 14:34). España será
conquistada algún día por la voz de Dios y ese mensaje llegará
desde sus naciones hijas en Latinoamérica.
*Doctor en Derecho.

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