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Tema del momento
La seguridad no mejorará a patadas

La repetición constante de un mensaje de fuerza dirigido a los instintos de venganza multiplica la cultura de violencia, ya que mano dura es también una pelea de vecinos o el marido que le pega a su esposa

Publicada 27 de abril 2005, El Diario de Hoy



Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. ¡Dame veinte minutos y te resuelvo el problema!, dijo el general José Alberto Medrano, director de la Guardia Nacional, al general Fidel Sánchez Hernández, Presidente de la República. Era 1970, una huelga magisterial cobraba fuerza y los maestros habían tomado algunas plazas de San Salvador. Medrano pedía autorización para que sus guardias los desalojaran; el ministro de Educación, licenciado Walter Béneke, se oponía, pero al final el Presidente ordenó el desalojo. Béneke advirtió entonces a Medrano: ¡El país terminará mal y vos también! Efectivamente no fueron 20 minutos, sino 20 años y 80,000 muertos. Sánchez Hernández fue temporalmente derrocado en un cruento golpe de Estado, Béneke fue asesinado por los escuadrones de la muerte y Medrano fue ejecutado por un comando guerrillero cuando ya era un anciano.

Entre 1930 y 1982 El Salvador fue gobernado por seis generales, cuatro coroneles y siete juntas militares. En ese tiempo hubo siete golpes de Estado y seis elecciones. De éstas, sólo dos tuvieron pocos cuestionamientos: en una, el coronel que ganó dijo haber obtenido el 95% de los votos; en otra, otro coronel compitió solo y los fraudes de las dos restantes provocaron la guerra civil. La fuerza como recurso para mantener el orden y resolver diferencias está profundamente arraigada en nuestra cultura. Por haber sido siempre el instrumento de los gobernantes se convirtió también en el de los gobernados y ahora domina en la izquierda y la derecha, en civiles, militares, pobres y ricos.

El militarismo, las guerrillas, los escuadrones de la muerte, las protestas violentas, los pleitos callejeros, la exagerada armamentización de los civiles, la violencia doméstica y la creencia de que seguridad es sinónimo de represión están vinculados a factores culturales. El debate entre el general y el licenciado representa el dilema entre fuerza o conocimiento. En ese debate la fuerza asesinó 400 maestros, asaltó tres veces la Universidad Nacional, apaleó a un premio Nobel de Medicina, acribilló a tiros a dos rectores y terminó ejecutando a seis brillantes académicos jesuitas.

Cuando la violencia es parte de la cultura tiene vida propia y puede reciclarse. Las maras se han multiplicado, existen grupos de exterminio de delincuentes, elevada violencia social, grupos de extrema izquierda armándose, estructuras secretas ilegales persiguiéndolos y el crimen organizado está derrotando a la policía y al Poder Judicial. La guerra era una violencia organizada con actores reconocidos y propósitos definidos, pero ahora ésta se ha reciclado en formas más atomizadas, complejas, agresivas y persistentes. Si la estrategia para enfrentarla es errada podemos repetir la premonición de Walter Béneke: “El país terminará mal”. La posibilidad de ser una sociedad pacífica está en riesgo de retroceso.

La mara “Salvatrucha” es una marca salvadoreña de violencia con excelente posicionamiento internacional. Guatemala, Honduras y El Salvador, por sus altas tasas de homicidio, secuestros, sangrientas batallas en las cárceles, linchamientos populares y cumbres presidenciales de seguridad, parecieran estar de nuevo en guerra. La pregunta principal es: ¿Por qué las maras se expandieron sólo en esos tres países?, precisamente los tres con tradición militarista, descuido en la prevención temprana y preferencia por la represión. Paradójicamente Nicaragua, con posguerra, emigración, similar densidad de población que Guatemala y Honduras, pero con más pobreza, menos policías, mucho más inestabilidad política y menos institucionalidad en la justicia, tiene menos delitos, menos presos y es uno de los países más seguros de América Latina.

En Nicaragua la tradición militarista terminó con la desaparición de la Guardia de Somoza, aunque esto abrió paso a una policía y un ejército altamente politizados e ideológicos. La institucionalización implementada durante la presidencia de Violeta Chamorro, apoyada por los sectores moderados del sandinismo, corrigió lo ideológico, pero la capacidad política de los oficiales de policía y ejército les facilita actuar de manera diferente ante los problemas de seguridad. En Nicaragua la organización de las comunidades se desplegó a plenitud y esto deriva en mayor control social y convivencia pacifica, y es el control social, no los policías, lo determinante en la seguridad de cualquier país. En los otros tres países la organización de las comunidades ha sido reprimida. En Nicaragua hay detección y prevención temprana desde abajo y, en los otros, hay indiferencia ante la violencia entre los de abajo y represión reactiva de arriba hacia abajo.

Recientemente tres policías esposaron y arrestaron a una niña de cinco años en un kindergarten de la Florida, EE.UU., porque no obedecía a los maestros. Se podría hablar de las torturas en Iraq, pero el caso de la niña ejemplifica mejor el modelo de autoridad y represión estadounidense que influencia a Guatemala, El Salvador y Honduras, el cual supone que la seguridad no requiere planeación científica integral, sino fuerza. Esto deriva en civiles que se arman y policías que torturan. Lo primero provoca que los ciudadanos se maten entre ellos mismos, y lo segundo convierte a los policías en delincuentes con poder.

En el modelo represivo, los encargados de la seguridad comienzan pateando delincuentes y terminan matando a cualquiera, inventan conspiraciones, espían a ministros y presidentes y terminan formando estructuras ilegales para inteligencia y exterminio de delincuentes. Esto siempre deriva en crimen organizado. Mano de hierro, mano blanca, sombra negra y bandas tipo “Chele Papaya” son lo mismo. En nuestro país empezaron persiguiendo opositores y terminaron secuestrando a empresarios.

Las políticas más exitosas en seguridad consideran los derechos humanos una ventaja, en México el Gobierno de Ernesto Zedillo derrotó a la guerrilla zapatista con un cerco de operaciones sociales y golpes de tolerancia política. Antanas Mockus, matemático y ex alcalde de Bogotá, redujo los homicidios y mejoró notablemente la seguridad transformando la conducta de los bogotanos. Costa Rica sustituyó hace 58 años la fuerza por la educación como pilar de la seguridad, y sobra hablar de los resultados. En nuestro país existen alcaldías que tienen menos maras a partir de políticas de organización y participación de las comunidades.

La seguridad es un tema civil multidisciplinario, social, cultural, jurídico, político, económico, educativo, moral y mediático. La represión es importante, pero es sólo un componente más, y utilizada exclusivamente no resuelve la violencia, sino que la multiplica. Argentina, Brasil, Guatemala, Honduras, Perú y hasta la Venezuela de Chávez, que tienen policías militarizadas, sufren graves crisis de seguridad. En El Salvador, ofrecer mano dura para ganar una elección era políticamente rentable, aunque no fuera decente. La repetición constante de un mensaje de fuerza dirigido a los instintos de venganza multiplica la cultura de violencia, ya que mano dura es también una pelea de vecinos o el marido que le pega a su esposa.

Las maras, cuando comenzaron, eran un problema de violencia social juvenil que atormentaba a los pobres, como no se hizo nada empezaron a matar y robar, cuando se las reprimió se volvieron más violentas; cuando se las encarceló masivamente, se armaron y se organizaron nacionalmente, ahora se han convertido en sicarios del crimen organizado y han creado una grave crisis regional. El plan de seguridad que se implementó hace un año ya fracasó y, si no se corrige, lo peor estaría por venir. Es hora de escuchar al licenciado y descartar al general.

*Columnista de El Diario de Hoy.



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