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Luis Mario Rodríguez
R.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Cuando se inició el conflicto armado, muchos de los que integran
mi generación rondábamos entre los 8 y 11 años. Algunos
nos han llamado la generación de la guerra, pues nuestra
adolescencia se desarrolló entre bombas, fiestas de quince años,
secuestros con motivaciones políticas, primeros noviazgos, negociaciones
de paz, ofensivas guerrilleras y, finalmente, la ansiada firma de la paz,
en enero de 1992.
Para llegar a ese momento en Chapultepec, donde el Presidente Cristiani
rompía el protocolo y saludaba a los líderes de la guerrilla,
miles de salvadoreños tuvieron que sacrificar su vida, unos defendiendo
la soberanía nacional, la democracia y el Estado de Derecho, mientras
otros lo hicieron, según ellos, motivados por nobles ideales cimentados
principalmente en la falta de oportunidades y en una desigual distribución
de la riqueza, además, como todos sabemos, los dos bloques extranjeros
identificaron la coyuntura para jugar a su guerra fría.
A más de doce años de firmados los Acuerdos de Paz, continuamos
escuchando voces de venganza. Debemos derogar la ley de amnistía,
es necesario que los culpables paguen, debemos preocuparnos
por que las actuales generaciones no se decidan a resolver sus problemas
por medio de las armas; algunos han llegado al extremo de manifestar
que no les importa que sus propios líderes sean juzgados
por las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la época
de la guerra; habría que esperar realmente a ver su reacción
si los legisladores se decidieran a derogar la ya citada ley de amnistía.
No conocí ni a monseñor Romero ni al Dr. José Antonio
Rodríguez Porth. Lo que sé de ellos es tan sólo por
referencias escritas o comentarios de la calle. Del primero, con todo
el respeto que merece alguien que según la Iglesia tiene posibilidades
de convertirse en Santo, comprobando con ello que practicó las
virtudes humanas como excepcionalmente lo hace cualquier ser humano, se
escuchan más comentarios influenciados por motivaciones ideológicas
que milagros y acciones sobrehumanas que realizó para luchar por
una humanidad justa. Recién escuché a un clérigo
que comentaba los gritos de vivan los países socialistas
que se le escapó a un grupo de feligreses que se encontraba frente
a la tumba de monseñor Romero.
Para El Salvador, y principalmente para los católicos, si la Iglesia
lo declarara Santo, lo acogeríamos como tal, le subiríamos
al altar, le veneraríamos y, en particular, algunos nos esforzaríamos
por conocer sus virtudes, y no las que sus seguidores dicen que
él tenía. No dudo que luchó por hacer de este
país un lugar más justo, próspero, democrático
y con oportunidades para todos. Lo hizo desde el púlpito, como
los políticos lo han hecho durante años desde los curules.
Tampoco dudo de que su muerte fue un crimen, desdeñable a toda
costa.
Del Dr. Rodríguez Porth, ya lo dije, sé lo que durante mis
años en la cúpula empresarial escuché por parte de
todos los líderes gremiales. Hombre de bien, con carácter,
defensor de los principios de libre empresa, lideró grandes luchas
por mantener a flote los anhelos democráticos de todos los salvadoreños
durante el conflicto armado. Director Ejecutivo por muchos años
de la Cámara de Comercio e Industria y presidente de la Asociación
Nacional de la Empresa Privada, dejó un gran vacío cuando
fue asesinado, apenas una semana después de haber sido designado
como ministro de la Presidencia por el ex Presidente de la Paz. El sector
privado organizó un paro empresarial de toda una tarde en su honor
y en reproche por los crímenes cometidos por la guerrilla.
Así como estos dos ilustres salvadoreños, murieron también
miles más. De uno y otro bando. Sorprenden los asesinatos del ex
Fiscal General de la República y del de la Corte Suprema de Justicia,
Dr. García Alvarado y el conocido Chachi Guerrero.
El de Mélida Anaya Montes y el de varios dirigentes sindicales
de Andes 21 de Junio. Y digo que sorprenden porque representaban
a la institucionalidad del país. Unos, porque efectivamente eran
titulares de entidades estatales que no hacían más que cumplir
el trabajo para el cual habían sido electos, y otros, porque lo
que ha- cían era por convicción, defendiendo los derechos
de cientos de miles de trabajadores.
Nada fue justo en ese entonces. Ni los secuestros de exitosos empresarios,
incluso después de firmados los Acuerdos de Paz, ni las desapariciones
de indefensos niños. Las familias de ambos los lloraron y los lloran
con igual dolor. Lo nuestro fue una guerra, no un sistema dictatorial,
como sucedió en varios países del Cono Sur. Lo nuestro fue
entre dos bandos que no pudieron encontrar en la razón y en las
palabras la solución de los problemas de nuestro querido El Salvador.
Y finalizó también por un acto acordado por ambas partes
y que tuvo como testigo a la Organización de las Naciones Unidas.
Cuando escuchamos voces que nos avivan para volver al pasado debemos reflexionar
intensamente las motivaciones que los llevan a ello. Si son motivaciones
políticas no se está haciendo más que jugar con la
memoria de todos los que murieron durante la década pérdida.
Si lo hacen porque de verdad creen en los derechos humanos, entonces deben
respetar el ordenamiento jurídico interno y el orden jurídico
internacional. Dos leyes de amnistía cerraron definitivamente la
posibilidad de juzgar a todos aquellos que cometieron violaciones a los
derechos humanos de parte de ambos grupos.
Luego, si bien El Salvador es Estado parte de la Convención Interamericana
sobre Derechos Humanos por haber efectuado el depósito de su instrumento
de ratificación en la Secretaría General de la OEA el 23
de junio de 1978 y cuya competencia contenciosa fue reconocida por el
mismo el 6 de junio de 1995, a través del correspondiente depósito,
el país expresó su reserva en el sentido que la Corte no
podía conocer de los hechos y principios de ejecución de
hechos relacionados con supuestas violaciones a los derechos humanos sucedidos
antes de 1995.
Las limitantes legales, internas y externas, no se introdujeron para fomentar
la impunidad. Se hicieron conscientemente para cerrar las heridas, de
uno y otro lado, para evitar que los fieles seguidores de monseñor
Romero y los familiares del Dr. Rodríguez Porth fueran instrumentalizados,
utilizando el nombre de sus seres queridos con el propósito de
seguir desgarrando la historia de este país. No fue justa su muerte
ni la de los 80 mil salvadoreños que les acompañaron. ¿Queremos
continuar adelante?
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia
de la República. Columnista de El Diario de Hoy.

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