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Mansoor
Moaddel
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Mucho de lo que se piensa sobre Iraq está influenciado por la
violencia diaria que infesta al país. Analistas militares y de
inteligencia debaten en qué medida la violencia se debe a la presencia
de extranjeros, aunque se reconoce ampliamente que la mayoría de
los ataques se puede atribuir a lo que las autoridades estadounidenses
llaman elementos del antiguo régimen con la comunidad
sunita iraquí como principal pilar de resistencia. Después
de haber dominado el Iraq de Sadam Hussein, y a pesar de contar con menos
de una cuarta parte de la población total, se dice que los sunitas
están peleando para impedir que los intereses comunitarios de la
mayoría chiita y los kurdos, un grupo étnico diferente concentrado
en el norte, prevalezcan sobre los suyos.
A finales del años pasado, fui coordinador de una encuesta nacional
de la opinión pública iraquí, que mostró la
complejidad de las relaciones comunitarias del país. Ciertamente
los iraquíes de diferentes grupos religiosos o étnicos están
divididos en muchos temas, pero se apegan a una identidad nacional común
y muestran una preferencia por la democracia.
Para empezar, se les pidió a los iraquíes que reflexionaran
sobre la caída de Sadam: ¿Iraq está mejor sin él?
Entre los sunitas, sólo el 23% cree que sí. Entre los chiítas,
sin embargo, 87% ve mejor a Iraq sin Sadam. Los kurdos rebasaron este
número, con un 95% que afirma que hay una mejoría. Al mismo
tiempo, la aplastante mayoría de los kurdos, sunitas y chiitas
más de ocho de cada diez prefiere que se les vea como
iraquíes antes que nada, porque creen que Iraq será
una sociedad mejor si las personas se tratan las unas a las otras como
iraquíes. La mayoría también apoya un sistema
democrático para el país.
En cuestiones sociales surgen divergencias importantes. Los kurdos tienen
una visión mucho más igualitaria sobre las relaciones de
género que los sunitas y chiitas. Al preguntárseles si la
educación universitaria era más importante para los niños
que para las niñas, 78% de los kurdos respondió que no.
Entre los chiitas, el número que respondió que no fue de
50%. Entre los sunitas, el número se ubicó por debajo de
la mayoría: sólo 44% cree en la igual importancia que tiene
la educación superior tanto para hombres como para mujeres. Asimismo,
78% de los kurdos rechaza la poligamia comparado con sólo un 49%
tanto de los chiitas como de los sunitas.
Mientras que estas cifras muestran los diferentes matices de opinión
entre las comunidades iraquíes dominantes, no explican las actitudes
que puede haber detrás de la violencia incesante que desfigura
la vida iraquí. Las diferencias de opinión más radicales
se pueden encontrar en las percepciones de la comunidad sobre el control
del futuro la posibilidad de construir una vida mejor en el Iraq
post-Sadam y la seguridad.
Se le pidió a los encuestados que dijeran qué tanto control
tienen sobre su vida y qué tan optimistas se encuentran acerca
del futuro, usando una escala en la que diez indica el mayor grado de
optimismo y uno un profundo nivel de impotencia y pesimismo. Los kurdos
tienen la percepción más alta de control y optimismo; 19%
dice tener el mayor nivel de control sobre sus vidas y 17% el mayor grado
de esperanza en el futuro. Comparativamente, las cifras que arrojaron
los encuestados chiitas fueron de 10 y 14%, respectivamente, pero sólo
4 y 5%, respectivamente en el caso de los sunitas.
Las cifras de pesimismo extremo se desviaron en la dirección contraria:
14% de los sunitas piensan que las cosas están tan mal como pueden
estarlo, mientras que sólo el 2% de los kurdos y el 3% de los chiitas
comparten esta opinión.
Los efectos de la violencia focalizada son también claros en esta
encuesta: 17% de los kurdos, 41% de los chiitas y 77% de los sunitas sienten
que la vida en Iraq es impredecible y peligrosa, una muestra clara de
los efectos de la resistencia continua, cuyo centro es el triángulo
sunita.
Esta disparidad en las actitudes hacia el futuro podría determinar
lo que a la larga habrá de pasar en Iraq. La violencia política
generalizada, tanto en Irán como en América Latina en los
años sesenta y setenta, demostró que había una relación
entre las percepciones de impotencia de la población y el crecimiento
de los movimientos guerrilleros. Los líderes de estos grupos defendían
frecuentemente el terrorismo al insistir que la violencia era el único
medio de brindar esperanza a la población desalentada. Este argumento,
descalificado desde hace mucho, se percibe en las acciones de los iraquíes
insurgentes y sus aliados fanáticos.
Esto no quiere decir que una comunidad desalentada e insegura apoye la
violencia, pero dada su inmovilización, esa comunidad puede ser
simplemente demasiado pasiva para oponerse a las personas violentas que
actúan en su nombre. Si el líder chiita Muqtada al-Sadr
y sus seguidores eligieron detener su propia violencia, no fue simplemente
por la superioridad bélica de las fuerzas de la coalición.
Fue porque el liderazgo religioso chiita se sintió con poder, optimista
y suficientemente seguro para presionar a los sadristas a fin de que terminaran
su revuelta.
La coalición liderada por Estados Unidos puede ayudar instrumentando
acciones que refuercen un mensaje de esperanza y optimismo para los agotados
y desmoralizados sunitas de Iraq. Las acciones militares por sí
solas pueden simplemente agravar las cosas.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Sociología en la Eastern Michigan University.

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