|
La agradable sonrisa
del anciano
Pese a la dureza que le atribuyen en cuestiones teológicas, la
imagen que yo vi de Joseph Ratzinger cuando salió al balcón,
ya electo Papa, me causó una profunda impresión.
Publicada 25 de abril 2005, El Diario de Hoy
|
|
Garra y pluma
Ciro Granados
El Diario de Hoy
cirog@elsalvador.com
Porque lo que vi fue un agradable gesto de dulzura, de paternalismo, de
ternura humana. Y eso me cautivó por completo.
Lo que interpreté, aparte de ese nerviosismo natural (póngase
un ratito esa sotana blanca y párese ante el mundo), fue la realización
de un hombre. Es como si hubiera visto a mi abuelo celebrar una gran conquista
humana: no podría haber sentido menos que orgullo.
Imagino que el nuevo Papa debió haber experimentado esa maravillosa
sensación de llegar a la cúspide de su carrera, estar en
el trono desde donde podrá pelear, con mayor fiereza y poder, contra
los revolucionarios de la fe. Desde allí sabrá defender
los preceptos por los que ha muerto tanta gente... mártires, incrédulos,
idiotas, santos...
Tras el formalismo de las vestimentas y el cargo, supe apreciar al hombre,
al ser humano que se ha entregado de lleno a la lucha, sin ambages, sin
temblores. Al tipo al cual no le han logrado torcer el brazo esa recua
de locas que se quieren casar contra natura; ni tampoco los aprovechados
de la fe que desean alimentar la lucha de clases.
Ese, que no se ha dejado doblegar por los vaivenes del modernismo, señores
católicos, es su papa.
Y aunque yo no concuerde con su ideología crística, sí
debo admirar al hombre tenaz, indómito en la fe... pero, sobre
todo, admiro a quien es capaz de sonreír.

|