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Evangelina del
Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La rápida elección de nuestro nuevo Pontífice Benedicto
XVI confirma la unidad indiscutible de la Iglesia Católica en su
extraordinaria posición de continuidad, en una época marcada
por el materialismo ateo, el consumismo, la secularización, que
pretende la modernización de la Iglesia, rechazando
su naturaleza eclesial y adoptando doctrinas como el hedonismo, que proclama
el placer como el fin supremo del hombre tal como el sexo desenfrenado,
que conduce consecuentemente al aborto, o aberraciones sexuales como el
matrimonio homosexual, que atenta contra la familia,
además de teorías como el relativismo, en el que todo pierde
su valor absoluto, en el que la realidad y la verdad de Dios pierden su
esencia.
Joseph Ratzinger tomó su nombre como Pontífice, de Benedicto
XV, hombre de paz y conciliador que luchara por detener la Primera Guerra
Mundial. Pero se dice también que lo toma de San Benedicto I -575-579,
quien construyera una civilización cristiana contra las hordas
armadas de los bárbaros, los Lombardos, pueblo germano que fundara
poderoso imperio conquistando y destruyendo Roma. Así parece haber
ahora, un imperio barbárico mundial sin Dios, que representa para
Benedicto XVI un desafío a vencer.
El enorme significado de esta elección, respecto al pensamiento
unificado de los 115 sucesores de los apóstoles, indica claramente
cómo fueron iluminados por la luz del Espíritu Santo, palpándose
asimismo la presencia de María, porque Benedicto XVI es tan Mariano
como lo fue Juan Pablo II, habiendo anunciado desde ya un seguimiento
a la línea de éste, quien antes de partir quiso enriquecernos
con indulgencias plenarias al efectuar actos de culto y devoción
a la Santa Eucaristía.
Juan Pablo II quiso incentivarnos a todos a un conocimiento y un amor
más profundos al grandioso Misterio Eucarístico.
La indulgencia es un perdón parcial o plenario de las penas merecidas
por los pecados. Al hacernos dignos de recibirlas, todas nuestras anteriores
culpas quedan borradas en el cielo. Es como nacer a una vida nueva, purificada.
Después, será nuestra decisión conservar esa nueva
vida junto a Cristo, para que aquel día que inexorablemente nos
llegará, volemos como en jet sin escalas,
derechito al cielo prometido por Jesús.
Desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos celebraron la
Eucaristía, y aunque ha habido diversidades de épocas y
liturgias, la Eucaristía persiste en su substancia sin poder cambiar,
porque estamos sujetos al mandato del Señor, que nos dejó
la víspera de su Pasión: Haced esto en conmemoración
mía(1 Co 11, 24-25). Celebrando el memorial del sacrificio
de Cristo cumplimos ese mandato.
En (Jn 6, 51-56) leemos: Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el
que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo les daré
es mi carne y la daré para vida del mundo. Los judíos discutían
¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?,
Jesús les contestó: En verdad os digo, si no comen la carne
del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no viven de verdad. El que come
mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré
en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre
bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí
y yo en él.
(Jn 6, 66-68) Muchos discípulos dieron un paso atrás
y dejaron de seguirlo. Él preguntó a los Doce: ¿Quieren
también dejarme ustedes? Pedro contestó, ¿a
quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna.
Así, la Eucaristía es el compendio de nuestra fe, porque
Cristo en su última cena, al darles el mandamiento del amor -(Jn
13, 1-17)-, para no alejarse nunca de los suyos, dejó la prenda
de ese amor instituyendo la Eucaristía como memorial de su muerte
y de su resurrección, ordenando a sus apóstoles celebrarlo
hasta su retorno. Por eso la liturgia de este memorial de Cristo requiere
de los apóstoles y sucesores, el repetir sus palabras hasta
que venga (1 Co 11, 26).
La indulgencia plenaria que nos legara Juan Pablo II se nos concederá
cada vez que participemos en un ejercicio en honor del Santísimo
Sacramento, solemnemente expuesto o dentro del Sagrario. Son condiciones
para obtenerla: Confesión, Comunión Eucarística,
oración por las intenciones del Papa, y el corazón desapegado
a cualquier pecado. Podemos seguir obteniendo una indulgencia diaria hasta
octubre (final del año Eucarístico), cumpliendo con los
anteriores requisitos por lo menos cada ocho días.
Esta reconciliación de la Iglesia con los pecadores es posible
porque el Señor les transfirió a los apóstoles su
propio poder y autoridad de perdonar los pecados, cuando solemnemente
dijera a Pedro: Te daré las llaves del Reino de los cielos;
lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates
en la tierra quedará desatado en los cielos.(Mt 16,19). Similarmente
habló a los apóstoles en (Mt 18, 18).
Benedicto XVI expresó confiar en nuestras oraciones.
Acercarnos a la Eucaristía, orando por él aun con pequeñas
jaculatorias diarias, siendo que somos mil cien millones de católicos
en el mundo, significarían un billón de plegarias a las
intenciones en su Papado, que nos conducirán a una triunfante Iglesia
Católica.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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