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Confía en nuestras oraciones
Joseph Ratzinger, BenedictoXVI

La indulgencia plenaria que nos legara Juan Pablo II se nos concederá cada vez que participemos en un ejercicio en honor del Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto o dentro del Sagrario

Publicada 25 de abril 2005, El Diario de Hoy



Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La rápida elección de nuestro nuevo Pontífice Benedicto XVI confirma la unidad indiscutible de la Iglesia Católica en su extraordinaria posición de continuidad, en una época marcada por el materialismo ateo, el consumismo, la secularización, que pretende la “modernización” de la Iglesia, rechazando su naturaleza eclesial y adoptando doctrinas como el hedonismo, que proclama el placer como el fin supremo del hombre —tal como el sexo desenfrenado, que conduce consecuentemente al aborto, o aberraciones sexuales como el “matrimonio” homosexual, que atenta contra la familia—, además de teorías como el relativismo, en el que todo pierde su valor absoluto, en el que la realidad y la verdad de Dios pierden su esencia.

Joseph Ratzinger tomó su nombre como Pontífice, de Benedicto XV, hombre de paz y conciliador que luchara por detener la Primera Guerra Mundial. Pero se dice también que lo toma de San Benedicto I -575-579, quien construyera una civilización cristiana contra las hordas armadas de los bárbaros, los Lombardos, pueblo germano que fundara poderoso imperio conquistando y destruyendo Roma. Así parece haber ahora, un imperio barbárico mundial sin Dios, que representa para Benedicto XVI un desafío a vencer.

El enorme significado de esta elección, respecto al pensamiento unificado de los 115 sucesores de los apóstoles, indica claramente cómo fueron iluminados por la luz del Espíritu Santo, palpándose asimismo la presencia de María, porque Benedicto XVI es tan Mariano como lo fue Juan Pablo II, habiendo anunciado desde ya un seguimiento a la línea de éste, quien antes de partir quiso enriquecernos con indulgencias plenarias al efectuar actos de culto y devoción a la Santa Eucaristía.

Juan Pablo II quiso incentivarnos a todos a un conocimiento y un amor más profundos al grandioso “Misterio Eucarístico”.

La indulgencia es un perdón parcial o plenario de las penas merecidas por los pecados. Al hacernos dignos de recibirlas, todas nuestras anteriores culpas quedan borradas en el cielo. Es como nacer a una vida nueva, purificada.

Después, será nuestra decisión conservar esa nueva vida junto a Cristo, para que aquel día que inexorablemente nos llegará, “volemos” “como en jet sin escalas”, “derechito” al cielo prometido por Jesús.

Desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos celebraron la Eucaristía, y aunque ha habido diversidades de épocas y liturgias, la Eucaristía persiste en su substancia sin poder cambiar, porque estamos sujetos al mandato del Señor, que nos dejó la víspera de su Pasión: “Haced esto en conmemoración mía”(1 Co 11, 24-25). Celebrando el memorial del sacrificio de Cristo cumplimos ese mandato.

En (Jn 6, 51-56) leemos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo les daré es mi carne y la daré para vida del mundo. Los judíos discutían ‘¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?’, Jesús les contestó: En verdad os digo, si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no viven de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.

(Jn 6, 66-68) “Muchos discípulos dieron un paso atrás y dejaron de seguirlo. Él preguntó a los Doce: ‘¿Quieren también dejarme ustedes?’ Pedro contestó, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Así, la Eucaristía es el compendio de nuestra fe, porque Cristo en su última cena, al darles el mandamiento del amor -(Jn 13, 1-17)-, para no alejarse nunca de los suyos, dejó la prenda de ese amor instituyendo la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección, ordenando a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno. Por eso la liturgia de este memorial de Cristo requiere de los apóstoles y sucesores, el repetir sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11, 26).

La indulgencia plenaria que nos legara Juan Pablo II se nos concederá cada vez que participemos en un ejercicio en honor del Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto o dentro del Sagrario. Son condiciones para obtenerla: Confesión, Comunión Eucarística, oración por las intenciones del Papa, y el corazón desapegado a cualquier pecado. Podemos seguir obteniendo una indulgencia diaria hasta octubre (final del año Eucarístico), cumpliendo con los anteriores requisitos por lo menos cada ocho días.

Esta reconciliación de la Iglesia con los pecadores es posible porque el Señor les transfirió a los apóstoles su propio poder y autoridad de perdonar los pecados, cuando solemnemente dijera a Pedro: “Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.(Mt 16,19). Similarmente habló a los apóstoles en (Mt 18, 18).
Benedicto XVI expresó confiar en nuestras oraciones.

Acercarnos a la Eucaristía, orando por él aun con pequeñas jaculatorias diarias, siendo que somos mil cien millones de católicos en el mundo, significarían un billón de plegarias a las intenciones en su Papado, que nos conducirán a una triunfante Iglesia Católica.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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