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Luis Fernández
Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Las informaciones sobre la Iglesia Católica, a la muerte de Juan
Pablo II y con la aparición del nuevo Papa, Benedicto XVI, han
sido extraordinariamente abundantes en nuestro país y generalmente
muy positivas.
No obstante, no faltan algunas valoraciones y terminologías confusas
o erróneas, y una insistencia necia en aconsejar unos cambios doctrinales
y de conducta en la Iglesia y en el nuevo Papa, que demuestran una profunda
ignorancia del tema o una mala voluntad de confundir. Pretendo aquí
aclarar alguna de esas cosas.
No se necesita ser católico para informar con objetividad sobre
esta Iglesia. Simplemente basta con enterarse de lo que es, cuáles
son sus fundamentos, sus principios, sus límites y su finalidad.
Hablar en ella de conservadores y de progresistas
se puede admitir a falta de terminologías más propias, aunque
el actual Benedicto XVI dijo, cuando era cardenal, que en la Iglesia,
lo opuesto a conservador es misionero. Hablar
de ortodoxos es una redundancia: todo católico lo tiene
que ser, también los que quieren avances o cambios, porque lo contrario
de ortodoxo no es progresista, aperturista
o liberal, sino heterodoxo o hereje.
Hablar de ultraortodoxo es ya grotesco.
Un integrista no es un ultraortodoxo, sino un hereje por inmovilismo.
Si una persona vive muy a fondo y con mucha fidelidad su fe y sus obligaciones
católicas y lo puede hacer desde estilos ampliamente diferentes
y novedosos, como demuestra la historia de la Iglesia entonces la
terminología que le corresponde no es ultraortodoxo, sino santo.
La Iglesia Católica es como un árbol: se le puede y se le
debe podar de ramas y hojas muertas, pero no cortarle las raíces
o el tronco, ni arrancarla de Jesucristo y trasplantarla en alguna doctrina
o moda pasajeras. Eso no es progreso, sino desnaturalización y
muerte.
Pero sí es cierto también, que, como los árboles,
la Iglesia, o crece o muere. No puede quedarse inmóvil, fosilizada
en el pasado. Por lo tanto la Iglesia y sus pontífices siempre
conservarán lo que hay que conservar y cambiarán o innovarán
lo que hay que innovar.
Lo que sí es cierto es que cada Pontífice podrá acentuar
más uno de esos dos aspectos; intensificar más la renovación
y purificación interna, o acentuar la evangelización y el
esfuerzo misionero hacia fuera.
Hay que estar muy desorientado o tener muy mal intención, para
llamar conservador a Juan Pablo II, con todos los cambios y renovaciones
que hizo en la Iglesia. Ahora también algunas voces se lo adjudican
a Benedicto XVI, sin querer ver que Ratzinger y Wojtyla, fueron de los
impulsadores más destacados del Concilio Vaticano II, la gran renovación
de la Iglesia en el
Siglo XX. Me sonrío también con lo de que Benedicto XVI
es un Papa de transición.
En sentido estricto, todos los papas lo son. Ninguno se queda. Pero de
Juan XXIII también algunos expertos dictaminaron que sería
de transición, es decir, un viejito bondadoso que no
haría nada... ¡y vaya si dio el campanazo! ¡Nada menos
que un Concilio! Lo más probable es que Benedicto XVI también
nos dé alguna fuerte sorpresa. El Espíritu Santo, entre
otras cosas, tiene sentido del humor y le gusta reírse de esos
expertos vaticanistas.
Es altamente erróneo pensar o escribir, como se ha hecho, que los
papas son monarcas absolutos. No, están muy lejos de
ser como el rey Luis XIV de Francia. En realidad los papas están
más atados a sus compromisos de fidelidad con el legado que Jesucristo
entregó a Pedro y los apóstoles, que cualquier Presidente
a la Constitución de su República.
Ya escribí que hay muchas cosas que un Pontífice no puede
cambiar. Se añade a ese error del presunto absolutismo, la confusión
con lo que es dogma y lo que es simple doctrina católica.
Una periodista, con la mejor de las intenciones, pedía el disparate
de dogmas más liberales. Los dogmas no se pueden cambiar.
Pero además en la Iglesia Católica hay otras muchas cosas,
que, sin ser dogmas, tampoco se deben cambiar. Veamos los cambios que
algunos periodistas piden al nuevo Pontífice.
El matrimonio de los sacerdotes podría permitirlo algún
Papa. No es de derecho divino. Incluso hay tradición de ello. Casados
fueron sacerdotes e incluso obispos, en el pasado, incluyendo los tiempos
de San Pablo. Otra cosa es que sea conveniente o no.
El divorcio y los actos homosexuales tienen, entre otras razones, una
condena expresa en el Nuevo Testamento. El divorcio, en palabras directas
de Jesucristo.
La maldad del aborto no necesita razones bíblicas. Cuando la Iglesia
lo condena no hace, sino apoyar, la condena que cualquier persona con
sentido ético y sentido común debe hacer, porque abortar
es matar a un ser humano, inocente de toda culpa y además, indefenso.
Encima, quienes lo hacen son los que más deberían proteger
la vida de los no nacidos: la madre y el médico. Sobre esa monstruosidad,
los que tendrían que cambiar son los autodenominados progresistas,
pues el aborto es regresar a lo peor de las culturas de la antigüedad.
Sobre el control natal, existe la Humanae Vitae de Pablo VI,
refrendada por Juan Pablo II, que especifica bajo qué circunstancias
y condiciones es lícito que los matrimonios regulen la natalidad
por métodos naturales. Es absurdo pensar que algún Papa
vaya a aprobar los fármacos o dispositivos intrauterinos, que son
abortivos y que tanto mal han causado en las familias y en la juventud
de nuestra civilización.
Querer que la Iglesia se venda a la demagogia, al populismo fácil
de dar el visto bueno al egoísmo, materialismo y decadencia moral
de nuestro tiempo, es absurdo. No es por ahí por donde la Iglesia
puede y debe cambiar, crecer y progresar.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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