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Meditando
El árbol de la Iglesia y su crecimiento

Querer que la Iglesia se venda a la demagogia, al populismo fácil de dar el visto bueno al egoísmo, materialismo y decadencia moral de nuestro tiempo, es absurdo. No es por ahí por donde la Iglesia puede y debe cambiar

Publicada 25 de abril 2005, El Diario de Hoy



Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Las informaciones sobre la Iglesia Católica, a la muerte de Juan Pablo II y con la aparición del nuevo Papa, Benedicto XVI, han sido extraordinariamente abundantes en nuestro país y generalmente muy positivas.

No obstante, no faltan algunas valoraciones y terminologías confusas o erróneas, y una insistencia necia en aconsejar unos cambios doctrinales y de conducta en la Iglesia y en el nuevo Papa, que demuestran una profunda ignorancia del tema o una mala voluntad de confundir. Pretendo aquí aclarar alguna de esas cosas.

No se necesita ser católico para informar con objetividad sobre esta Iglesia. Simplemente basta con enterarse de lo que es, cuáles son sus fundamentos, sus principios, sus límites y su finalidad.

Hablar en ella de “conservadores” y de “progresistas” se puede admitir a falta de terminologías más propias, aunque el actual Benedicto XVI dijo, cuando era cardenal, que en la Iglesia, lo opuesto a “conservador” es “misionero”. Hablar de “ortodoxos” es una redundancia: todo católico lo tiene que ser, también los que quieren avances o cambios, porque lo contrario de “ortodoxo” no es “progresista”, “aperturista” o “liberal”, sino “heterodoxo” o “hereje”. Hablar de “ultraortodoxo” es ya grotesco.

Un “integrista” no es un ultraortodoxo, sino un hereje por inmovilismo. Si una persona vive muy a fondo y con mucha fidelidad su fe y sus obligaciones católicas —y lo puede hacer desde estilos ampliamente diferentes y novedosos, como demuestra la historia de la Iglesia— entonces la terminología que le corresponde no es ultraortodoxo, sino “santo”.

La Iglesia Católica es como un árbol: se le puede y se le debe podar de ramas y hojas muertas, pero no cortarle las raíces o el tronco, ni arrancarla de Jesucristo y trasplantarla en alguna doctrina o moda pasajeras. Eso no es progreso, sino desnaturalización y muerte.

Pero sí es cierto también, que, como los árboles, la Iglesia, o crece o muere. No puede quedarse inmóvil, fosilizada en el pasado. Por lo tanto la Iglesia y sus pontífices siempre conservarán lo que hay que conservar y cambiarán o innovarán lo que hay que innovar.

Lo que sí es cierto es que cada Pontífice podrá acentuar más uno de esos dos aspectos; intensificar más la renovación y purificación interna, o acentuar la evangelización y el esfuerzo misionero hacia fuera.

Hay que estar muy desorientado o tener muy mal intención, para llamar conservador a Juan Pablo II, con todos los cambios y renovaciones que hizo en la Iglesia. Ahora también algunas voces se lo adjudican a Benedicto XVI, sin querer ver que Ratzinger y Wojtyla, fueron de los impulsadores más destacados del Concilio Vaticano II, la gran renovación de la Iglesia en el
Siglo XX. Me sonrío también con lo de que Benedicto XVI es un Papa de “transición”.

En sentido estricto, todos los papas lo son. Ninguno se queda. Pero de Juan XXIII también algunos expertos dictaminaron que sería de “transición”, es decir, un viejito bondadoso que no haría nada... ¡y vaya si dio el campanazo! ¡Nada menos que un Concilio! Lo más probable es que Benedicto XVI también nos dé alguna fuerte sorpresa. El Espíritu Santo, entre otras cosas, tiene sentido del humor y le gusta reírse de esos expertos vaticanistas.

Es altamente erróneo pensar o escribir, como se ha hecho, que los papas son “monarcas absolutos”. No, están muy lejos de ser como el rey Luis XIV de Francia. En realidad los papas están más atados a sus compromisos de fidelidad con el legado que Jesucristo entregó a Pedro y los apóstoles, que cualquier Presidente a la Constitución de su República.

Ya escribí que hay muchas cosas que un Pontífice no puede cambiar. Se añade a ese error del presunto absolutismo, la confusión con lo que es “dogma” y lo que es simple doctrina católica.

Una periodista, con la mejor de las intenciones, pedía el disparate de “dogmas más liberales”. Los dogmas no se pueden cambiar. Pero además en la Iglesia Católica hay otras muchas cosas, que, sin ser dogmas, tampoco se deben cambiar. Veamos los cambios que algunos periodistas piden al nuevo Pontífice.

El matrimonio de los sacerdotes podría permitirlo algún Papa. No es de derecho divino. Incluso hay tradición de ello. Casados fueron sacerdotes e incluso obispos, en el pasado, incluyendo los tiempos de San Pablo. Otra cosa es que sea conveniente o no.

El divorcio y los actos homosexuales tienen, entre otras razones, una condena expresa en el Nuevo Testamento. El divorcio, en palabras directas de Jesucristo.

La maldad del aborto no necesita razones bíblicas. Cuando la Iglesia lo condena no hace, sino apoyar, la condena que cualquier persona con sentido ético y sentido común debe hacer, porque abortar es matar a un ser humano, inocente de toda culpa y además, indefenso.

Encima, quienes lo hacen son los que más deberían proteger la vida de los no nacidos: la madre y el médico. Sobre esa monstruosidad, los que tendrían que cambiar son los autodenominados progresistas, pues el aborto es regresar a lo peor de las culturas de la antigüedad.

Sobre el control natal, existe la “Humanae Vitae” de Pablo VI, refrendada por Juan Pablo II, que especifica bajo qué circunstancias y condiciones es lícito que los matrimonios regulen la natalidad por métodos naturales. Es absurdo pensar que algún Papa vaya a aprobar los fármacos o dispositivos intrauterinos, que son abortivos y que tanto mal han causado en las familias y en la juventud de nuestra civilización.

Querer que la Iglesia se venda a la demagogia, al populismo fácil de dar el visto bueno al egoísmo, materialismo y decadencia moral de nuestro tiempo, es absurdo. No es por ahí por donde la Iglesia puede y debe cambiar, crecer y progresar.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.



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