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| Vigilancia. Un agente monta guardia en los alrededores
de la Avenida Independencia. Foto EDH |
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Los últimos dos fines de semana han sido de temor y zozobra para
decenas de prostitutas de los alrededores de la Avenida Independencia:
dos de ellas fueron degolladas a manos de un fulano del que no hay el
más mínimo rastro. Otra más fue asesinada a tiros
en un hecho sin esclarecer.
La histeria se ha colectivizado entre las mujeres de los prostíbulos
de la 18a. Avenida Sur y de la Calle Celis.
El primer hijuep... al que le veamos un mal mate, ése las
va a pagar, sentencia Carla, una mujer que aparenta unos 40 años.
Flor de Piedra, una organización de trabajadoras del sexo, ha puesto
el grito en el cielo. El martes anterior pidió a la policía
que cuide a quienes se dedican a la prostitución en la zona de
la Avenida, la cual califican de alta peligrosidad.
El subcomisionado Wilfredo Avelenda les ha tomado la palabra. Desde el
miércoles se han incrementado los patrullajes por la zona y los
policías hacen constantes registros de las decenas de hombres que
suelen entretenerse viendo a las mujeres en las puertas de sus cuartos.
El miércoles por la tarde, cuando a las mujeres se les incrementa
la clientela, cuatro policías permanecieron largo rato montando
guardia en las aceras de la 18a. Avenida Norte.
Pero las mujeres no se conforman con la presencia policial. Ellas aseguran
que en algún lugar de sus cuchitriles tienen discretamente algo
con qué defenderse.
Es más, hay quienes alertan a los policías cuando entran
en la habitación con un cliente que les da mala espina. Esto también
fue comentado por un policía que ayer permaneció apostado
en una esquina.
Otra mujer, un poco más entrada en años que Carla, afirma
que desde que mataron a sus dos compañeras, siempre están
atentas a fijar mentalmente el físico del hombre con quien entran
sus compañeras a hacer un rato.
Sicópata
Policías que patrullan el lugar aseguran que los dos asesinatos
podrían estar motivados por asuntos de drogas. Esa hipótesis
suena más fuerte en el homicidio de Ernestina Castellón,
una hondureña de 35 años, asesinada el domingo 17.
Por lo que he oído, la mujer tiraba (vendía) droga,
asegura un agente que revela que, amén del patrullaje y del registro,
también se les ha encomendado recabar información sobre
los dos homicidios.
La motivación del asesinato a balazos, según la policía,
está claro que fue por rencillas entre maras. La víctima
pertenecía a la Mara Dieciocho. El victimario fue capturado y la
policía sostiene haber establecido que pertenece a la Mara Salvatrucha
y que es hijo de la mujer con quien la víctima se empleó.
A las prostitutas de ese sector les preocupan más sus compañeras
acuchilladas. Ellas, como algunos policías, creen que se trata
del mismo asesino.
La sospecha se funda en que tanto Rosa Ramírez y Ernestina N. (asesinadas
el 10 y 17 respectivamente) fueron acribilladas de la misma forma: una
puñalada en el lado derecho del cuello, como para cortar la yugular,
y luego varias punzadas profundas en el pecho.
Ambas fueron encontradas desnudas en sus catres de trabajo.
El asesino ni siquiera se tomó el trabajo de asegurar la puerta
al salir. Dejó la puerta entreabierta, como para que las víctimas
fueran descubiertas pronto.
Bisabuela de 70 años cuidará huérfanos
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| Sepelio. Hace una semana, enterraron a Rosa
Ramírez. Foto EDH |
Las compañeras de Rosa Ramírez no escatiman calificativos
para el asesino. Están conscientes de que no serán eternas
y de que en cualquier momento pueden morir... Pero esos asesinos
no se ponen a pensar en que uno tiene familia que mantener, dicen.
Traen al recuerdo a los hijos de Rosa, cuatro niños entre cinco
y diez años, ninguno con padre responsable, y los de la hondureña,
de quien dicen que dejó huérfanos a siete menores.
El mismo día del sepelio de Rosa, Juana C., la bisabuela, de 70
años, se los llevó para Sonsonate.
Los parientes más cercanos a los niños prometieron que cada
cual contribuirá con lo que pueda para la crianza de los menores.
El día del entierro, los cuatro niños no lloraron. Los parientes
les habían asegurado que su madre iba para un sitio mejor
.
Henry Edgardo, el mayor, abrazaba a los más pequeños, todos
con la mirada clavada en quienes echaban tierra a su madre en el cementerio
de Cuscatancingo.
Fue un sepelio cargado de sentimientos. Los asistentes, en su mayoría,
eran compañeras de Rosa y vendedores de frutas de la Avenida Independencia.
Carla, una mujer que entabló profunda amistad con Rosa, manifiesta
que quienes están matando a las prostitutas no saben que muchas
no lo hacen por placer, sino porque tienen hijos que mantener.
Para dar contundencia a sus palabras, Carla cuenta que a los 22 días
de su último parto, volvió a los escaparates de la prostitución
de la Avenida Independencia.

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