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Histeria y temor entre prostitutas por degüellos

Seguridad. La policía ha incrementado su presencia en el sector de prostíbulos. Dos muertes podrían estar motivadas por narcos


Publicada 22 de abril 2005 , El Diario de Hoy

Vigilancia. Un agente monta guardia en los alrededores de la Avenida Independencia. Foto EDH


Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


Los últimos dos fines de semana han sido de temor y zozobra para decenas de prostitutas de los alrededores de la Avenida Independencia: dos de ellas fueron degolladas a manos de un fulano del que no hay el más mínimo rastro. Otra más fue asesinada a tiros en un hecho sin esclarecer.

La histeria se ha colectivizado entre las mujeres de los prostíbulos de la 18a. Avenida Sur y de la Calle Celis.

“El primer hijuep... al que le veamos un mal mate, ése las va a pagar”, sentencia Carla, una mujer que aparenta unos 40 años.

Flor de Piedra, una organización de trabajadoras del sexo, ha puesto el grito en el cielo. El martes anterior pidió a la policía que cuide a quienes se dedican a la prostitución en la zona de la Avenida, la cual califican de alta peligrosidad.

El subcomisionado Wilfredo Avelenda les ha tomado la palabra. Desde el miércoles se han incrementado los patrullajes por la zona y los policías hacen constantes registros de las decenas de hombres que suelen entretenerse viendo a las mujeres en las puertas de sus cuartos.

El miércoles por la tarde, cuando a las mujeres se les incrementa la clientela, cuatro policías permanecieron largo rato montando guardia en las aceras de la 18a. Avenida Norte.
Pero las mujeres no se conforman con la presencia policial. Ellas aseguran que en algún lugar de sus cuchitriles tienen discretamente algo con qué defenderse.

Es más, hay quienes alertan a los policías cuando entran en la habitación con un cliente que les da mala espina. Esto también fue comentado por un policía que ayer permaneció apostado en una esquina.

Otra mujer, un poco más entrada en años que Carla, afirma que desde que mataron a sus dos compañeras, siempre están atentas a fijar mentalmente el físico del hombre con quien entran sus compañeras a “hacer un rato”.

Sicópata


Policías que patrullan el lugar aseguran que los dos asesinatos podrían estar motivados por asuntos de drogas. Esa hipótesis suena más fuerte en el homicidio de Ernestina Castellón, una hondureña de 35 años, asesinada el domingo 17.

“Por lo que he oído, la mujer tiraba (vendía) droga”, asegura un agente que revela que, amén del patrullaje y del registro, también se les ha encomendado recabar información sobre los dos homicidios.

La motivación del asesinato a balazos, según la policía, está claro que fue por rencillas entre maras. La víctima pertenecía a la Mara Dieciocho. El victimario fue capturado y la policía sostiene haber establecido que pertenece a la Mara Salvatrucha y que es hijo de la mujer con quien la víctima se empleó.

A las prostitutas de ese sector les preocupan más sus compañeras acuchilladas. Ellas, como algunos policías, creen que se trata del mismo asesino.

La sospecha se funda en que tanto Rosa Ramírez y Ernestina N. (asesinadas el 10 y 17 respectivamente) fueron acribilladas de la misma forma: una puñalada en el lado derecho del cuello, como para cortar la yugular, y luego varias punzadas profundas en el pecho.
Ambas fueron encontradas desnudas en sus “catres de trabajo”.

El asesino ni siquiera se tomó el trabajo de asegurar la puerta al salir. Dejó la puerta entreabierta, como para que las víctimas fueran descubiertas pronto.

Bisabuela de 70 años cuidará huérfanos

Sepelio. Hace una semana, enterraron a Rosa Ramírez. Foto EDH

Las compañeras de Rosa Ramírez no escatiman calificativos para el asesino. Están conscientes de que no serán eternas y de que en cualquier momento pueden morir... “Pero esos asesinos no se ponen a pensar en que uno tiene familia que mantener”, dicen.

Traen al recuerdo a los hijos de Rosa, cuatro niños entre cinco y diez años, ninguno con padre responsable, y los de la hondureña, de quien dicen que dejó huérfanos a siete menores.

El mismo día del sepelio de Rosa, Juana C., la bisabuela, de 70 años, se los llevó para Sonsonate.

Los parientes más cercanos a los niños prometieron que cada cual contribuirá con lo que pueda para la crianza de los menores.

El día del entierro, los cuatro niños no lloraron. Los parientes les habían asegurado que su madre iba para “un sitio mejor” .

Henry Edgardo, el mayor, abrazaba a los más pequeños, todos con la mirada clavada en quienes echaban tierra a su madre en el cementerio de Cuscatancingo.
Fue un sepelio cargado de sentimientos. Los asistentes, en su mayoría, eran compañeras de Rosa y vendedores de frutas de la Avenida Independencia.

Carla, una mujer que entabló profunda amistad con Rosa, manifiesta que quienes están matando a las prostitutas no saben que muchas no lo hacen por placer, sino porque tienen hijos que mantener.

Para dar contundencia a sus palabras, Carla cuenta que a los 22 días de su último parto, volvió a los escaparates de la prostitución de la Avenida Independencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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