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Impulsor de la historia
El Papa Juan Pablo II

Los conceptos de la Teología de la Liberación, tal como lo aplicaron clérigos importantes y desconocidos, fueron objeto del rechazo de Juan Pablo II. En septiembre de 1991, en Natal, Brasil

Publicada 22 de abril 2005, El Diario de Hoy


Ernesto Alfredo Parada Rivera*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Enormes e incalculables cantidades de tinta se han vertido y se vierten informando y comentando la enfermedad última y el paso a la eternidad de Juan Pablo II, El Grande. Y no podía ni puede ser de manera contraria dado el inusual protagonismo de Su Santidad, con el consiguiente viraje de los acontecimientos históricos mundiales.

La antañona discusión académica relativa a que la historia la hacen los grandes líderes civiles, militares y eclesiásticos, opuesta a quienes han venido insistiendo sobre el real y verdadero motor de la historia de los pueblos lo son las gentes de todos los conglomerados humanos y las mino- rías, las diferentes razas, pareciera haberse resuelto con el surgimiento del gran hombre que fue el Pontífice máximo, Su Santidad Juan Pablo II, hoy en la gracia de Dios, para usar su propio concepto del paso al otro mundo, de los justos. Naturalmente, serán los historiadores quienes digan su palabra y en el entendido de que la historia precisa de ser escrita y reescrita de manera permanente.

Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II dio muestras inequívocas de que el Creador deseaba un giro positivo, de acercamiento de los humanos de toda condición e ideología, de creencias religiosas. Claro, no obstante el sello religioso, todos los humanos adoramos a Dios, al Supremo, la causa primera.

Citaré una muestra nada más. La preocupación de Su Santidad, El Grande, por el peligro de esclavizar a la humanidad la tendencia totalitaria de cualquier signo. Así, sus pasos se encaminaron a disolver el comunismo a, como se dice, el socialismo real.

Otro indiscutible líder de la nación más poderosa del mundo, Ronald Reagan, advirtió el poder católico representado por Juan Pablo II, surgió la unión y, a la par, Gorbachev con su Perestroika, y lo demás es historia reciente, muy conocida: el derrumbe del Muro de Berlín y la disolución del comunismo soviético y satélites amarrados.

Pero Juan Pablo II no paró con el anterior éxito. Continuó con el mandato bíblico de la unión de los componentes de la humanidad, hombres y mujeres, y su interpretación del Evangelio cristiano de predicarlo a modo del campesino o sembrador cuando lanza su semilla con fe de pronta germinación, sin absurda insistencia, lo impulsó a caminar por los distintos rumbos de la Tierra, acercándose a gentes de las más variadas creencias.
Y con sumo buen éxito. Tal condición es un aspecto de su grandeza.

Los conceptos de la Teología de la Liberación, tal como lo aplicaron clérigos importantes y desconocidos, fueron objeto del rechazo de Juan Pablo II. En septiembre de 1991, en Natal, Brasil, el Pontífice tuvo un encuentro con los miembros de la Conferencia Episcopal Brasileña y les expresó su condena del Vaticano a un tipo de Teología de la Liberación basado en el análisis marxista, y no en el Evangelio cristiano, y advirtió que, al demandar “paz y justicia para los pobres, no deben olvidarse de su urgente tarea catequizante”.

No debemos equivocarnos. Sí condenó, Juan Pablo II, la Teología de la Liberación, tal como la propagaron sacerdotes adeptos, también, a la par, su magisterio insistió, y puso en práctica la doctrina social de la iglesia que tiende a proteger al pobre en medios materiales, al oprimido y marginado.

Y bien que lo hizo, prueba de ello es la conmoción universal ocasionada por su fallecimiento y la unión multitudinaria de líderes religiosos y personas de distintas fes en sus exequias, que ocuparon la atención del mundo entero.

* Dr. en Derecho.



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