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Ernesto Alfredo
Parada Rivera*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Enormes e incalculables cantidades de tinta se han vertido y se vierten
informando y comentando la enfermedad última y el paso a la eternidad
de Juan Pablo II, El Grande. Y no podía ni puede ser de manera
contraria dado el inusual protagonismo de Su Santidad, con el consiguiente
viraje de los acontecimientos históricos mundiales.
La antañona discusión académica relativa a que la
historia la hacen los grandes líderes civiles, militares y eclesiásticos,
opuesta a quienes han venido insistiendo sobre el real y verdadero motor
de la historia de los pueblos lo son las gentes de todos los conglomerados
humanos y las mino- rías, las diferentes razas, pareciera haberse
resuelto con el surgimiento del gran hombre que fue el Pontífice
máximo, Su Santidad Juan Pablo II, hoy en la gracia de Dios, para
usar su propio concepto del paso al otro mundo, de los justos. Naturalmente,
serán los historiadores quienes digan su palabra y en el entendido
de que la historia precisa de ser escrita y reescrita de manera permanente.
Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II dio muestras inequívocas
de que el Creador deseaba un giro positivo, de acercamiento de los humanos
de toda condición e ideología, de creencias religiosas.
Claro, no obstante el sello religioso, todos los humanos adoramos a Dios,
al Supremo, la causa primera.
Citaré una muestra nada más. La preocupación de Su
Santidad, El Grande, por el peligro de esclavizar a la humanidad la tendencia
totalitaria de cualquier signo. Así, sus pasos se encaminaron a
disolver el comunismo a, como se dice, el socialismo real.
Otro indiscutible líder de la nación más poderosa
del mundo, Ronald Reagan, advirtió el poder católico representado
por Juan Pablo II, surgió la unión y, a la par, Gorbachev
con su Perestroika, y lo demás es historia reciente, muy conocida:
el derrumbe del Muro de Berlín y la disolución del comunismo
soviético y satélites amarrados.
Pero Juan Pablo II no paró con el anterior éxito. Continuó
con el mandato bíblico de la unión de los componentes de
la humanidad, hombres y mujeres, y su interpretación del Evangelio
cristiano de predicarlo a modo del campesino o sembrador cuando lanza
su semilla con fe de pronta germinación, sin absurda insistencia,
lo impulsó a caminar por los distintos rumbos de la Tierra, acercándose
a gentes de las más variadas creencias.
Y con sumo buen éxito. Tal condición es un aspecto de su
grandeza.
Los conceptos de la Teología de la Liberación, tal como
lo aplicaron clérigos importantes y desconocidos, fueron objeto
del rechazo de Juan Pablo II. En septiembre de 1991, en Natal, Brasil,
el Pontífice tuvo un encuentro con los miembros de la Conferencia
Episcopal Brasileña y les expresó su condena del Vaticano
a un tipo de Teología de la Liberación basado en el análisis
marxista, y no en el Evangelio cristiano, y advirtió que, al demandar
paz y justicia para los pobres, no deben olvidarse de su urgente
tarea catequizante.
No debemos equivocarnos. Sí condenó, Juan Pablo II, la Teología
de la Liberación, tal como la propagaron sacerdotes adeptos, también,
a la par, su magisterio insistió, y puso en práctica la
doctrina social de la iglesia que tiende a proteger al pobre en medios
materiales, al oprimido y marginado.
Y bien que lo hizo, prueba de ello es la conmoción universal ocasionada
por su fallecimiento y la unión multitudinaria de líderes
religiosos y personas de distintas fes en sus exequias, que ocuparon la
atención del mundo entero.
* Dr. en Derecho.

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