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Opinando
Rompamos con la “petroleodependencia”

Un paso trascendente es establecer restricciones en el uso de los vehículos nacionales debidamente fundamentadas y objetivas, no como la “pajerística” de prohibir usar tales vehículos para visitar los balnearios y paseos

Publicada 22 de abril 2005, El Diario de Hoy


Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Como los precios del petróleo que vienen en escalada nunca van a descender a los precios de hacer algunos años ni cosa que se le parezca, y la tendencia de los precios siempre será inexorablemente hacia el alza, muchos países con economías débiles y recursos limitados, como El Salvador, podrían verse en aprietos en el futuro. Y es que las causas de esos incrementos no son pasajeras y, por el contrario, tienen todas las trazas de quedarse por tiempo indefinido: mayores costos de explotación en los países productores, aumento de la demanda en las economías emergentes asiáticas, tensiones políticas y militares en el Medio Oriente, alto consumo de los países del primer mundo, etc.

Pero quizá lo peor es que la población absorbe los precios altos del combustible a expensas de la canasta básica; en otras palabras, el ciudadano promedio, para lograr pagar los incrementos de la gasolina, gasta menos en comida, vivienda, vestido y escuela de sus hijos. De continuar este ritmo de subidas periódicas, se llegará a un momento en que el gasto principal de la familia salvadoreña ya no serán los frijoles y las tortillas, sino el combustible y los pasajes del transporte colectivo (los buseros ya lo anunciaron).

Si nuestro país no es previsor y no se prepara para afrontar las futuras demandas de energía, sin ninguna duda tendrá dificultades para continuar con el ritmo de desarrollo, que trae aproximadamente desde hace unos quince años. Muy mal haría con esperar con los brazos cruzados que el precio del galón de gasolina llegue a los diez o doce dólares, lo que seguramente ocurrirá antes de dos décadas. Mucho antes de que eso suceda, tiene que volver la mirada hacia otras fuentes alternativas de energía y, de ser posible, romper con esa “petroleodependencia”, que insensiblemente nos ha metido en una camisa de fuerza de consumo obligado en los últimos ochenta años.

Por otro lado, si no lo hace con la suficiente antelación, se lo impondrán los organismos financieros internacionales y otro tanto harán los correspondientes que se ocupan de la salud, ya que los niveles actuales de contaminación provenientes de la combustión de la gasolina en el centro de San Salvador antes de una década estarán invadiendo los lugares que todavía tienen un ambiente respirable.

El Ministerio de Gobernación, por cierto una de las pocas carteras estatales que realmente se preocupa por la protección de los habitantes de la nación, ya debería de estar solicitando los estudios pertinentes sobre los escenarios de los próximos veinte años en materia de demanda y oferta de energía, para tomar las previsiones correspondientes. Varias universidades, centros de investigación y otras instituciones nacionales tienen la suficiente capacidad académica como para realizar los estudios y proponer los cambios, políticas y estrategias que podrían ponerse en práctica.

Algunos cambios coyunturales que caen por su peso y que vendrán, quiérase o no, es la sustitución total de la calamitosa y contaminante flota urbana de autobuses y microbuses, que jamás han dado un servicio excelente en los últimos cincuenta años, por una red de por lo menos tres o cuatro ejes que atraviesen la capital de tranvías o trenes eléctricos, silenciosos y mucho más amigables con el medio ambiente, capaces de movilizar grandes volúmenes de pasajeros en minutos.

Ya se llegó la hora también de elaborar proyectos para el corto plazo para la utilización de la energía solar, recordar al respecto que nuestro país es privilegiado por contar con luz solar todos los días del año. Tan importante es esta fuente que países con menos meses de luz solar que El Salvador ya están aprovechando esta tecnología. En la actualidad, las naciones más desarrolladas en este campo son en su orden Alemania, Japón, Estados Unidos y España.

La industria, comercio, hoteles, hospitales y unidades de salud pueden satisfacer en esta forma sus necesidades de energía en pocos años.
La energía eólica (la produce la fuerza del viento) también es susceptible de desarrollarse fácilmente en el país sin grandes costos. Las grandes torres con aspas de hasta ocho metros pueden erigirse en el Volcán de San Salvador, Planes de Renderos, Cerro San Jacinto, Cordillera del Bálsamo y docenas de lugares en los que sopla el viento con singular potencia todos los días del año. Los países escandinavos, Inglaterra, Holanda, Estados Unidos, Chile y muchos otros ya se auxilian con esta inagotable fuente.

El alumbrado público y el de muchas urbanizaciones podría lograrse de esta manera, como en el caso de la energía solar, antes de cinco años. Algunos proyectos que no requieren de infraestructura pueden echarse a andar en el corto plazo, específicamente en lo que falta de 2005 y completarse en 2006. Es el caso de la utilización de combustible a base de alcohol o gas butano con carácter obligatorio y en implementación por etapas: primero, los vehículos nacionales; luego, las unidades del transporte colectivo y, finalmente, los automotores particulares.

Un paso trascendente es establecer restricciones en el uso de los vehículos nacionales debidamente fundamentadas y objetivas, no como la “pajerística” de prohibir usar tales vehículos para visitar los balnearios y paseos, pero hacerse de la vista gorda cuando van al súper, casinos, moteles o cuando transportan mercadería y hasta materiales de construcción con fines particulares o aquella de obligar a los maleantes a descargar sus armas al abordar un bus y que las recarguen de nuevo cuando se bajen del mismo. Hasta el momento nadie justifica por qué se les asignan a los funcionarios grandes ve- hículos muy “gastones” de combustible, cuando perfectamente pueden usar unidades de menor cilindrada.

* Doctor en Medicina.



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