elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Desde Washington
La “diplomacia transformadora” de Rice

En Suramérica, las nobles metas de Estados Unidos de esparcir libertad y democracia dependerán de su habilidad para diferencias entre dos izquierdas. El éxito de una asegura el fracaso de la otra

Publicada 22 de abril 2005, El Diario de Hoy


Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En su discurso ante la Sociedad Estadounidense de Directores de Periódicos la semana pasada, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, repitió una de sus frases favoritas: “Tenemos que lidiar con el mundo como está, pero no tenemos que aceptar el mundo como está”. Esas palabras se han convertido en una especie de lema central para su idea de una “diplomacia transformadora” en la que Estados Unidos coopera con otras democracias para construir “un mundo mejor, más seguro y más libre”.

Aunque esta filosofía debiera tener el entusiasta apoyo de la mayoría de los latinoamericanos, muchos en la región estiman que Washington no la practica. Líderes sudamericanos en especial probablemente dirían hoy que, más que interesados en cooperar, los políticos en Estados Unidos parecen estancados en esa mentalidad de la Guerra Fría, que les hace ver una creciente amenaza monolítica de la izquierda al sur de la frontera.

Al escuchar a Rice, recordé una conversación que había sostenido horas antes con un asesor cercano al Presidente chileno Ricardo Lagos, que me hizo ver cuán distante está la percepción en América Latina de la filosofía de Rice. Lagos, el líder del país latinoamericano más próspero —el único en Suramérica con un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos— se ocupaba en preparar una campaña para “romper ese eje bipolar” entre la izquierda de la derecha que, según cree, funcionarios en Washington y en Caracas están creando en la región.

Lagos acababa de decidir que viajaría a encontrarse con su contraparte brasileño Luis Inácio Lula da Silva, con la esperanza de que una imagen de ambos líderes, uno al lado del otro, enviaría una clara señal al mundo de que en Sudamérica hay una izquierda moderna, sensata y progresista, mundos aparte de la del polémico Presidente venezolano Hugo Chávez.

Los esfuerzos de Lagos estaban, en principio, destinados a reforzar el apoyo al ministro del Interior chileno, José Miguel Insulza, quien empata con el canciller mexicano, Luis Ernesto Derbez, en la contienda por la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos. Pero en forma más amplia, buscaban refutar las insinuaciones hechas por funcionarios estadounidenses de que un voto por Insulza sería un voto por Chávez y su cruzada izquierdista.

Por su parte, Chávez ha usado la contienda de la OEA para impulsar su retórica antiestadounidense y presentar el voto por Insulza como un voto contra la influencia “imperialista” de Estados Unidos en la región. Después de su escala en Brasil, Lagos voló a Caracas para pedirle a Chávez que moderara sus excesos frente a Washington en el asunto de la OEA y más allá.

A la diplomacia transformadora de Rice parece faltarle un largo camino para superar aprehensiones de la Guerra Fría. Obviamente no ayuda que uno de los últimos vestigios de esa guerra esté apenas a 90 millas de Estados Unidos en Cuba, ni tampoco que Chávez haya encontrado en el dictador cubano Fidel Castro a su mejor aliado. Tampoco ayuda que haya aprendido tan rápidamente la habilidad de Castro para generar tensiones entre sus adversarios en Washington y muchos de sus aliados más naturales en capitales latinoamericanas.

Sin embargo, caer en la vieja trampa de la izquierda contra la derecha, sólo favorece a Chávez al avivar el sentimiento antiestadounidense con que el venezolano intenta aumentar las divisiones regionales. Esta visión cerrada de las cosas también perjudica a naciones sudamericanas que quieran ensayar su propia diplomacia transformadora acercándose a Chávez, y no aislándolo.

Claro que Chávez ha dejado a los funcionarios estadounidenses con pocas opciones distintas a una línea dura en su contra. Se burla de Estados Unidos y cada insulto contra miembros del gabinete de Bush es casi tan infame como el que usó contra la propia Rice.

Su beligerancia entristece y da rabia, pero no puede justificar la extrapolación estadounidense de que todo el que comparta algunas de las creencias izquierdistas de Chávez —o acepte su apoyo— comparte igualmente su insensato deseo de dividir al hemisferio entre su bando y el de Washington.

En Suramérica, las nobles metas de Estados Unidos de esparcir libertad y democracia dependerán de su habilidad para diferencias entre dos izquierdas. El éxito de una asegura el fracaso de la otra. En otras palabras, el camino más corto para socavar lo que Chávez representa, es la cooperación con la izquierda moderna que se esfuerza por respetar las reglas democráticas y del capitalismo al tiempo que intenta satisfacer las mayores expectativas de quienes pusieron a esos líderes de izquierda en el poder.

Rice tiene programado hacer su primer viaje como secretaria de Estado a América del Sur la próxima semana. La pregunta de cuánto apoyo obtendrá de los sudamericanos para su “diplomacia transformadora” dependerá de su capacidad para convencerlos de que, en Washington, la hora de temerle a una izquierda monolítica ya pasó.

*Columnista del Washington Post.



elsalvador.com WWW