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Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En su discurso ante la Sociedad Estadounidense de Directores de Periódicos
la semana pasada, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, repitió
una de sus frases favoritas: Tenemos que lidiar con el mundo como
está, pero no tenemos que aceptar el mundo como está.
Esas palabras se han convertido en una especie de lema central para su
idea de una diplomacia transformadora en la que Estados Unidos
coopera con otras democracias para construir un mundo mejor, más
seguro y más libre.
Aunque esta filosofía debiera tener el entusiasta apoyo de la mayoría
de los latinoamericanos, muchos en la región estiman que Washington
no la practica. Líderes sudamericanos en especial probablemente
dirían hoy que, más que interesados en cooperar, los políticos
en Estados Unidos parecen estancados en esa mentalidad de la Guerra Fría,
que les hace ver una creciente amenaza monolítica de la izquierda
al sur de la frontera.
Al escuchar a Rice, recordé una conversación que había
sostenido horas antes con un asesor cercano al Presidente chileno Ricardo
Lagos, que me hizo ver cuán distante está la percepción
en América Latina de la filosofía de Rice. Lagos, el líder
del país latinoamericano más próspero el único
en Suramérica con un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos
se ocupaba en preparar una campaña para romper ese eje bipolar
entre la izquierda de la derecha que, según cree, funcionarios
en Washington y en Caracas están creando en la región.
Lagos acababa de decidir que viajaría a encontrarse con su contraparte
brasileño Luis Inácio Lula da Silva, con la esperanza de
que una imagen de ambos líderes, uno al lado del otro, enviaría
una clara señal al mundo de que en Sudamérica hay una izquierda
moderna, sensata y progresista, mundos aparte de la del polémico
Presidente venezolano Hugo Chávez.
Los esfuerzos de Lagos estaban, en principio, destinados a reforzar el
apoyo al ministro del Interior chileno, José Miguel Insulza, quien
empata con el canciller mexicano, Luis Ernesto Derbez, en la contienda
por la Secretaría General de la Organización de Estados
Americanos. Pero en forma más amplia, buscaban refutar las insinuaciones
hechas por funcionarios estadounidenses de que un voto por Insulza sería
un voto por Chávez y su cruzada izquierdista.
Por su parte, Chávez ha usado la contienda de la OEA para impulsar
su retórica antiestadounidense y presentar el voto por Insulza
como un voto contra la influencia imperialista de Estados
Unidos en la región. Después de su escala en Brasil, Lagos
voló a Caracas para pedirle a Chávez que moderara sus excesos
frente a Washington en el asunto de la OEA y más allá.
A la diplomacia transformadora de Rice parece faltarle un largo camino
para superar aprehensiones de la Guerra Fría. Obviamente no ayuda
que uno de los últimos vestigios de esa guerra esté apenas
a 90 millas de Estados Unidos en Cuba, ni tampoco que Chávez haya
encontrado en el dictador cubano Fidel Castro a su mejor aliado. Tampoco
ayuda que haya aprendido tan rápidamente la habilidad de Castro
para generar tensiones entre sus adversarios en Washington y muchos de
sus aliados más naturales en capitales latinoamericanas.
Sin embargo, caer en la vieja trampa de la izquierda contra la derecha,
sólo favorece a Chávez al avivar el sentimiento antiestadounidense
con que el venezolano intenta aumentar las divisiones regionales. Esta
visión cerrada de las cosas también perjudica a naciones
sudamericanas que quieran ensayar su propia diplomacia transformadora
acercándose a Chávez, y no aislándolo.
Claro que Chávez ha dejado a los funcionarios estadounidenses con
pocas opciones distintas a una línea dura en su contra. Se burla
de Estados Unidos y cada insulto contra miembros del gabinete de Bush
es casi tan infame como el que usó contra la propia Rice.
Su beligerancia entristece y da rabia, pero no puede justificar la extrapolación
estadounidense de que todo el que comparta algunas de las creencias izquierdistas
de Chávez o acepte su apoyo comparte igualmente su
insensato deseo de dividir al hemisferio entre su bando y el de Washington.
En Suramérica, las nobles metas de Estados Unidos de esparcir libertad
y democracia dependerán de su habilidad para diferencias entre
dos izquierdas. El éxito de una asegura el fracaso de la otra.
En otras palabras, el camino más corto para socavar lo que Chávez
representa, es la cooperación con la izquierda moderna que se esfuerza
por respetar las reglas democráticas y del capitalismo al tiempo
que intenta satisfacer las mayores expectativas de quienes pusieron a
esos líderes de izquierda en el poder.
Rice tiene programado hacer su primer viaje como secretaria de Estado
a América del Sur la próxima semana. La pregunta de cuánto
apoyo obtendrá de los sudamericanos para su diplomacia transformadora
dependerá de su capacidad para convencerlos de que, en Washington,
la hora de temerle a una izquierda monolítica ya pasó.
*Columnista del Washington Post.

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