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La nota del
día
Muere asesinado el gran arpista
A partir de la Década
de los Setenta, la criminalidad es el efecto de las prédicas del
odio, del enloquecimiento de jóvenes, de la permisividad con que
nuestra sociedad ha tratado a terroristas, mareros, narcos, ladrones de
automóviles y violadores
Publicada 22 de abril 2005, El Diario de Hoy
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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Joel Ramos, admirado, querido y excelente músico fue muerto a
balazos por un par de ladrones que intentaron robarle. La macabra ley
que rige en el hampa es que si alguien se resiste a un asalto, o si el
robo no se llega a efectuar, los atacantes matan a sus víctimas.
Simples transeúntes, obreros, estudiantes, profesionales, amas
de casa, empresarios..., la lista de los asesinados por sus atracadores
es escalofriante. Personas de bien, gente indefensa, padres de familia,
esforzados ciudadanos, son muertos a sangre fría por los monstruos
que acechan a los honrados las veinticuatro horas.
Ramos era un consumado arpista que representó a El Salvador en
varios festivales. Además amenizaba toda suerte de eventos: bodas,
aniversarios, cenas y recepciones. Lo hacía con mucha gracia, adaptando
su gran repertorio, la riqueza musical que llevaba en su memoria y su
corazón, a lo que requería el momento. No hace mucho le
pedimos tocar música italiana, la que ejecutó con todo el
sentimentalismo y la destreza de lo mejor que ofrece Nápoles o
Venecia; no recordaba, sin embargo, las notas del Arrivederci Roma.
La trágica muerte de Ramos ha conmovido a sus compañeros
de la música al igual que a sus amigos (entre ellos quienes le
contratábamos) y a los que tuvieron la suerte de oírlo.
Tocaba el arpa como un gran maestro paraguayo pero sin abrumar a sus audiencias
con los excesos de volumen que por hoy son la plaga de bodas y celebraciones.
Es muy revelador que Joel inició con otros instrumentos la
guitarra, la armónica y la flauta hasta que llegó
al arpa, la compañera de su alma, con la que llegó
hasta el terrible final. Su hijo queda para continuar la tradición.
El crimen surge de la impunidad
En todas partes hay crímenes sin sentido, matanzas y homicidios
que asquean y estremecen. Es muy grande el dolor que causa el asesinato
de gente buena, como las continuas matanzas de inocentes perpetradas por
terroristas en muchas partes del mundo.
En nuestro medio el terrible auge de la delincuencia es obra, principalmente,
de la impunidad. Los delincuentes escapan, los testigos tienen miedo de
señalarlos, malas e inadecuadas leyes los protegen, muchos jueces
los liberan o los acomodan, como el caso de la jueza que quiso sacar de
la cárcel de máxima seguridad, a un grupo de los peores
criminales que asuelan esta tierra.
Antes, los homicidios eran resultado de las pasiones, del machismo y el
alcohol. Pero a partir de la Década de los Setenta, la criminalidad
es el efecto de las prédicas del odio, del enloquecimiento de jóvenes,
de la permisividad con que nuestra sociedad ha tratado a terroristas,
mareros, narcos, ladrones de automóviles y violadores. Hay además
una maquinaria que busca encubrir o liberar criminales cuando así
conviene a la extrema izquierda.
Los testigos siguen expuestos a que los maten, ya que al hacerlo los juicios
se caen, en vez de constituirse en una prueba decisiva y un agravante.
A esto se suman figuras como la ley del menor infractor y
la prohibición de llevar los historiales de criminales menores
de edad. Por esa clase de absurdos es que personas tan valiosas y estimadas
como Joel son muertas sin contemplación.

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