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“Vengo del infierno”

Primera parte. Un policía salvadoreño pidió permiso para marcharse hacia Iraq contratado por una empresa privada. Llegó a vigilar la antigua sede de la guardia republicana de Sadam Hussein. Desde que arribó le transmitieron la sentencia: “Tu cabeza vale $10 mil. Cuídate”. Este es el relato que construyó junto a la periodista Heydi Vargas


Publicada 18 de abril 2005 , El Diario de Hoy

“Desde nuestro campamento mirábamos los furiosos ataques de los fundamentalistas”. Fotos EDH/AP


El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


La bienvenida en el aeropuerto de Bagdad fue macabra: “Deben ser cuidadosísimos con la seguridad personal porque ofrecen $10 mil por cada una de sus cabezas”, nos dice un militar, miembro del comité de recepción.

Y, cuando apenas comenzábamos a bajar por la escalinata del enorme avión que nos llevó ahí, desde Jordania, sentimos, en la cara, a nuestro primer enemigo: el frío quemaba la piel. Parecía que los oídos estaban a punto de estallar.

Un militar nos aconseja abrigarnos con lo que sea. La temperatura está a cinco grados bajo cero. Es imposible dar un paso sin titiritar o quejarnos de la brutal temperatura.

Amanecía cuando tocamos tierras iraquíes. Y, mientras caminábamos por el anárquico aeropuerto, donde cada soldado activa su tercer ojo para defender el pellejo, se escuchó el llanto de una mujer.

Los insubordinados ofrecen $10 mil por nuestras cabezas o la de un americano. Fotos EDH/AP

Quien lloraba sin freno era una de las seis mujeres que, al igual que otros 39 hombres, estábamos, ahí, contratados para dar seguridad a embajadas, residencias y sitios donde se alojan civiles y diplomáticos.

La tensión, el aviso poco amistoso y el cansancio provocado por el largo viaje desde El Salvador, provocó que aquella mujer llorara frente a la congoja de todos.

Se suponía que se trataba de un grupo entrenado para enfrentar cualquier reto en un país emboscado por todos los odios juntos.

- “Busquen la manera de comunicarse con Francisco Flores para que nos mande a traer”, decía la mujer entre sollozos.

“Trabajaba como agente en un puesto de la pnc. mi salario era de $363 mensuales y no hemos tenido un aumento en seis años”
“Busquen la manera de comunicarse con francisco flores para que nos mande a traer” sollozaba la mujer

Su hermana, “La golden”, como la bautizamos después, le respondió preocupada: “No hermana. Ya no es Flores el Presidente. Es Tony Saca, pero no sabemos cómo comunicarnos con él”.

Lo que más me preocupaba es que, apenas en el arranque de nuestra misión, alguien comenzara a tirar la toalla a más de ocho mil kilómetros de su país.
Poco a poco el llanto cesó. Entre todas las mujeres lograron calmar a la asustadiza compañera repitiéndole que las cosas pasarían, incluido el agobiante frío.

Protección


Apenas aterrizamos en el frenético aeropuerto de Bagdad, una escolta de hombres armados comenzó a protegernos. Parecíamos personajes importantes rodeados de guardaespaldas.

Poco después nos dieron las primeras instrucciones: Debíamos atravesar siete kilómetros de una “zona roja” territorial donde puede pasar cualquier cosa, desde ser emboscados a punta de bala hasta recibir un bombazo que te manda al cementerio partido en mil pedazos.

1,800 Dólares.
Era el sueldo para los
intérpretes, a esto se le
sumaba $105 que nos
daban a todos por viáticos.
1,200 salario.
Como guardia de seguridad privada, gané en casi cuatro meses de trabajo. Lo que
gané como policía en un año.
1 año
La duración de nuestro contrato. Sin embargo, sólo fue de casi cuatro meses. Y la deportación de más de 100 salvadoreños.
146 guardias
Fue el total de connacionales que la empresa Triple
Canopy contrató para
cuidar.

Después sabríamos que casi todos los vehículos que pasan por ahí se convierten en codiciados blancos de la furia de fundamentalistas, que combaten la presencia de extranjeros en ese país.

La caravana arrancó. Viajábamos en un autobús estrechamente escoltado mientras nuestros ojos vijilaban, de un lado a otro, en busca de francotiradores u obuses que cayeran del cielo.

Rápidamente nos topamos con esos siete kilómetros bordeados por franjas de concreto de unos cinco metros de altura.
Con eso se intenta detener, un poco, los ataques que se hacen a los vehículos aliados con lanza cohetes RPG-7.

En realidad, el amurallamiento bordea una enorme zona comercial donde no hay presencia de tropas. Ahí, los civiles, los rebeldes, los fundamentalistas o, quien sea, hacen lo que quieren.

Un puente sobre el bíblico río Tigris divide la zona “roja” de la “verde”, donde la violencia es mucho menor.

Esta última zona está totalmente bajo control de los americanos. En ella se encuentran embajadas, bases militares y campos de detención de rebeldes. En fin, es el área donde llegábamos a cumplir nuestras futuras tareas de vigilantes privados.

Esa zona también la ocupaba, antes de la invasión, la guardia republicana de Sadam Hussein. Ahí tenían polígonos, bases militares y bartolinas donde torturaban a todos sus opositores.

Pero, mientras el autobús que nos transportaba desde el aeropuerto hasta nuestra futura sede, recorría los siete kilómetros amurallados, cada uno de nosotros miraba, inquietos, por las ventanas, como si fuésemos aventureros que tratan de descifrar sus primeros misterios.

Detroit

Durante nuestro primer día en el campamento se nos repitió lo que, pensábamos, era una broma: los insubordinados ofrecen $10 mil por cada una de nuestras cabezas o la de cualquier americano.

Junto con iraquíes e hindúes descargábamos los camiones que llevaban agua y alimentos. Fotos EDH/AP

Si alguien pretendió ponernos en alerta, no lo hizo de la mejor manera: “Salvadoreños, -gritó una persona pasándose la mano por el cuello-, aquí les quieren matar”.

Como buenos salvadoreños que nunca nos quedamos atrás, respondimos lo mismo: “Iraquíes que quieran matarnos, tendrán su recompensa”. Por supuesto, también nos pasamos los dedos por el cuello.

Muy poco después, estábamos acomodados en una tienda de campaña con unas 40 literas, colocadas ordenadamente.

Los instructores nos dijeron que las tiendas de campaña serían nuestras casas por los próximos tres o cuatro días. Pero, la verdad es que los hombres nos quedamos, ahí, durante dos semanas.

Las mujeres corrieron mejor suerte que la nuestra a pesar de que, por supuesto, las colocaron en otra tienda de campaña.

Por los llantos imparables de la hermana de “La golden” (todos los días lloraba y decía que se quería regresar), a las seis mujeres que componían el grupo se las llevaron a una de las casas que los americanos poseen en la zona verde.

Pero, nuestro verdadero destino no serían esas tiendas militarizadas sino algo que llaman “Campamento Olimpia”.

El empleado del reclutador da, aquí, la última instrucción a las seis mujeres. Fotos EDH/AP

Sin embargo, desde nuestra llegada percibimos que algunas cosas no caminaban bien.
Una prueba de eso: durante los primeros seis días, no nos entregaron equipos para combatir el inmenso frío.

La poca calefacción que colocaron en las tiendas no permitía combatir aquel “hielo” que golpeaba nuestras carnes acostumbradas a temperaturas de más de 30 grados centígrados.

Por lo que nos contaban, las mujeres tampoco la pasaban muy bien. Les costaba dormir por el intenso frío y descansaban con un ojo abierto porque temían que se les metiera un iraquí y les cortara el pescuezo.

Con permiso

Antes de continuar, les contaré quién soy. Tengo 31 años. Trabajaba como agente en un puesto policial de la PNC. Mi salario era de $363 mensuales y no hemos tenido un solo aumento en seis años.

A pesar de todo eso, compré mi casa y la estoy pagando de lo que me queda libre. Con mi salario mantengo a mis hijos y a mi esposa.
Estaba desesperado por marcharme del país para darle a mi familia una mejor forma de vida.

Un buen día me enteré que estaban reclutando personas para llevarlas a Iraq. Llené la solicitud y pedí permiso en la policía. Me lo concedieron por un año. Ahora los otorgan, únicamente por tres meses.

Seguí moviéndome hasta que llegó el día de marcharnos hacia Iraq. Al grupo de mujeres las comandaba “Buffy”, quien tiene experiencia en el manejo de armas.

Las restantes cinco mujeres eran amas de casas. Algunas de ellas laboraban en maquilas, en las ventas de sorbetes y en mercados.

El grupo de hombres estaba compuesto por ex militares y antiguos guerrilleros. Muchos de ellos tenían experiencia en fuerzas especiales.

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Por eso conocí a “El caimán”, un ex sargento de fila que siempre recordaba que, en tiempos del conflicto, salió vivo de milagro porque le encomendaban la misión de reconocer el perímetro donde se guarecía el enemigo.

Una y otra vez repetía que, antes de cada combate, fumaba marihuana para armarse de valor a la hora de enfrentarse al enemigo. Y hasta nos dijo que se puso a coleccionar las orejas de algunos guerrilleros que mataban.

El vuelo

El día que partimos de El Salvador nos armamos de esperanza. Durante las pláticas que se producen en los vuelos, cada quien expuso por qué asumía esa aventura.

Uno de los ex militares hizo ahí una confesión: su motivación no era el dinero. Lo que extrañaba era la emoción de volver a participar en un conflicto armado.

“No pierdo la fe de matar a un par de iraquíes. Quiero sentir la adrenalina como la tenía durante el conflicto”, sentenció. Su confesión nos sacudió a todos.

Nuestra primera escala se produjo en México. Pero, los presagios no fueron buenos ahí. Como no llevábamos visa, tuvimos que pagar $50 para que nos dieran un permiso de paso. Creo que el cobro fue excesivo y hasta ilegal. Pero, nada se puede hacer ante eso.

Después nos metieron en una sala, tras llamarnos “hermanos salvadoreños” y, una vez ahí, dos custodios intentaron robarnos dos maletas en nuestras propias narices.

Dos hombres se llevaron las maletas durante un descuido nuestro. Luchamos hasta encontrar al jefe de seguridad del aeropuerto. Él nos ayudó, con nuestras descripciones, a encontrar a los responsables. Finalmente, en medio de rezongos, nos devolvieran el equipaje.

Luego de defender nuestro patrimonio, tomamos otro avión que nos dejó en Ámsterdam, tras diez horas de vuelo y mil plegarias para que el avión no se cayera.

Con cuatro horas más de vuelo llegamos a Jordania, donde nos esperaba un contacto de la empresa Triple Canopy quien nos llevó a cenar a un hotel, en medio de las curiosas miradas de todos. Estábamos en un país que significaba un adelanto de las tierras que pisaríamos.

Al principio nos dijeron que dormiríamos en Aman, la capital de Jordania. Después, los planes cambiaron. Todavía con el estómago lleno nos llevaron de nuevo al aeropuerto militar y nos dijeron que, en dos horas más, estaríamos en Bagdad.

Traqueteos

Una vez instalados en Bagdad, comenzamos a acostumbrarnos a los bombardeos y /o las ráfagas de armas automáticas. Ante eso, tomamos las primeras medidas de seguridad: la primera de ellas fue dormir de tal forma que, quien quisiera degollarnos, lo primero que se encontraría serían los pies.

También tuvimos que acostumbrar el estómago. Nuestras comidas eran ración “c” americana. Ésta estaba compuesta por pollo y ensaladas. Eso sí: todo lo teníamos que calentar en unas bolsas especiales.

Durante las primeras mañanas nos levantábamos a recibir instrucción en el uso de AK-47. Cinco días duraron las tareas de armar y desarmar ese tipo de armas. Los instructores eran miembros de las fuerzas especiales de los Estados Unidos.

La base en la que nos colocaron estaba custodiada por filipinos. Ellos eran bastante amistosos. Cuando llegamos, tenían siete meses de estar en ese lugar.

La monotonía la rompían las explosiones.
Cuando nos ordenaron cumplir los primeros turnos nocturnos, el frío convertía aquello en un verdadero calvario. Y lo peor era levantarse y meterse al baño. Nunca he sufrido tanto en mi vida que recibir agua en medio de las bajísimas temperaturas. El agua entumecía hasta los dedos.

En el campamento existen baños comunes que sólo podían utilizar los americanos. A nosotros nos destinaron unos provisionales. Pero, como no tenían buenas condiciones higiénicas, poco a poco nos fuimos metiendo en los baños de los “gringos”.

Primera baja

Después de transcurridas dos semanas, nos trasladaron al Campo Olimpia, sitio donde nos alojaron durante el resto de nuestra permanencia en Iraq.

El Campo Olimpia era, antes de la invasión, una de las principales sedes de la guardia republicana de Husseim.

Es una extensa base rodeada de alargados muros de cemento que opera, en Bagdad, Triple Canopy, la empresa que nos contrató. Tiene una serie de torretas en las que durante las 24 horas al día permanecen vigilantes fuertemente armados.

Aquello es una suerte de cuartel como los que miramos aquí. Adentro existen instalaciones, comedores, residencias y áreas donde los visitante pueden alojarse.

Los inquilinos deben pagar $700 por noche. Por ese precio se les incluyen las comidas, como si fuese un hotel. El costo es altísimo aunque los huéspedes saben que, ahí adentro, nadie les va a destapar los sesos.

Existen áreas para huéspedes de todas las naciones: desde estadounidenses hasta irlandeses. Incluso, hasta un bar hay ahí. El negocio debe ser tan bueno que, adentro del campo, cada día surgían nuevas construcciones.

En ese campo tuvimos la primer baja. Fue Nelson, un amistoso compañero, a quien lo afectó la hipotermia. A “Gravi”, como le llamábamos, le afectó tanto el frío que se le inflamaron los testículos y se le desprendió la piel de las manos. Era impresionante mirarle los dedos.

Él aguantó hasta donde pudo. Pero, en un momento le dijimos que visitara un médico. Que no podía seguir empeorando.

“Gravi” nos hizo caso. Visitó un doctor americano que le dio medicamentos. Sin embargo, poco después lo atendió de nuevo y sentenció que ya no podía hacer nada más porque, en realidad, estaba al frente de un delicado caso de depresión. Es decir, el frío y una profunda crisis emocional derrumbaron a “Gravi”.

Su caso significó otra violación a los derechos humanos. Como se recomendó devolverlo, uno de los supervisores de la empresa que nos contrató ordenó que no le dieran alimentos. Decía que “ya no tiene derecho a comer”.

Ante eso, tuvimos que robar porciones de comida, agua y algunas mantas y hasta nos obligaron a esconder a “Gravi” en nuestro pabellón hasta que, finalmente, lo regresaron a El Salvador. Obviamente, aquello nos bajó la moral a todos. Fue inhumano lo que hicieron con él.

Glosario
Aprendimos a pronunciar algunas palabras en árabe, aunque no las podíamos escribir bien y no se diga de la pronunciación, como todo buen salvadoreño tratamos de investigar algunas de ellas.
ALEICOSALAM
ALIPAPA
ALU
ARBAJAT
HABEBE
Muy bien
Homosexual
Aló
Número 4
Te amo
FARMALA
SADIKY
SALAM OLEICO
SHUCRAN
SHUPACK
Adiós
Amigo
¿Cómo está? o ¿qué tal?
Gracias
Ventana
Exclusivas de El Diario de Hoy
Dieron a conocer la noticia en octubre pasado, sobre el reclutamiento para guardias de seguridad en Medio Oriente.
6 de octubre
Al menos 100 ex militares fueron contratados por una empresa de seguridad americana para Iraq.
7 de octubre
Cientos son los salvadoreños que desean correr tras el “sueño iraquí”.
17 de noviembre
Se suman otras empresas para contratar hacia
Medio Oriente. Buscan un alto perfil militar.
23 de noviembre
Viaja el último grupo de salvadoreños hacia Iraq,
entre ellos seis mujeres con Triple Canopy.

 

Mañana: Miedo a los vivos y a los muertos. además, acusan a salvadoreño de ser espía de al Qaeda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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