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James
T. Morris*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Quien visita Centro América queda impactado por los grandes progresos
que esta región ha alcanzado en la consolidación de su democracia
y en la construcción de sociedades igualitarias, tras muchos años
de convulsión social y guerra civil. La estabilidad de la región
es un fiel testimonio de que la buena voluntad, la determinación
y el poder en manos de los justos pueden lograr acabar hasta con el más
insuperable de los conflictos.
Sin embargo, ni la paz ni la estabilidad pueden por sí mismas terminar
con el sufrimiento.
La pobreza agobiante es todavía un freno para el desarrollo de
Centro América. Con la pobreza viene el hambre e inevitablemente
el hambre se ensaña con los más débiles, madres y
niños pequeños. Guatemala, por ejemplo, tiene la tasa de
desnutrición crónica más alta de América Latina
entre niños menores de cinco años, 49 por ciento. En El
Salvador, Honduras y Nicaragua las cifras son también altas, 19,
29 y 20 por ciento, respectivamente. Estos niños simplemente se
llevan la peor parte del problema.
El hambre es un problema, y de hecho todos los días 800 millones
de personas, o sea cinco veces la población total del Brasil, se
despiertan con el temor de no encontrar suficiente para comer. Puede que
a lo mejor haya suficiente para hoy, quizás hasta para mañana,
pero más adelante ¿quién sabe? La mayoría
de los que pasan hambre nació de madres que sufrían de hambre;
la mayoría morirá con hambre; muchos de ellos, a temprana
edad por causa de enfermedades relacionadas con el hambre, que sus débiles
cuerpos no podrán resistir.
Desanima a cualquiera saber que hoy, en pleno Siglo XXI, más personas
están muriendo de hambre que de Sida, malaria y tuberculosis combinados.
El problema es de tal magnitud que existe la tendencia a desesperarse,
aun entre aquellos que se declaran comprometidos con la ayuda humanitaria.
Sabemos que el hambre está allí, nos hace sentir mal, pero
preferimos que no se nos recuerde el tema.
En el Programa Mundial de Alimentos creemos que la llave para resolver
este problema está en los niños y niñas que aún
no han nacido. Cada año cerca de 30 millones de mujeres en todo
el mundo dan a luz bebés con bajo peso, o sea menos de 2.5 kilos.
En casi todos los casos los bebés nacieron de madres que también
estaban desnutridas.
El ciclo de malnutrición materno-infantil es una de las principales
causas por las que la pobreza persiste generación tras generación.
El hambre transmitida de madre a hijo es una herencia ruinosa. Bebés
con bajo peso comienzan la vida con un terrible impedimento. Sus probabilidades
de morir en los primeros días o semanas de vida son 40 veces más
altas que en aquellos bebés que nacen con peso normal y tamaño
normal.
Los bebes desnutridos tienen el doble de probabilidades de permanecer
desnutridos el primer año de vida. Numerosos estudios han demostrado
que el desarrollo cognitivo y del comportamiento de los niños desnutridos
queda severamente afectado. Los niños desnutridos son también
más vulnerables a las infecciones que consecuentemente reducen
su apetito, prolongan la desnutrición e inhiben el crecimiento.
Un desarrollo físico y mental más lento de lo normal tiene
serias repercusiones en los bebés y las repercusiones seguirían
durante toda la niñez. Cuando un niño con hambre se matricula
en la escuela si es que llega a hacerlo su asistencia a clases
y su rendimiento escolar serán erráticos. Él o ella
tiene más posibilidades de retardar su ingreso a la escuela y de
abandonarla antes de tiempo.
La desnutrición en la adolescencia trae problemas tanto a las mujeres
como a los hombres. Las madres desnutridas son más propensas a
morir a causa del parto. El crecimiento imperfecto de sus huesos puede
convertir la gestación un período peligroso.
Los hombres jóvenes que sufren de retardo y anemia debido a la
malnutrición son menos productivos y no pueden desempeñarse
tan bien como sus compañeros que gozan de buena salud.
Hombres y mujeres jóvenes que sufren de retardo del crecimiento
y anemia como resultado de la desnutrición son menos productivos
y no pueden desempeñarse tan bien como sus compañeros que
gozan de buena salud. Muchos de ellos simplemente quedan incapacitados
para generar ingresos. Así el ciclo de la pobreza y el hambre continúa.
Si sólo pudiéramos adecuar nuestros esfuerzos para asegurar
que estas mujeres y sus bebés tuvieran acceso a alimentos nutritivos
y asistencia básica de salud, lograríamos ver los cambios
rápidamente. Esto es alcanzable:
Dar alimentación suplementaria a madres y niños por un año
cuesta menos de un dólar a la semana por beneficiario. Y eso incluye
los costos de fortificar los alimentos con micro nutrientes, tales como
vitamina A, hierro y yodo.
En otras palabras, comencemos por nutrirlos bien. En El Salvador, Guatemala,
Honduras y Nicaragua, el PMA provee una comida nutritiva por día
a más de 1.6 millones de niños escolares para mantenerlos
saludables y, mientras, conseguimos que los padres sigan mandándolos
y manteniéndolos en la escuela.
La educación es la mejor oportunidad que tienen niños y
niñas de romper el ciclo de la pobreza que ha encadenado las vidas
de sus padres y abuelos. Trabajemos juntos para romper esas cadenas.
*Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones
Unidas. Esta semana visitará C.A.

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