elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema del momento
Lo que los papas no pueden hacer

Vivimos tiempos de libertad. A nadie se le obliga a ser católico. Nadie sale perjudicado por no serlo. Incluso puede ser ventajoso no serlo, para medrar y subir en muchas organizaciones

Publicada 18 de abril 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Se acerca el Cónclave de donde saldrá el nuevo Papa de la Iglesia Católica. Comienzan a proliferar los que se arrogan el papel de indicar a quién tienen que elegir los cardenales. Tampoco faltan los improvisados maestros que ya señalan lo que el nuevo Papa tiene que hacer y lo que tiene que cambiar. Y es que vivimos tiempos donde, de religión y de moral, existen grandes mares de ignorancia y, por lo tanto, sobre esos temas todo el mundo se atreve a pontificar.

Cuanto más masificada se tenga la inteligencia y la voluntad, con mayor arrogancia se lanzan o se aceptan las opiniones de los ignorantes. Véase, si no, el éxito millonario de “El código da Vinci”, que sólo puede interesar a desconocedores de la Historia Universal, de la Historia de la Iglesia y carentes además del más elemental sentido común.

La Iglesia Católica no puede ni debe ser a gusto de todos. Y los papas tampoco pueden hacer siempre lo que la opinión pública reclame. Han recibido un legado divino (el “depositum fidei”) y su deber es custodiarlo, explicarlo y desarrollarlo, pero no traicionarlo.

Siempre serán “signo de contradicción”. Así fue desde el comienzo. A Jesús no lo hicieron rey de Israel ni emperador de Roma, sino que fue escarnecido y crucificado. Con “mejor criterio político” podía haberse conquistado al Sanedrín, a Pilatos o a los dos, pero con la verdad, Dios no puede jugar.

Cuando las persecuciones de los emperadores romanos, se habrían evitado las muertes de todos aquellos cristianos martirizados si se hubiera transigido en “una cosita sin importancia”: ir a incensar la estatua de los emperadores, a quienes los romanos adoraban como dioses.

No faltaron algunos ingeniosos que propusieron que para evitar ir a parar a la boca de los leones en el Coliseo, si bien no se podía adorar al emperador, bien se podía conseguir un papel firmado, donde se garantizase que sí se había adorado. Fueron conocidos como los “libeláticos”, los del papelito. Pero la autoridad eclesiástica dijo que eso no valía. Con las cosas de Dios no se puede jugar.

Cuando Enrique VIII de Inglaterra, que estaba casado legítimamente por la Iglesia Católica, le pidió al Papa que anulara su matrimonio con Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, el Papa no lo hizo porque no tenía poder para hacerlo; el vínculo del matrimonio católico es un vínculo indisoluble. Si lo hubiera hecho, habría sido una traición a su deber como Papa.

Al no acceder a la petición de Enrique VIII, se perdió una magnífica ocasión de actuar con “una visión política y un ánimo progresista” muy semejante a lo que ahora proponen muchos periodistas. El costo fue grande. Enrique VIII se erigió en cabeza de la Iglesia de Inglaterra, se casó con Ana Bolena y cortó la cabeza a todos los que no acataron su proceder.

De ahí, del capricho erótico de un rey, nació la Iglesia Anglicana y la Iglesia Católica perdió toda una nación. La Iglesia Anglicana ha demostrado ahora ser “muy progresista” ordenando a mujeres como sacerdotes. Una rama estadounidense de ella es aún más progresista: tiene un jerarca homosexual. ¿Consecuencia? Un éxodo amplio, continuo y silencioso, de clérigos y fieles que se van pasando a la Iglesia Católica.

Cuando Pablo VI se planteó si era moral usar los métodos anticonceptivos artificiales, sufrió una de las mayores presiones psicológicas por parte de eclesiásticos, doctores en medicina, teólogos y opinión publica manipulada, para que diera su aprobación a la píldora. Finalmente la encíclica “Humanae Vitae” dejó en claro su prohibición. Los “medios”, el llamado “cuarto poder”, se le vinieron encima, acusándole de toda clase de desgracias por esa prohibición.

Pero después se vio que tenía razón. La píldora ha hecho más destrozos en los matrimonios, en la familia y en la sociedad que la bomba atómica. Además, dos de las más destacadas feministas, que ha- bían trabajado entusiastamente para difundir la “píldora”, confesarían, años más tarde, que en realidad lo que habían hecho con ella era “abrir la caja de Pandora”, es decir: soltar y difundir todos los males.

Cuando Juan Pablo II estudió la posibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres, al final emitió un breve y claro documento donde no dice que no quiere, sino que no puede; que no tiene poder para hacerlo.

Vivimos tiempos de libertad. A nadie se le obliga a ser católico. Nadie sale perjudicado por no serlo. Incluso puede ser ventajoso no serlo, para medrar y subir en muchas organizaciones. Desde el punto de vista práctico, hay cristianismos más cómodos, al gusto de cada quien.

Pero la Iglesia Católica no es una empresa comercial ni un partido político, que deba adaptarse a lo que pide el consumidor. Jesucristo dijo que la puerta para la vida eterna es “una puerta angosta” y “que muchos son los llamados pero pocos los elegidos”. Ser católico de verdad es algo exigente. Exige sacrificio. Exige cruz. Pero la Iglesia Católica tiene la garantía de que es divina y que está asistida por el Espíritu Santo.

Como esperpento trágico-cómico, una vez más el desprestigiado teólogo Hans Küng, que siempre ha dicho que el Papa iba mal porque no iba por donde él dice que hay que ir, se ha puesto a dar instrucciones, con su habitual soberbia, esta vez a los cardenales electores.

La mejor respuesta es recordar el chiste que circuló hace tiempo en su país, en Alemania: “Una comisión de cardenales visitó a Küng diciéndole si aceptaría que le nombraban Papa. Küng se sintió por un momento muy halagado, pero después dijo: ‘¿Yo, Papa? ¡No, de ninguna manera, porque entonces yo ya no sería infalible!’”.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.



elsalvador.com WWW