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Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Se acerca el Cónclave de donde saldrá el nuevo Papa de
la Iglesia Católica. Comienzan a proliferar los que se arrogan
el papel de indicar a quién tienen que elegir los cardenales. Tampoco
faltan los improvisados maestros que ya señalan lo que el nuevo
Papa tiene que hacer y lo que tiene que cambiar. Y es que vivimos tiempos
donde, de religión y de moral, existen grandes mares de ignorancia
y, por lo tanto, sobre esos temas todo el mundo se atreve a pontificar.
Cuanto más masificada se tenga la inteligencia y la voluntad, con
mayor arrogancia se lanzan o se aceptan las opiniones de los ignorantes.
Véase, si no, el éxito millonario de El código
da Vinci, que sólo puede interesar a desconocedores de la
Historia Universal, de la Historia de la Iglesia y carentes además
del más elemental sentido común.
La Iglesia Católica no puede ni debe ser a gusto de todos. Y los
papas tampoco pueden hacer siempre lo que la opinión pública
reclame. Han recibido un legado divino (el depositum fidei)
y su deber es custodiarlo, explicarlo y desarrollarlo, pero no traicionarlo.
Siempre serán signo de contradicción. Así
fue desde el comienzo. A Jesús no lo hicieron rey de Israel ni
emperador de Roma, sino que fue escarnecido y crucificado. Con mejor
criterio político podía haberse conquistado al Sanedrín,
a Pilatos o a los dos, pero con la verdad, Dios no puede jugar.
Cuando las persecuciones de los emperadores romanos, se habrían
evitado las muertes de todos aquellos cristianos martirizados si se hubiera
transigido en una cosita sin importancia: ir a incensar la
estatua de los emperadores, a quienes los romanos adoraban como dioses.
No faltaron algunos ingeniosos que propusieron que para evitar ir a parar
a la boca de los leones en el Coliseo, si bien no se podía adorar
al emperador, bien se podía conseguir un papel firmado, donde se
garantizase que sí se había adorado. Fueron conocidos como
los libeláticos, los del papelito. Pero la autoridad
eclesiástica dijo que eso no valía. Con las cosas de Dios
no se puede jugar.
Cuando Enrique VIII de Inglaterra, que estaba casado legítimamente
por la Iglesia Católica, le pidió al Papa que anulara su
matrimonio con Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena,
el Papa no lo hizo porque no tenía poder para hacerlo; el vínculo
del matrimonio católico es un vínculo indisoluble. Si lo
hubiera hecho, habría sido una traición a su deber como
Papa.
Al no acceder a la petición de Enrique VIII, se perdió una
magnífica ocasión de actuar con una visión
política y un ánimo progresista muy semejante a lo
que ahora proponen muchos periodistas. El costo fue grande. Enrique VIII
se erigió en cabeza de la Iglesia de Inglaterra, se casó
con Ana Bolena y cortó la cabeza a todos los que no acataron su
proceder.
De ahí, del capricho erótico de un rey, nació la
Iglesia Anglicana y la Iglesia Católica perdió toda una
nación. La Iglesia Anglicana ha demostrado ahora ser muy
progresista ordenando a mujeres como sacerdotes. Una rama estadounidense
de ella es aún más progresista: tiene un jerarca homosexual.
¿Consecuencia? Un éxodo amplio, continuo y silencioso, de
clérigos y fieles que se van pasando a la Iglesia Católica.
Cuando Pablo VI se planteó si era moral usar los métodos
anticonceptivos artificiales, sufrió una de las mayores presiones
psicológicas por parte de eclesiásticos, doctores en medicina,
teólogos y opinión publica manipulada, para que diera su
aprobación a la píldora. Finalmente la encíclica
Humanae Vitae dejó en claro su prohibición.
Los medios, el llamado cuarto poder, se le vinieron
encima, acusándole de toda clase de desgracias por esa prohibición.
Pero después se vio que tenía razón. La píldora
ha hecho más destrozos en los matrimonios, en la familia y en la
sociedad que la bomba atómica. Además, dos de las más
destacadas feministas, que ha- bían trabajado entusiastamente para
difundir la píldora, confesarían, años
más tarde, que en realidad lo que habían hecho con ella
era abrir la caja de Pandora, es decir: soltar y difundir
todos los males.
Cuando Juan Pablo II estudió la posibilidad de la ordenación
sacerdotal de mujeres, al final emitió un breve y claro documento
donde no dice que no quiere, sino que no puede; que no tiene poder para
hacerlo.
Vivimos tiempos de libertad. A nadie se le obliga a ser católico.
Nadie sale perjudicado por no serlo. Incluso puede ser ventajoso no serlo,
para medrar y subir en muchas organizaciones. Desde el punto de vista
práctico, hay cristianismos más cómodos, al gusto
de cada quien.
Pero la Iglesia Católica no es una empresa comercial ni un partido
político, que deba adaptarse a lo que pide el consumidor. Jesucristo
dijo que la puerta para la vida eterna es una puerta angosta
y que muchos son los llamados pero pocos los elegidos. Ser
católico de verdad es algo exigente. Exige sacrificio. Exige cruz.
Pero la Iglesia Católica tiene la garantía de que es divina
y que está asistida por el Espíritu Santo.
Como esperpento trágico-cómico, una vez más el desprestigiado
teólogo Hans Küng, que siempre ha dicho que el Papa iba mal
porque no iba por donde él dice que hay que ir, se ha puesto a
dar instrucciones, con su habitual soberbia, esta vez a los cardenales
electores.
La mejor respuesta es recordar el chiste que circuló hace tiempo
en su país, en Alemania: Una comisión de cardenales
visitó a Küng diciéndole si aceptaría que le
nombraban Papa. Küng se sintió por un momento muy halagado,
pero después dijo: ¿Yo, Papa? ¡No, de ninguna
manera, porque entonces yo ya no sería infalible!.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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