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Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@cinco.com.sv
Supe de una fiesta en una colonia de clase media alta. Los invitados,
vestidos de forma casual, con ropa de marca y rodeados de guardaespaldas,
comenzaron a llegar en sus camionetas con vidrios polarizados color oscuro,
pasadas las 8:00 de la noche. Me cuenta un conocido, invitado a la fiesta,
que de las paredes de la casa colgaban reproducciones de pinturas de Guayasamín
y Diego Rivera, fotos del Che Guevara, Fidel Castro y Marcos, máscaras
originales traídas del África profunda; charangos y zampoñas,
y uno que otro zarape mexicano o pañuelo flamenco.
La música era la de siempre en esos ambientes: lamentos andinos
como el Cóndor Pasa, el Pájaro Chogüí, algo
de los envejecidos Quilapayún, Serrat, Pablo y Silvio y, por supuesto,
Casas de cartón, de los Guaraguao. Mientras los invitados hablaban
de lo mal que está el pueblo por el alto costo de la vida, producto
de las políticas neoliberales, patrocinadas por el
imperialismo yanqui, bebían Chivas o Cubas libres con mucho ron
y Coca Cola.
Para matar el golpe del trago largo, tomaban de la bandeja, que circulaba
una humilde muchacha de servicio, canapés consistentes en trocitos
de queso, coronados por nubes de papa y trocitos de carne ahogados en
salsa o tarta de salmón y langostinos.
En algunos círculos de los que se formaron entre la sala, la terraza
y el amplio jardín, se contaban sabrosas anécdotas de los
debates en la Asamblea Legislativa; en otras se recordaban pasadas de
la guerra, algunos debatían con pasión sobre las estrategias
y métodos de lucha correctos en el marco de esta nueva etapa
de flujo de masas, que vive el continente y en momentos en que las
contradicciones se agudizan en el sector dominante.
Había mesas, me cuenta el conocido, casi exclusivas para mujeres:
las infaltables radicales del género, con su sempiterno cigarro
entre los dedos llenos de anillos, trago casi puro, cabello quebrado y
revuelto, cero maquillaje, trapito de colores en la muñeca, morral
de cuero, blusa de manta con letras que dicen Masaya, falda estilo Menchú
y sandalias compradas en algún mercado de artesanías. Todo
un estereotipo de la rebelión contra esta sociedad marginadora.
Al mismo tiempo que me contaban de la tal fiesta en ocasión del
cumpleaños de un ex comandante, recordé a Villalta, un joven
combatiente que conocí en el Frente Oriental. Tenía la piel
morena y le faltaban dos o tres dientes de adelante. De pequeña
estatura y pelo liso. Las manos gruesas y los dedos callosos de tanto
agarrar la cuma con la que desde niño trabajaba la tierra.
Villalta nunca se había montado en un carro ni usado ropa de marca
ni perfume ni comido en un restaurante ni besado jamás, aunque
lo deseaba con vehemencia, los labios de una mujer. Su vida había
sido la guerra.
En 1982, cuando me pusieron a enseñarle a leer, Villalta tenía
unos 22 años. Me cosía a preguntas sobre la vida en la ciudad.
Me contaba que se metió a la revolución, porque el sacerdote
había dicho en la misa que había que construir el reino
de Dios en la tierra, y que ese reino era de igualdad y justicia, donde
no habría explotados ni explotadores.
Creía de todo corazón Villalta que en ese reino de igualdad,
nadie volvería, como él, a comer salteado ni a comer tortillas
de maicillo, sólo tortillas de maíz. Me decía
que la sangre derramada por los campesinos era la semilla de donde surgiría
una patria nueva, donde quienes mandaría serían los
descalzos sin pan. Él lo creía y por eso se murió.
Lo mataron a principios de 1983, en una emboscada en la carretera que
une Corinto y Sociedad, en Morazán. Como Villalta había
centenares. Eran a los que les decían los compas o
los compitas, entre más humildes parecían. Fueron
los que engrosaron las filas de las columnas guerrilleras, los que cuidaban
a los comandantes, los más fieles y los primeros en morirse en
el combate.
A los que se murieron casi nadie los recuerda. No se hacen misas ni se
gritan consignas por ellos. Ningún monumento ni calle alguna lleva
su nombre. Son nada más los compitas que murieron:
el pueblo. De los que sobrevivieron algunos tuvieron suerte, consiguieron
un trabajito o se hicieron policías. A los más diestros
se los llevaron para hacerlos guardaespaldas de los comandantes.
Nada malo hay en disfrutar de fiestas, comida y ron. Lo despreciable es
hacerlo en nombre de la lucha del pueblo. De modo que pensando en la pachanga
de los nuevos funcionarios del Partido, los miembros del Jet Set de las
ONG y la aristocracia sindical, pensé en preguntarle a un ex combatiente
como Villalta: ¿Te invitaron a la fiesta, compita?.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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