elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Comentando
¿Te invitaron a la fiesta, compita?

A los que se murieron casi nadie los recuerda. No se hacen misas ni se gritan consignas por ellos. Ningún monumento ni calle alguna lleva su nombre. Son nada más “los compitas que murieron”: el pueblo.

Publicada 14 de abril 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@cinco.com.sv

Supe de una fiesta en una colonia de clase media alta. Los invitados, vestidos de forma casual, con ropa de marca y rodeados de guardaespaldas, comenzaron a llegar en sus camionetas con vidrios polarizados color oscuro, pasadas las 8:00 de la noche. Me cuenta un conocido, invitado a la fiesta, que de las paredes de la casa colgaban reproducciones de pinturas de Guayasamín y Diego Rivera, fotos del Che Guevara, Fidel Castro y Marcos, máscaras originales traídas del África profunda; charangos y zampoñas, y uno que otro zarape mexicano o pañuelo flamenco.

La música era la de siempre en esos ambientes: lamentos andinos como el Cóndor Pasa, el Pájaro Chogüí, algo de los envejecidos Quilapayún, Serrat, Pablo y Silvio y, por supuesto, Casas de cartón, de los Guaraguao. Mientras los invitados hablaban de lo mal que está el pueblo por el alto costo de la vida, producto de “las políticas neoliberales”, patrocinadas por el imperialismo yanqui, bebían Chivas o Cubas libres con mucho ron y Coca Cola.

Para matar el golpe del trago largo, tomaban de la bandeja, que circulaba una humilde muchacha de servicio, canapés consistentes en trocitos de queso, coronados por nubes de papa y trocitos de carne ahogados en salsa o tarta de salmón y langostinos.

En algunos círculos de los que se formaron entre la sala, la terraza y el amplio jardín, se contaban sabrosas anécdotas de los debates en la Asamblea Legislativa; en otras se recordaban pasadas de la guerra, algunos debatían con pasión sobre las estrategias y métodos de lucha correctos “en el marco de esta nueva etapa de flujo de masas”, que vive el continente y en momentos en que “las contradicciones se agudizan en el sector dominante”.

Había mesas, me cuenta el conocido, casi exclusivas para mujeres: las infaltables radicales del género, con su sempiterno cigarro entre los dedos llenos de anillos, trago casi puro, cabello quebrado y revuelto, cero maquillaje, trapito de colores en la muñeca, morral de cuero, blusa de manta con letras que dicen Masaya, falda estilo Menchú y sandalias compradas en algún mercado de artesanías. Todo un estereotipo de la rebelión contra esta “sociedad marginadora”.

Al mismo tiempo que me contaban de la tal fiesta en ocasión del cumpleaños de un ex comandante, recordé a Villalta, un joven combatiente que conocí en el Frente Oriental. Tenía la piel morena y le faltaban dos o tres dientes de adelante. De pequeña estatura y pelo liso. Las manos gruesas y los dedos callosos de tanto agarrar la cuma con la que desde niño trabajaba la tierra.

Villalta nunca se había montado en un carro ni usado ropa de marca ni perfume ni comido en un restaurante ni besado jamás, aunque lo deseaba con vehemencia, los labios de una mujer. Su vida había sido la guerra.

En 1982, cuando me pusieron a enseñarle a leer, Villalta tenía unos 22 años. Me cosía a preguntas sobre la vida en la ciudad. Me contaba que se metió a la revolución, porque el sacerdote había dicho en la misa que había que construir el reino de Dios en la tierra, y que ese reino era de igualdad y justicia, donde no habría explotados ni explotadores.

Creía de todo corazón Villalta que en ese reino de igualdad, nadie volvería, como él, a comer salteado ni a comer tortillas de maicillo, “sólo tortillas de maíz”. Me decía que la sangre derramada por los campesinos era la semilla de donde surgiría una patria nueva, donde quienes mandaría serían “los descalzos sin pan”. Él lo creía y por eso se murió.

Lo mataron a principios de 1983, en una emboscada en la carretera que une Corinto y Sociedad, en Morazán. Como Villalta había centenares. Eran a los que les decían “los compas” o “los compitas”, entre más humildes parecían. Fueron los que engrosaron las filas de las columnas guerrilleras, los que cuidaban a los comandantes, los más fieles y los primeros en morirse en el combate.

A los que se murieron casi nadie los recuerda. No se hacen misas ni se gritan consignas por ellos. Ningún monumento ni calle alguna lleva su nombre. Son nada más “los compitas que murieron”: el pueblo. De los que sobrevivieron algunos tuvieron suerte, consiguieron un trabajito o se hicieron policías. A los más diestros se los llevaron para hacerlos guardaespaldas de los comandantes.

Nada malo hay en disfrutar de fiestas, comida y ron. Lo despreciable es hacerlo en nombre de la lucha del pueblo. De modo que pensando en la pachanga de los nuevos funcionarios del Partido, los miembros del Jet Set de las ONG y la aristocracia sindical, pensé en preguntarle a un ex combatiente como Villalta: “¿Te invitaron a la fiesta, compita?”.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

elsalvador.com WWW