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Arnoldo
Villafuerte
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cuando yo era niño, mis padres me inculcaron que la única
forma de progresar en la vida era el poder obtener una buena educación.
A la hora de la cena, siempre escuchaba que tenía que estudiar,
que la persona que hablaba y escribía dos idiomas valía
por dos, y que valía más enseñarle a un hombre a
pescar, que regalarle un pescado, un refrán muy popular en nuestro
medio. Me decían que alguien pudiese perder todo en lo material,
pero lo que guardaba en su mente su educación formal, sus
experiencias de la vida, su formación espiritual jamás
se podía perder. Nunca hay que terminar de aprender,
solía decirme mi madre, algo como que la educación en sí
era un camino, y no un destino final.
Crecí en la ciudad de Nueva York. Mi primer amigo se llamaba Alan
Klat, de padres judíos-rusos, que huyeron de la dictadura soviética,
que aplastaba cualquier tipo de libertad personal, como es una educación
liberal y el individualismo. Los sistemas políticos que coartan
el deseo de todo ser humano de ser libre, jamás perdurarán
en el tiempo. El colapso del sistema soviético, basado en los pensamientos
de Marx, Lenin y Engels impuesto con mano de hierro como fue la
del dictador Josef Stalin es un claro testimonio de eso.
Siendo hijo único, la madre de Alan me tomó algo como su
segundo hijo y me solía dar los mismos sermones de mis padres,
de que la educación era lo más importante de la vida. Ella
nos llevaba a ver conciertos de música clásica, visitábamos
museos y me regalaba los libros que dejaba Alan, ya que él era
tres años mayor que yo. Mi madre, a su vez, jamás me permitió
olvidar mis raíces latinas. Me hacía leer en español
y escribir planas, y cuidado con que hablásemos castellano
utilizando palabras en inglés.
A través de trabajo y esfuerzo personal, tuve la suerte de estudiar
en las mejores universidades norteamericanas, y es por eso que deseo felicitar
al Presidente Saca y a sus asesores por el ambicioso Plan Educativo 2021,
que concuerda con esa visión educativa que me legaron mis padres.
El Presidente Saca está muy claro en que sin una buena educación,
ningún país, ninguna familia y menos una persona podrá
progresar en la vida moderna. Si analizamos el marcado progreso en el
tiempo de países como Corea, Japón, Taiwán y Singapur
entre otros se nota una clara estrategia o mandato nacional
de educar a niños de todo nivel social. Creo que nosotros tenemos
que realizar algo similar, algo como una alianza estratégica entre
el sector privado y el sector público e implementar una visión
de país. Algo como se ve en el mundo de los negocios. Creo que
una de las pocas ventajas competitivas que tenemos como país es
justamente nuestro capital humano. No invertir en el mismo no tiene lógica.
Cuando contemplo los exasperantes problemas que afrontamos como sociedad,
pienso que la única real solución es educando a nuestro
pueblo. Qué triste ver una importante parte de nuestra juventud
embriagarse con el falso amor y la aceptación de una pandilla.
Dejaremos a los sociólogos del por qué de las maras. Por
ahora lo importante es invertir en las nuevas generaciones, que aún
están libres de ese mal social que crece sobre la juventud nacional
como un cáncer terminal.
Y aunque algunos quisiésemos mantener intactas nuestras costumbres
legadas de nuestros abuelos y bisabuelos esas costumbres sanas muy
nuestras, muy salvadoreñas, tenemos que comprender que estamos
en un mundo más y más globalizado, que demanda que los salvadoreños
tenemos que aprender tres nuevos idiomas: el inglés, el cómputo
y la ciencia. Saca y sus asesores están muy claros en ello. Le
están apostando a que en los siguientes 15 años, El Salvador
pueda hacer ese verdadero salto de calidad en su vida nacional.
Fusades ha mencionado el caso de Irlanda. Ese país, muy inteligentemente
invirtió en su gente y en 25 años goza de un crecimiento
económico importante e inversión extranjera en industrias
tan diversas como son los seguros y la alta tecnología. Gobiernos
no desarrollan países. Los desarrollan empresas y empresarios visionarios.
Ellos saben que lo bueno para sus pueblos es bueno para sus utilidades.
Creo que tenemos que ver nuestros esfuerzos nacionales de salir o
por lo menos mejorar en el nivel del subdesarrollo en varias etapas:
La primera es apoyar al Gobierno de Saca en sus esfuerzos por extender
la cobija a los más desenfranquiciados de nuestra sociedad:
aquellos, los más pobres, los que viven en el campo, en la penumbra
de la extrema pobreza rural. A esos, los tenemos que arrastrar hacia arriba,
sí, con subsidios, pero también con exigencias, como ejemplo:
un sensato control a la natalidad. Tenemos que quebrar el vicioso ciclo
de la pobreza e implementar un virtuoso ciclo de progreso. Qué
mejor forma que a través de una buena educación.
Lo siguiente tiene que ser algo como un ordenamiento nacional: los que
tenemos más nos toca pagar más impuestos. Los que nos gobiernan
tienen que asegurar probidad en los manejos de fondos públicos.
Y los políticos de un lado o del otro del espectro político,
tienen que usar sus destrezas de políticos para encontrar algo
como una concordia nacional, porque, si no, no llegaremos al anhelo de
salir de nuestro subdesarrollo.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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