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Breve análisis
Sobre el Plan Educativo 2021

Dejaremos a los sociólogos del por qué de las maras. Por ahora lo importante es invertir en las nuevas generaciones, que aún están libres de ese mal social que crece sobre la juventud nacional como un cáncer terminal

Publicada 14 de abril 2005, El Diario de Hoy

Arnoldo Villafuerte
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Cuando yo era niño, mis padres me inculcaron que la única forma de progresar en la vida era el poder obtener una buena educación. A la hora de la cena, siempre escuchaba que tenía que estudiar, que la persona que hablaba y escribía dos idiomas valía por dos, y que valía más enseñarle a un hombre a pescar, que regalarle un pescado, un refrán muy popular en nuestro medio. Me decían que alguien pudiese perder todo en lo material, pero lo que guardaba en su mente —su educación formal, sus experiencias de la vida, su formación espiritual— jamás se podía perder. “Nunca hay que terminar de aprender”, solía decirme mi madre, algo como que la educación en sí era un camino, y no un destino final.

Crecí en la ciudad de Nueva York. Mi primer amigo se llamaba Alan Klat, de padres judíos-rusos, que huyeron de la dictadura soviética, que aplastaba cualquier tipo de libertad personal, como es una educación liberal y el individualismo. Los sistemas políticos que coartan el deseo de todo ser humano de ser libre, jamás perdurarán en el tiempo. El colapso del sistema soviético, basado en los pensamientos de Marx, Lenin y Engels —impuesto con mano de hierro como fue la del dictador Josef Stalin— es un claro testimonio de eso.

Siendo hijo único, la madre de Alan me tomó algo como su segundo hijo y me solía dar los mismos sermones de mis padres, de que la educación era lo más importante de la vida. Ella nos llevaba a ver conciertos de música clásica, visitábamos museos y me regalaba los libros que dejaba Alan, ya que él era tres años mayor que yo. Mi madre, a su vez, jamás me permitió olvidar mis raíces latinas. Me hacía leer en español y escribir “planas”, y cuidado con que hablásemos castellano utilizando palabras en inglés.

A través de trabajo y esfuerzo personal, tuve la suerte de estudiar en las mejores universidades norteamericanas, y es por eso que deseo felicitar al Presidente Saca y a sus asesores por el ambicioso Plan Educativo 2021, que concuerda con esa visión educativa que me legaron mis padres.

El Presidente Saca está muy claro en que sin una buena educación, ningún país, ninguna familia y menos una persona podrá progresar en la vida moderna. Si analizamos el marcado progreso en el tiempo de países como Corea, Japón, Taiwán y Singapur —entre otros— se nota una clara estrategia o mandato nacional de educar a niños de todo nivel social. Creo que nosotros tenemos que realizar algo similar, algo como una alianza estratégica entre el sector privado y el sector público e implementar una visión de país. Algo como se ve en el mundo de los negocios. Creo que una de las pocas ventajas competitivas que tenemos como país es justamente nuestro capital humano. No invertir en el mismo no tiene lógica.

Cuando contemplo los exasperantes problemas que afrontamos como sociedad, pienso que la única real solución es educando a nuestro pueblo. Qué triste ver una importante parte de nuestra juventud embriagarse con el falso amor y la aceptación de una pandilla. Dejaremos a los sociólogos del por qué de las maras. Por ahora lo importante es invertir en las nuevas generaciones, que aún están libres de ese mal social que crece sobre la juventud nacional como un cáncer terminal.

Y aunque algunos quisiésemos mantener intactas nuestras costumbres legadas de nuestros abuelos y bisabuelos —esas costumbres sanas muy nuestras, muy salvadoreñas—, tenemos que comprender que estamos en un mundo más y más globalizado, que demanda que los salvadoreños tenemos que aprender tres nuevos idiomas: el inglés, el cómputo y la ciencia. Saca y sus asesores están muy claros en ello. Le están apostando a que en los siguientes 15 años, El Salvador pueda hacer ese verdadero “salto de calidad” en su vida nacional.

Fusades ha mencionado el caso de Irlanda. Ese país, muy inteligentemente invirtió en su gente y en 25 años goza de un crecimiento económico importante e inversión extranjera en industrias tan diversas como son los seguros y la alta tecnología. Gobiernos no desarrollan países. Los desarrollan empresas y empresarios visionarios. Ellos saben que lo bueno para sus pueblos es bueno para sus utilidades.

Creo que tenemos que ver nuestros esfuerzos nacionales de salir —o por lo menos mejorar en el nivel del subdesarrollo— en varias etapas: La primera es apoyar al Gobierno de Saca en sus esfuerzos por extender la cobija a los más “desenfranquiciados” de nuestra sociedad: aquellos, los más pobres, los que viven en el campo, en la penumbra de la extrema pobreza rural. A esos, los tenemos que arrastrar hacia arriba, sí, con subsidios, pero también con exigencias, como ejemplo: un sensato control a la natalidad. Tenemos que quebrar el vicioso ciclo de la pobreza e implementar un virtuoso ciclo de progreso. Qué mejor forma que a través de una buena educación.

Lo siguiente tiene que ser algo como un ordenamiento nacional: los que tenemos más nos toca pagar más impuestos. Los que nos gobiernan tienen que asegurar probidad en los manejos de fondos públicos. Y los políticos de un lado o del otro del espectro político, tienen que usar sus destrezas de políticos para encontrar algo como una concordia nacional, porque, si no, no llegaremos al anhelo de salir de nuestro subdesarrollo.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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