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Tomando la palabra
El Estado ausente

El desorden social es el producto de un Estado que se ve a sí mismo como garante de libertades económicas, pero no como garante de la justicia y los derechos de todos los ciudadanos.

Publicada 14 de abril 2005, El Diario de Hoy

José Miguel Cruz
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El saldo de muertos por accidentes de tránsito y por violencia intencional que dejaron las pasadas vacaciones de Semana Santa en nuestro país no sólo evidencia que seguimos siendo uno de los países más violentos de la región, sino que además sugiere que, detrás de esa orgía de brutalidad en la que se convierten nuestras festividades, existen otros factores que determinan la falta de control que acaba expresándose en la violencia intencional tanto como en la no intencional.

Ya no es ningún secreto que nuestro país ha estado compitiendo en los últimos años por los primeros lugares en los niveles de violencia homicida y, aunque dichos niveles habían estado en disminución hasta 2003, la reducción de las tasas en otros países y el repunte de nuestras tasas han hecho que nos mantengamos en esa perversa competencia. Lo que es sorprendente —y muy revelador a la vez— es el hecho de que nuestro país no sólo tiene una de las tasas de homicidios más altas de la región, sino que además ocupa una de las primeras posiciones en la tabla de muertos por accidentes de tránsito. Esto significa que en El Salvador mucha gente muere por violencia intencional y también por accidentes de tránsito.

¿Por qué hay tanta violencia en diversos ámbitos en este país?

Indudablemente esas tendencias apuntan a señalar un fuerte componente cultural en las raíces del comportamiento salvadoreño. Este comportamiento no es, sino el producto de la manera en que históricamente se han configurado las relaciones sociales en el país y de la poca capacidad que ha tenido el Estado salvadoreño para determinar códigos de conducta a favor de la convivencia y de la paz.

No quiero hablar de cultura de violencia, al menos no hoy. Pero es indudable de que detrás de esos comportamientos sociales, que nos han puesto a la cabeza de los índices regionales de mortalidad por causas externas, se encuentra la historia de un país en el que los gobiernos se han negado sistemáticamente a cumplir con su papel de mediadores y de garantes del bienestar y el orden social. Una historia en donde los ciudadanos comunes y corrientes aprendieron a usar la violencia para resolver los conflictos por su cuenta, porque a las autoridades no les interesaba hacerlo, y en donde los ciudadanos aprendieron a ignorar las leyes, las convenciones y los reglamentos para convivir en paz, porque las mismas estaban diseñadas para beneficiar sólo a unos pocos o porque, por lo general, no había quién las hiciera cumplir.

La historia de nuestro país es la reseña de una larga tradición de regímenes autoritarios, cuyos intereses fundamentales eran que los terratenientes de turno no se sintieran amenazados por el resto de la población. La benemérita y otros cuerpos de seguridad se encargaban eficientemente de garantizar eso, pero no mostraban el mismo ahínco cuando se trataba de resolver los problemas ocasionados por los conflictos entre los ciudadanos y menos cuando violaban leyes que no afectaban la seguridad y la posibilidad de obtener ganancias para los poderosos. Cuando, por diversas razones, se veían obligados a intervenir, lo hacían ignorando cualquier marco de derechos y libertades.

Estos regímenes transitaron a un intento de democracia electoral en medio de un fuerte proceso de reformas económicas que empujaron al Estado a desatenderse aún más de sus responsabilidades frente a la población. Ciertamente, hoy ya no hay Guardia que proteja a los finqueros por medio de la represión, pero difícilmente hay instituciones que hagan valer los derechos de la población, que protejan su integridad física, que medien en sus conflictos y que hagan respetar las leyes ya reformadas. Los sucesivos gobiernos areneros estuvieron más interesados en hacer cumplir las recetas del Consenso de Washington y en crear las condiciones para que algunos de sus correligionarios obtengan las mayores utilidades en sus negocios, que en crear un Estado en donde todos tengan acceso a sus derechos y a la justicia.

Los accidentes de tránsito tanto como los homicidios son, en parte, el producto de una institucionalidad incapaz de hacer cumplir las leyes cuando éstas no afectan a los más poderosos. Si no, hay que recordar la facilidad con que cualquiera viola la ley impunemente en este país y las veces que se le perdona. Ejemplo: las multas de tránsito. El desorden social es el producto de un Estado que se ve a sí mismo como garante de libertades económicas, pero no como garante de la justicia y los derechos de todos los ciudadanos. En su concepción, los gobiernos han dejado a los ciudadanos la libertad para hacer lo que les dé la gana: comprar armas para defenderse por su cuenta, violar cuanta regla de tránsito y de convivencia existe y dejar que los más poderosos hipotequen el futuro del país en favor de su propia ganancia particular.

*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

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