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Hans
Küng
El Diario de Hoy
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Reverendos cardenales, incluso aquellos de vosotros que procedéis
de países con mayoría católica, entenderéis
que desde el Concilio Vaticano II ni siquiera la Iglesia Católica
Romana puede considerarse por encima de las demás, la Iglesia
que proporciona la salvación, la única Iglesia verdadera
de Jesús. Y ciertamente, seguro que conocéis católicos
que ya no pueden aceptar que las Iglesias deban apartarse unas de otras
por ciertas diferencias doctrinales y que los cristianos deban discriminarse
entre sí, hasta llegar al plano de la familia, por pertenecer a
confesiones diferentes.
Para muchos cristianos no hay ahora lugar para:
- una arrogancia confesional sobre el ministerio que considere inválidas
las acciones ministeriales de los sacerdotes protestantes o anglicanos
(hombres y mujeres, y sobre todo en la Eucaristía); que considere
una trasgresión el matrimonio que una a dos religiones; que considere
una ofensa religiosa la participación activa en una Eucaristía
protestante; y que quiera prohibir estrictamente las celebraciones ecuménicas
dominicales;
- un rechazo confesional de la confraternidad que ya no entiende ni acepta
la gran mayoría de los cristianos, tanto católicos como
protestantes, y que de hecho les parece una ofensa contra el espíritu
de Jesús. Porque se sabe que Jesús invitó a todos
a su mesa, incluidos aquellos que habían sido excluidos de la sociedad
devota.
Durante su largo pontificado, Juan Pablo II realizó continuos gestos
de buena voluntad y demostró que es posible aprobar una Declaración
conjunta sobre la Doctrina de la Justificación entre católicos
y luteranos. Pero a muchos les decepcionó que las palabras y los
gestos ecuménicos no fueran seguidos de verdaderas acciones ecuménicas.
Por el contrario, debido a la continua afirmación de poder por
parte de Roma, las relaciones con el Consejo Mundial de Iglesias dieron
poco fruto, y las relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa se vieron afectadas
por los esfuerzos de misión de los católicos romanos.
De ahí mi cuarta gran solicitud, hecha también en nombre
de muchos amigos de otras iglesias cristianas, elegid un Papa:
- que asuma como propios los resultados de las comisiones de diálogo
ecuménico y que los ponga enérgicamente en práctica;
- que por fin reconozca los ministerios protestante y anglicano, como
desde hace tiempo recomiendan las comisiones ecuménicas y como
ya se practica en muchos lugares;
- que revoque los repudios que datan de la Reforma y la excomunión
de Martín Lutero;
- que acepte y fomente la hospitalidad eucarística y las diversas
formas de colaboración pragmática que desde hace tiempo
se practican con discreción en muchos grupos y comunidades.
En una palabra, queridos hermanos, elegid para Papa a un mediador ecuménico.
Porque el Evangelio de Juan dice de todos los creyentes, ruego para
que todos sean uno (Juan 17 21).
Un garante de la libertad y de la apertura en la Iglesia
Como mínimo desde el Concilio Vaticano II, ha pasado la época
en la que podíamos considerar a nuestra fe cristiana la única
religión legítima en la tierra, y de hecho podíamos
difamar la fe de otros y considerarla producto de la ignorancia, la autojustificación
y el pecado. Dos cosas son incompatibles con el espíritu de Jesús
de Nazareth, que mostró simpatía, incluso amor, hacia muchos
no judíos:
- el colonialismo europeo, que en nombre de Cristo destruyó completa
y deliberadamente otras religiones y culturas, sobre todo en Latinoamérica
y África;
- el imperialismo romano, que intentó controlar las Iglesias cristianas
establecidas desde hacía tiempo (apostólicas) y las jóvenes,
forzándolas a acatar una ley eclesiástica que, en muchos
aspectos, era cuestionable y estaba estrechamente regulada por la liturgia,
en lugar de apoyar a la Iglesia a la hora de mantenerse, administrarse
y expandirse.
En muchos de sus viajes, Juan Pablo II mantuvo encuentros periódicos
con los representantes de otras religiones. Las oraciones por la paz de
Asís, que inició en 1986 y 2002, fueron importantes señales
de esto. No obstante, permitió una declaración doctrinal
que aprobaba la afirmación de que los no cristianos viven objetivamente
en una situación muy defectuosa.
Esto ofendió a muchos no cristianos y perjudicó en gran
medida a la credibilidad del Papa. Como consecuencia de ello, aparte de
sus declaraciones sobre el judaísmo y el Holocausto, no avanzó
en el diálogo crítico y autocrítico con las religiones
del mundo de una manera digna de mención.
Por ello, la quinta gran petición que os hago para alcanzar un
mundo mejor y más pacífico es elegid un Papa:
- que a pesar de todas sus reivindicaciones de verdad no reivindique el
monopolio de la verdad;
- que no sólo desee instruir a las demás religiones, sino
también aprender de ellas, de sus tradiciones estéticas,
espirituales, litúrgicas, éticas, teológicas y filosóficas,
sin confusiones sincréticas de ningún tipo;
- que conceda a las iglesias nacionales, regionales y locales una autoridad
adecuada, de forma que puedan adaptar su estilo de vida y organización
bajo su propia responsabilidad;
- que se tome en serio incluso las cuestiones más incómodas
(como las relacionadas con la explosión demográfica, el
control de la natalidad y la infalibilidad de la Iglesia) y que las responda;
- que de esta manera no represente la primacía absolutista del
derecho romano sino una pastoral de servicio (según el modelo de
Juan XXIII), renovada a la luz del Evangelio y comprometida con la verdad.
En una palabra, queridos hermanos, elegid a un garante de la libertad
y de la apertura en la Iglesia. Porque, donde está el espíritu
del Señor, allí está la libertad (II Corintios,
3 17).
Conclusión
En contraste con la época de Juan XXIII y el Concilio Vaticano
II, en grandes partes de la Iglesia actual prevalecen el pesimismo y el
derrotismo. Eso me llena de profunda preocupación, dado que toda
mi vida como teólogo he trabajado para que los fieles puedan mantener
la esperanza en nuestra Iglesia a pesar de las grandes desilusiones.
Ahora, por supuesto, depende de vosotros el fortalecer las esperanzas
de los fieles y sacar a la Iglesia de la crisis de esperanza, eligiendo
a un nuevo Papa. Hay muchísimas personas, dentro y fuera de la
Iglesia Católica, que esperan que se supere la paralización
de las reformas, que se discutan abiertamente los problemas estructurales
que se sufren desde hace mucho tiempo, y que bien el nuevo Papa
en persona, el Sínodo Episcopal o finalmente un Concilio Vaticano
III encuentren una solución.

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