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Carta a los cardenales (y II)

Uno de los principales teólogos católicos es suizo y lleva años de disputas con las autoridades. Por ello, el Vaticano le retiró la potestad de enseñar en 1979. A sus 75 años, sigue siendo sacerdote, y hasta 1995 enseñó Teología en la Universidad de Tubinga

Publicada 14 de abril 2005, El Diario de Hoy

Hans Küng
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Reverendos cardenales, incluso aquellos de vosotros que procedéis de países con mayoría católica, entenderéis que desde el Concilio Vaticano II ni siquiera la Iglesia Católica Romana puede considerarse por encima de las demás, “la Iglesia que proporciona la salvación”, la única Iglesia verdadera de Jesús. Y ciertamente, seguro que conocéis católicos que ya no pueden aceptar que las Iglesias deban apartarse unas de otras por ciertas diferencias doctrinales y que los cristianos deban discriminarse entre sí, hasta llegar al plano de la familia, por pertenecer a confesiones diferentes.

Para muchos cristianos no hay ahora lugar para:

- una arrogancia confesional sobre el ministerio que considere inválidas las acciones ministeriales de los sacerdotes protestantes o anglicanos (hombres y mujeres, y sobre todo en la Eucaristía); que considere una trasgresión el matrimonio que una a dos religiones; que considere una ofensa religiosa la participación activa en una Eucaristía protestante; y que quiera prohibir estrictamente las celebraciones ecuménicas dominicales;

- un rechazo confesional de la confraternidad que ya no entiende ni acepta la gran mayoría de los cristianos, tanto católicos como protestantes, y que de hecho les parece una ofensa contra el espíritu de Jesús. Porque se sabe que Jesús invitó a todos a su mesa, incluidos aquellos que habían sido excluidos de la sociedad devota.

Durante su largo pontificado, Juan Pablo II realizó continuos gestos de buena voluntad y demostró que es posible aprobar una Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación entre católicos y luteranos. Pero a muchos les decepcionó que las palabras y los gestos ecuménicos no fueran seguidos de verdaderas acciones ecuménicas. Por el contrario, debido a la continua afirmación de poder por parte de Roma, las relaciones con el Consejo Mundial de Iglesias dieron poco fruto, y las relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa se vieron afectadas por los esfuerzos de misión de los católicos romanos.

De ahí mi cuarta gran solicitud, hecha también en nombre de muchos amigos de otras iglesias cristianas, elegid un Papa:

- que asuma como propios los resultados de las comisiones de diálogo ecuménico y que los ponga enérgicamente en práctica;

- que por fin reconozca los ministerios protestante y anglicano, como desde hace tiempo recomiendan las comisiones ecuménicas y como ya se practica en muchos lugares;

- que revoque los repudios que datan de la Reforma y la excomunión de Martín Lutero;

- que acepte y fomente la hospitalidad eucarística y las diversas formas de colaboración pragmática que desde hace tiempo se practican con discreción en muchos grupos y comunidades.

En una palabra, queridos hermanos, elegid para Papa a un mediador ecuménico. Porque el Evangelio de Juan dice de todos los creyentes, “ruego para que todos sean uno” (Juan 17 21).

Un garante de la libertad y de la apertura en la Iglesia

Como mínimo desde el Concilio Vaticano II, ha pasado la época en la que podíamos considerar a nuestra fe cristiana la única religión legítima en la tierra, y de hecho podíamos difamar la fe de otros y considerarla producto de la ignorancia, la autojustificación y el pecado. Dos cosas son incompatibles con el espíritu de Jesús de Nazareth, que mostró simpatía, incluso amor, hacia muchos no judíos:

- el colonialismo europeo, que en nombre de Cristo destruyó completa y deliberadamente otras religiones y culturas, sobre todo en Latinoamérica y África;

- el imperialismo romano, que intentó controlar las Iglesias cristianas establecidas desde hacía tiempo (apostólicas) y las jóvenes, forzándolas a acatar una ley eclesiástica que, en muchos aspectos, era cuestionable y estaba estrechamente regulada por la liturgia, en lugar de apoyar a la Iglesia a la hora de mantenerse, administrarse y expandirse.

En muchos de sus viajes, Juan Pablo II mantuvo encuentros periódicos con los representantes de otras religiones. Las oraciones por la paz de Asís, que inició en 1986 y 2002, fueron importantes señales de esto. No obstante, permitió una declaración doctrinal que aprobaba la afirmación de que los no cristianos viven “objetivamente en una situación muy defectuosa”.

Esto ofendió a muchos no cristianos y perjudicó en gran medida a la credibilidad del Papa. Como consecuencia de ello, aparte de sus declaraciones sobre el judaísmo y el Holocausto, no avanzó en el diálogo crítico y autocrítico con las religiones del mundo de una manera digna de mención.

Por ello, la quinta gran petición que os hago para alcanzar un mundo mejor y más pacífico es elegid un Papa:

- que a pesar de todas sus reivindicaciones de verdad no reivindique el monopolio de la verdad;

- que no sólo desee instruir a las demás religiones, sino también aprender de ellas, de sus tradiciones estéticas, espirituales, litúrgicas, éticas, teológicas y filosóficas, sin confusiones sincréticas de ningún tipo;

- que conceda a las iglesias nacionales, regionales y locales una autoridad adecuada, de forma que puedan adaptar su estilo de vida y organización bajo su propia responsabilidad;
- que se tome en serio incluso las “cuestiones” más incómodas (como las relacionadas con la explosión demográfica, el control de la natalidad y la infalibilidad de la Iglesia) y que las responda;

- que de esta manera no represente la primacía absolutista del derecho romano sino una pastoral de servicio (según el modelo de Juan XXIII), renovada a la luz del Evangelio y comprometida con la verdad.

En una palabra, queridos hermanos, elegid a un garante de la libertad y de la apertura en la Iglesia. Porque, “donde está el espíritu del Señor, allí está la libertad” (II Corintios, 3 17).

Conclusión

En contraste con la época de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, en grandes partes de la Iglesia actual prevalecen el pesimismo y el derrotismo. Eso me llena de profunda preocupación, dado que toda mi vida como teólogo he trabajado para que los fieles puedan mantener la esperanza en nuestra Iglesia a pesar de las grandes desilusiones.

Ahora, por supuesto, depende de vosotros el fortalecer las esperanzas de los fieles y sacar a la Iglesia de la crisis de esperanza, eligiendo a un nuevo Papa. Hay muchísimas personas, dentro y fuera de la Iglesia Católica, que esperan que se supere la paralización de las reformas, que se discutan abiertamente los problemas estructurales que se sufren desde hace mucho tiempo, y que –bien el nuevo Papa en persona, el Sínodo Episcopal o finalmente un Concilio Vaticano III– encuentren una solución.

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