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La nota del día
Conferencia en Berlín contra “las pintas”

En nuestro país las pintas han sido parte de la estrategia comunista para fomentar el descontento, ensuciar el ambiente y amenazar, táctica también adoptada por las maras

Publicada 14 de abril 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

La Conferencia Internacional contra el Graffiti (pintadas en paredes y superficies de toda índole) se llevó a cabo la semana pasada en Berlín, Alemania, como un primer paso para penalizar la práctica. Y hay razón en preocuparse: cada año sólo la ciudad de Berlín gasta casi setenta millones de dólares en borrar las pintadas y reparar paredes; el costo para Alemania es más de ochocientos millones de dólares por año.

En su momento, los graffiti, pintadas y escenas que adornaban el Muro de Berlín, fueron considerados como mensajes a la comunidad internacional, sobre el horror que sufrían los pobladores al otro lado de la muralla. Pero al derrumbarse el Muro (quedan unos trescientos metros en su condición original) los graffiti se convirtieron en una plaga pública, pues de estar limitados a una sola pared, pasaron a convertirse en un cáncer de las superficies: paredes, árboles, estaciones de metro, ventanas, nada está exento de ser ensuciado.

En la conferencia se habló de las medidas tomadas en los países escandinavos para acabar con el problema: lo primero, que tan pronto aparece una pintada, las autoridades la borran o limpian; lo segundo, que hay una pena de dos años de cárcel y multas, aplicables a aquellos que sean sorprendidos pintando graffiti. El expediente puede parecer draconiano, pero sólo así se consiguió eliminar las pintas en Escandinavia.

Bajo las dictaduras, los graffiti son algunas de las pocas maneras de expresar oposición o descontento; se dice que en las paredes que circundan la plaza Tiannamen en Pekín, donde los comunistas perpetraron una espantosa carnicería de opositores políticos, la gente podía escribir sin miedo a ser castigada. Las paredes eran una especie de válvula de escape a la tremenda frustración popular en China roja.

Pero en las democracias las pintas y los graffiti no tienen ningún sentido libertario, o de expresión, pues las opciones para decir lo que se quiera son abundantísimas. Y esto sucede también en países del tercer mundo, entre ellos El Salvador: hay radios, periódicos, televisiones, revistas, foros, púlpitos, el problema es el tiempo para leerlo todo, informarse de todo. Entre nosotros se pasa de órganos noticiosos liberales, a favor del Orden de Derecho, hasta emisoras y publicaciones que abiertamente promueven sistemas totalitarios, como algunas estaciones de televisión y la radio de ciertos curas. En tales circunstancias, los graffiti no son más que un emporcamiento de propiedad ajena, una forma de fomentar el relajo, la confusión.

Vandalismo y fanáticos marchando

En nuestro país las pintas han sido parte de la estrategia comunista para fomentar el descontento, ensuciar el ambiente y amenazar, táctica también adoptada por las maras. Con las burdas pintas los mareros señalan sus territorios y someten vecindarios; las pintas fueron uno de los instrumentos para destruir el orden y encanto del viejo San Salvador, una manera de hundir el país en la confusión, caos y miedo.

Las pintas continúan en nuestras ciudades pero menos que antes; a nadie escapa quiénes pagan la pintura y sostienen esas brigadas de emporcadores, pues lo dicen las leyendas: “fuera de Iraq”, “la salud no es mercancía”, “viva Cuba”, “nací con el colón y moriré con el colón”. En las marchas “blancas” a la cabeza iban los efemelenistas, a la cola los letreros del odio.


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