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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La Conferencia Internacional contra el Graffiti (pintadas en paredes
y superficies de toda índole) se llevó a cabo la semana
pasada en Berlín, Alemania, como un primer paso para penalizar
la práctica. Y hay razón en preocuparse: cada año
sólo la ciudad de Berlín gasta casi setenta millones de
dólares en borrar las pintadas y reparar paredes; el costo para
Alemania es más de ochocientos millones de dólares por año.
En su momento, los graffiti, pintadas y escenas que adornaban el Muro
de Berlín, fueron considerados como mensajes a la comunidad internacional,
sobre el horror que sufrían los pobladores al otro lado de la muralla.
Pero al derrumbarse el Muro (quedan unos trescientos metros en su condición
original) los graffiti se convirtieron en una plaga pública, pues
de estar limitados a una sola pared, pasaron a convertirse en un cáncer
de las superficies: paredes, árboles, estaciones de metro, ventanas,
nada está exento de ser ensuciado.
En la conferencia se habló de las medidas tomadas en los países
escandinavos para acabar con el problema: lo primero, que tan pronto aparece
una pintada, las autoridades la borran o limpian; lo segundo, que hay
una pena de dos años de cárcel y multas, aplicables a aquellos
que sean sorprendidos pintando graffiti. El expediente puede parecer draconiano,
pero sólo así se consiguió eliminar las pintas en
Escandinavia.
Bajo las dictaduras, los graffiti son algunas de las pocas maneras de
expresar oposición o descontento; se dice que en las paredes que
circundan la plaza Tiannamen en Pekín, donde los comunistas perpetraron
una espantosa carnicería de opositores políticos, la gente
podía escribir sin miedo a ser castigada. Las paredes eran una
especie de válvula de escape a la tremenda frustración popular
en China roja.
Pero en las democracias las pintas y los graffiti no tienen ningún
sentido libertario, o de expresión, pues las opciones para decir
lo que se quiera son abundantísimas. Y esto sucede también
en países del tercer mundo, entre ellos El Salvador: hay radios,
periódicos, televisiones, revistas, foros, púlpitos, el
problema es el tiempo para leerlo todo, informarse de todo. Entre nosotros
se pasa de órganos noticiosos liberales, a favor del Orden de Derecho,
hasta emisoras y publicaciones que abiertamente promueven sistemas totalitarios,
como algunas estaciones de televisión y la radio de ciertos curas.
En tales circunstancias, los graffiti no son más que un emporcamiento
de propiedad ajena, una forma de fomentar el relajo, la confusión.
Vandalismo y fanáticos marchando
En nuestro país las pintas han sido parte de la estrategia comunista
para fomentar el descontento, ensuciar el ambiente y amenazar, táctica
también adoptada por las maras. Con las burdas pintas los mareros
señalan sus territorios y someten vecindarios; las pintas fueron
uno de los instrumentos para destruir el orden y encanto del viejo San
Salvador, una manera de hundir el país en la confusión,
caos y miedo.
Las pintas continúan en nuestras ciudades pero menos que antes;
a nadie escapa quiénes pagan la pintura y sostienen esas brigadas
de emporcadores, pues lo dicen las leyendas: fuera de Iraq,
la salud no es mercancía, viva Cuba, nací
con el colón y moriré con el colón. En las
marchas blancas a la cabeza iban los efemelenistas, a la cola
los letreros del odio.

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