elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema del momento
Bush y las izquierdas latinoamericanas

Nada fortalece más a Fidel Castro y a Chávez que la confrontación con las derechas, y nada los incomoda más que enfrentarse a quienes los cuestionan desde la misma izquierda

Publicada 13 de abril 2005, El Diario de Hoy



Joaquín Villalobos*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. Cuando George Bush fue reelegido la preocupación mundial era la prolongación de la guerra de Iraq, en una región donde hay varios países con armas atómicas.

El problema de Latinoamérica era estar fuera de las prioridades estadounidenses, sin embargo, Peter Goss, director de la CIA, declaró recientemente que el ciclo electoral de 2006 ha creado “focos potenciales de inestabilidad”, peligro de infiltración terrorista y “amenazas” para la seguridad de EE.UU. Se menciona a México, Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú, Haití, Colombia y a personajes como Daniel Ortega, Hugo Chávez, Evo Morales y, por supuesto, Fidel Castro. En una cadena de televisión norteamericana se habló abiertamente de la posibilidad de medidas militares sobre Venezuela y hasta de atentados contra Hugo Chávez.

Resulta sorprendente que los procesos electorales pacíficos de Latinoamérica sean considerados desestabilizadores y peligrosos, mientras el de Iraq, que se realizó con el país ocupado, dividido y en guerra, es considerado una victoria democrática. Los resultados electorales de Latinoamérica, cualesquiera que sean, son parte lógica, inevitable y necesaria del aprendizaje cívico de los latinoamericanos y están muy lejos de ser “amenaza”. Es el mismo juego de acierto y error con el que la población más conservadora de Estados Unidos reeligió a George Bush. Esa población fundamentalista cristiana que, al mismo tiempo que rechaza el aborto diciendo si a la vida, es fanática de las armas, apoya la guerra y respalda la pena de muerte. Para muchos esa decisión soberana de los estadounidenses ha sido efectivamente desestabilizadora.

Después de prolongadas relaciones conflictivas con la izquierda latinoamericana, EE.UU. debería asumir sus culpas históricas, madurar y ser tolerante. No es casual que triunfaran revoluciones en Cuba y Nicaragua, países a los cuales EE.UU. más amenazó su independencia. Con “hijos de puta”, como los llamó uno de sus presidentes, gobernando por décadas es imposible que Nicaragua y Haití superen el caudillismo de la noche a la mañana; que después de siglos de exclusión indígena no exista un Evo Morales en Bolivia; que con toda la droga que ellos consumen no haya guerrillas y paramilitares en Colombia y que frente a una pobreza terrible no haya quienes pierdan la paciencia. La estabilidad y progreso social de Costa Rica y Chile se asientan en su prolongada vida democrática.

Pinochet no salvó la democracia chilena, la interrumpió, y esto paradójicamente sirvió para debilitar electoralmente a la propia derecha. La democracia en Latinoamérica no puede ir más rápido y, aun con sus defectos, es la transición democrática más ordenada y prometedora de todo el tercer mundo.

Chávez, además de un fenómeno neomilitarista y populista nacido en el seno de un ejército seguidor de la doctrina de defensa norteamericana, es también una venganza estructural producida y fortalecida por los errores de sus adversarios. Éstos, primero lo apoyaron, luego quisieron derrocarlo mediante un golpe que le sirvió a Chávez para controlar el Ejército, después le montaron una huelga que lo dejó dueño del petróleo y, con todo ese poder, les ganó en un referendo al que acudieron tarde. Sin el apoyo y tolerancia que EE.UU. tuvo hacia el corrupto Arnoldo Alemán, Daniel Ortega no estaría ahora gobernando a Nicaragua desde abajo. La pelea con estas izquierdas conservadoras no es a balazos ni excluyéndolas, la batalla es política, democrática y pacifica. Es cierto que en Cuba no hay libertades, que en Venezuela se están reduciendo y que en Nicaragua Ortega manipula las instituciones, pero en democracia la ventaja moral termina desmoronando al bando contrario.

La creencia de que Reagan derrotó al comunismo no tiene fundamento. Lo que volvió insostenible el modelo autoritario soviético fue el largo y paciente proceso de tolerancia y competencia pacífica que encabezó la izquierda socialdemócrata europea. En Alemania el Muro lo construyeron los comunistas, en América el bloqueo a Cuba lo inventó EE.UU. El bloqueo invita al encierro ideológico, al dogmatismo, victimiza, permite echarle la culpa a otros de los errores propios, hace sufrir al pueblo de Cuba y mantiene en el poder a Fidel Castro. EE.UU. ha hecho bastante más terrorismo contra las izquierdas latinoamericanas que éstas contra EE.UU., la consigna “muerte al imperialismo yanki” ha sido sólo retórica. Algunos derechistas piensan que las izquierdas estorban, al igual que Bin Laden piensa que el mundo debería ser un califato universal. La humanidad progresa por la diferencia y la mantiene en paz la tolerancia.

En el proceso de construcción de una cultura democrática, los dominados y excluidos están pasando de la resistencia a la responsabilidad y ese proceso no puede ser armónico. Es necesario ganarle terreno a la izquierda conservadora, pero nada fortalece más a Fidel Castro y a Chávez que la confrontación con las derechas, y nada los incomoda más que enfrentarse a quienes los cuestionan desde la misma izquierda. Las críticas de la intelectualidad y los escritores o las condenas de Amnistía Internacional son más poderosas que los anticastristas de Miami, éstos en realidad colaboran con Castro. Nadie ha puesto en más aprietos a Daniel Ortega que Herty Levites, el ex alcalde del FSLN de Managua.

América Latina está virando a la izquierda y la estabilidad acelera ese viraje porque la paz favorece el debate intelectual y en ese terreno las derechas son superficiales, se asocian más con la utilidad en el corto plazo, la autoridad y el interés de grupos de poder.

La izquierda, cuando es madura y eficiente, es tolerante y puede poner a las fuerzas del mercado en función del interés colectivo. En Chile, Argentina, Colombia, Panamá, Uruguay, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, El Salvador, Guatemala, Ecuador, Cuba, República Dominicana y todo el continente, las izquierdas, o están en el gobierno, o son la mitad del poder, o están luchando contra su propia ortodoxia e inmadurez, pero en ningún lugar son débiles.

En Brasil el poder se decide entre partidos de izquierda; en México la izquierda, además del PRD, es parte importante del PRI; en Argentina, además del radicalismo, son parte del peronismo. En Uruguay, Colombia y Costa Rica están obligando a recomponer antiguos sistema de partidos. A futuro el conservadurismo americano tendrá pocos y débiles seguidores en el continente. La retirada del ex presidente salvadoreño Francisco Flores de la carrera por la Secretaría General de la OEA es la muestra.

El Gobierno español del socialista Rodríguez Zapatero está haciendo lo correcto al acercarse a Chávez y a Castro para incidir y debatir sin entrar en conflicto. EE.UU. dio entrenamiento terrorista a Bin Laden, al que ahora tanto persigue; toleró a la dictadura genocida del general Ríos Mont en Guatemala, la más criminal de América; también a la de Stroessner, que dio refugio a los nazis; parió a la de Pinochet, que cometió un asesinato terrorista en Washington, y apoyó a la de El Salvador, que asesinó a monjas norteamericanas. Con ese récord, por qué no puede ahora tener paciencia y permitir que la democracia gane terreno, incluso entre los que todavía no creen en ella, cualesquiera sean las diferencias, éstas no valen la vida de un cubano, de un venezolano ni de ningún latinoamericano.

*Columnista de El Diario de Hoy.



elsalvador.com WWW