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Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Oxford, Inglaterra. Cuando George Bush fue reelegido la preocupación
mundial era la prolongación de la guerra de Iraq, en una región
donde hay varios países con armas atómicas.
El problema de Latinoamérica era estar fuera de las prioridades
estadounidenses, sin embargo, Peter Goss, director de la CIA, declaró
recientemente que el ciclo electoral de 2006 ha creado focos potenciales
de inestabilidad, peligro de infiltración terrorista y amenazas
para la seguridad de EE.UU. Se menciona a México, Nicaragua, Venezuela,
Bolivia, Ecuador, Perú, Haití, Colombia y a personajes como
Daniel Ortega, Hugo Chávez, Evo Morales y, por supuesto, Fidel
Castro. En una cadena de televisión norteamericana se habló
abiertamente de la posibilidad de medidas militares sobre Venezuela y
hasta de atentados contra Hugo Chávez.
Resulta sorprendente que los procesos electorales pacíficos de
Latinoamérica sean considerados desestabilizadores y peligrosos,
mientras el de Iraq, que se realizó con el país ocupado,
dividido y en guerra, es considerado una victoria democrática.
Los resultados electorales de Latinoamérica, cualesquiera que sean,
son parte lógica, inevitable y necesaria del aprendizaje cívico
de los latinoamericanos y están muy lejos de ser amenaza.
Es el mismo juego de acierto y error con el que la población más
conservadora de Estados Unidos reeligió a George Bush. Esa población
fundamentalista cristiana que, al mismo tiempo que rechaza el aborto diciendo
si a la vida, es fanática de las armas, apoya la guerra y respalda
la pena de muerte. Para muchos esa decisión soberana de los estadounidenses
ha sido efectivamente desestabilizadora.
Después de prolongadas relaciones conflictivas con la izquierda
latinoamericana, EE.UU. debería asumir sus culpas históricas,
madurar y ser tolerante. No es casual que triunfaran revoluciones en Cuba
y Nicaragua, países a los cuales EE.UU. más amenazó
su independencia. Con hijos de puta, como los llamó
uno de sus presidentes, gobernando por décadas es imposible que
Nicaragua y Haití superen el caudillismo de la noche a la mañana;
que después de siglos de exclusión indígena no exista
un Evo Morales en Bolivia; que con toda la droga que ellos consumen no
haya guerrillas y paramilitares en Colombia y que frente a una pobreza
terrible no haya quienes pierdan la paciencia. La estabilidad y progreso
social de Costa Rica y Chile se asientan en su prolongada vida democrática.
Pinochet no salvó la democracia chilena, la interrumpió,
y esto paradójicamente sirvió para debilitar electoralmente
a la propia derecha. La democracia en Latinoamérica no puede ir
más rápido y, aun con sus defectos, es la transición
democrática más ordenada y prometedora de todo el tercer
mundo.
Chávez, además de un fenómeno neomilitarista y populista
nacido en el seno de un ejército seguidor de la doctrina de defensa
norteamericana, es también una venganza estructural producida y
fortalecida por los errores de sus adversarios. Éstos, primero
lo apoyaron, luego quisieron derrocarlo mediante un golpe que le sirvió
a Chávez para controlar el Ejército, después le montaron
una huelga que lo dejó dueño del petróleo y, con
todo ese poder, les ganó en un referendo al que acudieron tarde.
Sin el apoyo y tolerancia que EE.UU. tuvo hacia el corrupto Arnoldo Alemán,
Daniel Ortega no estaría ahora gobernando a Nicaragua desde abajo.
La pelea con estas izquierdas conservadoras no es a balazos ni excluyéndolas,
la batalla es política, democrática y pacifica. Es cierto
que en Cuba no hay libertades, que en Venezuela se están reduciendo
y que en Nicaragua Ortega manipula las instituciones, pero en democracia
la ventaja moral termina desmoronando al bando contrario.
La creencia de que Reagan derrotó al comunismo no tiene fundamento.
Lo que volvió insostenible el modelo autoritario soviético
fue el largo y paciente proceso de tolerancia y competencia pacífica
que encabezó la izquierda socialdemócrata europea. En Alemania
el Muro lo construyeron los comunistas, en América el bloqueo a
Cuba lo inventó EE.UU. El bloqueo invita al encierro ideológico,
al dogmatismo, victimiza, permite echarle la culpa a otros de los errores
propios, hace sufrir al pueblo de Cuba y mantiene en el poder a Fidel
Castro. EE.UU. ha hecho bastante más terrorismo contra las izquierdas
latinoamericanas que éstas contra EE.UU., la consigna muerte
al imperialismo yanki ha sido sólo retórica. Algunos
derechistas piensan que las izquierdas estorban, al igual que Bin Laden
piensa que el mundo debería ser un califato universal. La humanidad
progresa por la diferencia y la mantiene en paz la tolerancia.
En el proceso de construcción de una cultura democrática,
los dominados y excluidos están pasando de la resistencia a la
responsabilidad y ese proceso no puede ser armónico. Es necesario
ganarle terreno a la izquierda conservadora, pero nada fortalece más
a Fidel Castro y a Chávez que la confrontación con las derechas,
y nada los incomoda más que enfrentarse a quienes los cuestionan
desde la misma izquierda. Las críticas de la intelectualidad y
los escritores o las condenas de Amnistía Internacional son más
poderosas que los anticastristas de Miami, éstos en realidad colaboran
con Castro. Nadie ha puesto en más aprietos a Daniel Ortega que
Herty Levites, el ex alcalde del FSLN de Managua.
América Latina está virando a la izquierda y la estabilidad
acelera ese viraje porque la paz favorece el debate intelectual y en ese
terreno las derechas son superficiales, se asocian más con la utilidad
en el corto plazo, la autoridad y el interés de grupos de poder.
La izquierda, cuando es madura y eficiente, es tolerante y puede poner
a las fuerzas del mercado en función del interés colectivo.
En Chile, Argentina, Colombia, Panamá, Uruguay, Venezuela, Nicaragua,
Bolivia, El Salvador, Guatemala, Ecuador, Cuba, República Dominicana
y todo el continente, las izquierdas, o están en el gobierno, o
son la mitad del poder, o están luchando contra su propia ortodoxia
e inmadurez, pero en ningún lugar son débiles.
En Brasil el poder se decide entre partidos de izquierda; en México
la izquierda, además del PRD, es parte importante del PRI; en Argentina,
además del radicalismo, son parte del peronismo. En Uruguay, Colombia
y Costa Rica están obligando a recomponer antiguos sistema de partidos.
A futuro el conservadurismo americano tendrá pocos y débiles
seguidores en el continente. La retirada del ex presidente salvadoreño
Francisco Flores de la carrera por la Secretaría General de la
OEA es la muestra.
El Gobierno español del socialista Rodríguez Zapatero está
haciendo lo correcto al acercarse a Chávez y a Castro para incidir
y debatir sin entrar en conflicto. EE.UU. dio entrenamiento terrorista
a Bin Laden, al que ahora tanto persigue; toleró a la dictadura
genocida del general Ríos Mont en Guatemala, la más criminal
de América; también a la de Stroessner, que dio refugio
a los nazis; parió a la de Pinochet, que cometió un asesinato
terrorista en Washington, y apoyó a la de El Salvador, que asesinó
a monjas norteamericanas. Con ese récord, por qué no puede
ahora tener paciencia y permitir que la democracia gane terreno, incluso
entre los que todavía no creen en ella, cualesquiera sean las diferencias,
éstas no valen la vida de un cubano, de un venezolano ni de ningún
latinoamericano.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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