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Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Negar que la semana entre el 4 y el 8 de abril fue intensa en emociones
sería un insulto a la historia mundial y nacional. En Roma asistimos
a la muerte del hombre más querido y respetado por lo católicos,
y el más amado por los polacos al haber influido enormemente en
hacer de su patria una nación libre. En El Salvador, los que lo
apreciamos, también lamentamos la pérdida de uno de los
más destacados políticos y docente universitario que ha
conocido el país, el Dr. Humberto Guillermo Cuestas.
El Santo Padre era un hombre de Dios, de paz, de esperanza. Pero también
fue un gran político, quizás el más importante, virtuoso
y ético de los que han existido en la historia contemporánea.
Todos recordamos claramente el reproche público que hizo en Nicaragua
al padre Cardenal, a su llegada a Nicaragua, por el impulso que éste
pretendía dar a la Teología de la Liberación. Asimismo,
cuando visitó nuestro país, invitó con franqueza
y humildad a no ideologizar la memoria de monseñor Romero. Sorprende
ver en los muchos programas que se han transmitido a raíz de su
partida al cielo, la fortaleza con la que afrontó su primer viaje
a Polonia y el encuentro que tuvo con el líder comunista de aquella
época, que aún gobernaba su tierra natal. Asimismo fue impresionante
su presencia y la ovación que recibió en el Congreso polaco
en su última visita en 1999, ahora ya en una patria transformada.
Siempre fue claro, conciso, directo, transparente. En su papel de jefe
de Estado, si bien recurrió a la diplomacia, nunca se guardó
sus pensamientos sobre cómo mejorar el sistema de vida de aquellos
cuya nación visitaba. Reprochó a los líderes políticos
cuando no llegaban a acuerdos y alabó a aquellos que, como en El
Salvador, lograron encontrar el camino hacia la consolidación democrática.
Nunca más la guerra, dijo en su segunda visita a El
Salvador. Luchó contra el comunismo y criticó, como todos
sabemos, al capitalismo salvaje.
Creyó en las libertades, pero eso no le impidió ver la injusticia
humana y la desigual distribución de la riqueza. Por eso siempre
se mantuvo cerca de los más necesitados y pidió para ellos
la adopción de políticas públicas que les permitiera
salir del círculo de la pobreza. Asimismo fue un gran defensor
de la vida desde el momento de la concepción, lo que le llevó
abiertamente a oponerse a las prácticas abortivas durante todo
su pontificado.
Como todos en el mundo entero, el más preciado tesoro ante su partida
es el recuerdo de haberle visto o recibido su bendición en alguna
ocasión. Pude verle en tres ocasiones, siempre en Roma. La primera
tuvo lugar en 1994, en el Aula Paulo VI, en ocasión de la celebración
del encuentro de miles de jóvenes que acudíamos a una concentración
con el Santo Padre. Los latinoamericanos tuvimos el privilegio de estar
justo al lado de las vallas por donde el Papa solía caminar bendiciendo
a los feligreses.
Nuestras manos estaban llenas de rosarios para cuando le tocáramos
nos reconfortara el hecho de haber frotado la piel de un santo en vida.
En esa misma ocasión, por ser la Semana Mayor, acudí al
lavatorio de los pies, donde el Papa, aún con energía, celebró
los santos oficios. Finalmente, el Sábado de Gloria, acudimos a
la Basílica de San Pedro para acompañar a un amigo guatemalteco
que recibiría, de manos de Juan Pablo II, su primera comunión.
Vaya privilegio de nuestro buen amigo.
La segunda fue en diciembre de 1997, cuando cursaba mis estudios de postgrado
en Europa. El recuerdo más vivo fue el haber recibido la bendición
urbi et orbi, el 25 de diciembre en la Plaza de San Pedro. El tercer privilegio
y último, fue en 2002, en ocasión de la canonización
del fundador del Opus Dei, San José María Escrivá
de Balaguer, celebración a la que acudimos con mi esposa, siempre
en la Plaza de San Pedro. Fue la última vez que pudimos apreciar
personalmente la franca mirada del Papa y presenciar la santidad que irradiaba
su ser.
En El Salvador, como lo apuntaba al inicio de esta columna, también
perdimos a un gran hombre. Vicepresidente durante el gobierno de Fidel
Sánchez Hernández, magistrado de la Corte Suprema de Justicia
y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Dr. José Matías
Delgado, el Dr. Cuestas fue un ejemplo de brillantez académica
y de honradez política. Por eso lo incluyo en esta publicación.
Porque al igual que el Santo Padre, uno en la dimensión mundial
y otro a nivel nacional, trataron de exaltar los más altos valores
que el ejercicio de la política debe tener. Uno, con olor a santidad,
y otro, como un ser humano dedicado a su profesión y a su familia,
aprendieron que la política es precisamente el ejercicio del poder
para el beneficio de las mayorías. Ambos fueron grandes hombres,
ejemplo de la exaltación más grande de las virtudes humanas,
en el caso del Papa, y de la ética y moral profesional en el caso
de nuestro querido maestro, el Dr. Humberto Guillermo Cuestas. Omnia cum
honore.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia
de la República. Columnista de El Diario de Hoy.

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