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Conversando sobre política
De Roma a El Salvador

El Santo Padre era un hombre de Dios, de paz, de esperanza. Pero también fue un gran político, quizás el más importante, virtuoso y ético de los que han existido en la historia contemporánea

Publicada 13 de abril 2005, El Diario de Hoy



Luis Mario Rodríguez R.*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Negar que la semana entre el 4 y el 8 de abril fue intensa en emociones sería un insulto a la historia mundial y nacional. En Roma asistimos a la muerte del hombre más querido y respetado por lo católicos, y el más amado por los polacos al haber influido enormemente en hacer de su patria una nación libre. En El Salvador, los que lo apreciamos, también lamentamos la pérdida de uno de los más destacados políticos y docente universitario que ha conocido el país, el Dr. Humberto Guillermo Cuestas.

El Santo Padre era un hombre de Dios, de paz, de esperanza. Pero también fue un gran político, quizás el más importante, virtuoso y ético de los que han existido en la historia contemporánea.

Todos recordamos claramente el reproche público que hizo en Nicaragua al padre Cardenal, a su llegada a Nicaragua, por el impulso que éste pretendía dar a la Teología de la Liberación. Asimismo, cuando visitó nuestro país, invitó con franqueza y humildad a no ideologizar la memoria de monseñor Romero. Sorprende ver en los muchos programas que se han transmitido a raíz de su partida al cielo, la fortaleza con la que afrontó su primer viaje a Polonia y el encuentro que tuvo con el líder comunista de aquella época, que aún gobernaba su tierra natal. Asimismo fue impresionante su presencia y la ovación que recibió en el Congreso polaco en su última visita en 1999, ahora ya en una patria transformada.

Siempre fue claro, conciso, directo, transparente. En su papel de jefe de Estado, si bien recurrió a la diplomacia, nunca se guardó sus pensamientos sobre cómo mejorar el sistema de vida de aquellos cuya nación visitaba. Reprochó a los líderes políticos cuando no llegaban a acuerdos y alabó a aquellos que, como en El Salvador, lograron encontrar el camino hacia la consolidación democrática. “Nunca más la guerra”, dijo en su segunda visita a El Salvador. Luchó contra el comunismo y criticó, como todos sabemos, al capitalismo salvaje.

Creyó en las libertades, pero eso no le impidió ver la injusticia humana y la desigual distribución de la riqueza. Por eso siempre se mantuvo cerca de los más necesitados y pidió para ellos la adopción de políticas públicas que les permitiera salir del círculo de la pobreza. Asimismo fue un gran defensor de la vida desde el momento de la concepción, lo que le llevó abiertamente a oponerse a las prácticas abortivas durante todo su pontificado.

Como todos en el mundo entero, el más preciado tesoro ante su partida es el recuerdo de haberle visto o recibido su bendición en alguna ocasión. Pude verle en tres ocasiones, siempre en Roma. La primera tuvo lugar en 1994, en el Aula Paulo VI, en ocasión de la celebración del encuentro de miles de jóvenes que acudíamos a una concentración con el Santo Padre. Los latinoamericanos tuvimos el privilegio de estar justo al lado de las vallas por donde el Papa solía caminar bendiciendo a los feligreses.

Nuestras manos estaban llenas de rosarios para cuando le tocáramos nos reconfortara el hecho de haber frotado la piel de un santo en vida. En esa misma ocasión, por ser la Semana Mayor, acudí al lavatorio de los pies, donde el Papa, aún con energía, celebró los santos oficios. Finalmente, el Sábado de Gloria, acudimos a la Basílica de San Pedro para acompañar a un amigo guatemalteco que recibiría, de manos de Juan Pablo II, su primera comunión. Vaya privilegio de nuestro buen amigo.

La segunda fue en diciembre de 1997, cuando cursaba mis estudios de postgrado en Europa. El recuerdo más vivo fue el haber recibido la bendición urbi et orbi, el 25 de diciembre en la Plaza de San Pedro. El tercer privilegio y último, fue en 2002, en ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei, San José María Escrivá de Balaguer, celebración a la que acudimos con mi esposa, siempre en la Plaza de San Pedro. Fue la última vez que pudimos apreciar personalmente la franca mirada del Papa y presenciar la santidad que irradiaba su ser.

En El Salvador, como lo apuntaba al inicio de esta columna, también perdimos a un gran hombre. Vicepresidente durante el gobierno de Fidel Sánchez Hernández, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Dr. José Matías Delgado, el Dr. Cuestas fue un ejemplo de brillantez académica y de honradez política. Por eso lo incluyo en esta publicación. Porque al igual que el Santo Padre, uno en la dimensión mundial y otro a nivel nacional, trataron de exaltar los más altos valores que el ejercicio de la política debe tener. Uno, con olor a santidad, y otro, como un ser humano dedicado a su profesión y a su familia, aprendieron que la política es precisamente el ejercicio del poder para el beneficio de las mayorías. Ambos fueron grandes hombres, ejemplo de la exaltación más grande de las virtudes humanas, en el caso del Papa, y de la ética y moral profesional en el caso de nuestro querido maestro, el Dr. Humberto Guillermo Cuestas. Omnia cum honore.

*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia de la República. Columnista de El Diario de Hoy.



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