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Comentario de la semana
El hasta pronto a un Santo

La sencillez y la humildad de que hizo gala Juan Pablo II le permitieron hacerse el desentendido de los milagros que en esta vida realizaba, como, entre otros, el del niño mexicano con leucemia y otro muy particular.

Publicada 9 de abril 2005, El Diario de Hoy


Eduardo Torres
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

“El más multitudinario funeral en la historia de la humanidad” fue lo que, en palabras del cardenal de Washington, Theodore McCarrick, presenció ayer el mundo entero, en el adiós terrenal a nuestro amado y venerado, Su Santidad Juan Pablo II.

Cuatro reyes, cinco reinas, 14 jerarcas de otras denominaciones religiosas y unos 70 líderes mundiales, entre presidentes y primeros ministros, estuvieron a la sombra de la Basílica de San Pedro, asistiendo al funeral.

Estimaciones del Vaticano indican que varios millones de personas se encontraban en Roma al momento del funeral —unos dos millones de peregrinos, con esperas hasta de catorce horas, desfilaron ante los restos mortales del Papa Juan Pablo II, quien por siempre será honrado y recordado—. Cientos de millones alrededor del mundo vimos su funeral por medio de la televisión.

“Santo, santo, santo”, gritaban al unísono cientos de miles de devotos —jóvenes en su mayoría—, que abarrotaron en el Vaticano la Plaza San Pedro, la Plaza Pío XII, la Vía de La Conciliación, Lungotevere y los puentes sobre el Río Tíber. El resto observaba a través de pantallas gigantes diseminadas en varios sitios de la ciudad de Roma.

“Podemos estar seguros“, dijo durante la homilía el cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio de Cardenales, “que nuestro adorado Papa está frente a la ventana de la casa del Señor. Nos ve y nos bendice”. La muchedumbre respondió coreando su nombre en italiano “Giovanni Paolo, Giovanni Paolo”, para después repetir “Santo, santo, santo”.

Retomo en este momento, por la validez que con la respectiva adaptación tiene, las palabras dichas en enero de 2002 en el “Palacio del Apollinar” por María José Cantista, catedrática de Filosofía de la Universidad de Oporto, en el marco del Congreso “La grandeza de la vida ordinaria”, por encajar perfectamente para con el Papa Juan Pablo II el afirmarse que fue “uno de esos santos que la Providencia Divina da de tarde en tarde, con siglos de diferencia”.

Porque no fue emotividad de ayer la de la multitud que en carteles pedía convertirlo en “Santo súbito”. La última década del siglo pasado nos permitió ver a dos santos en vida, reconocidos así universalmente, en el ejercicio de su labor pastoral: La Beata Madre Teresa de Calcuta y Su Santidad Juan Pablo II.

La sencillez y la humildad de que hizo gala Juan Pablo II le permitieron hacerse el desentendido de los milagros que en esta vida realizaba, como, entre otros, el del niño mexicano con leucemia y otro muy particular. Pero que era un Santo entre nosotros, pues eso la humanidad entera lo sabe y, de hecho, es el reconocimiento que durante la semana entera hemos venido presenciando, haya habido o no claridad de ello.

Sufrió mucho este Santo hombre, desde una edad muy temprana. No hubo medias tintas; aceptó el llamado de Dios y la coherencia de vida cristiana fue siempre su sello.

La oración, como sólo los grandes santos logran a su vez llegar a tener, los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, fue en todo momento su fortaleza. Karol Wojtyla fue, además, un hombre brillante. La claridad de su pensamiento perdurará, entre otros, a través de las encíclicas que “de su puño y letra” nos dejó.

Pero lo que más causó impresión, fue el magistral manejo que por su coherencia de vida pudo realizar ante los medios de comunicación, globalizando así su parroquia. Acercándose a los rincones donde la necesidad se vuelve más grande, para llevar fe y esperanza; derrochando alegría y buen humor en sus repetitivos encuentros con los jóvenes, para después predicarles la palabra de Dios, pura y limpia.

Otorgándole el perdón a quien intentó asesinarlo en la Plaza San Pedro; pidiendo perdón a otras iglesias por los errores cometidos siglos atrás. Luchando por la paz, la comprensión y la tolerancia.

De los hechos de Juan Pablo II que más impresionaron a quien esto escribe, fue cuando al inicio del Jubileo del año 2000, habiendo cumplido la labor que le predijo su mentor, el cardenal Wyszynsky, de conducir a la Santa Iglesia hacia el tercer milenio, en vez de decir “misión cumplida”, le pidió —ante las cámaras de televisión del mundo entero—, fuerza a su Madre, la Santísima Virgen, para llegar “hasta el final”.

El dolor, como en sus primeros años, volvió con desmesurada fuerza.

Nada más ilustrativo que su última aparición, en el balcón de su apartamento, durante la Semana Santa.

Que tus restos mortales descansen en paz, Juan Pablo II. Mucho te pediremos, pero ayúdanos, para que esto no sea un adiós, sino un hasta pronto.

*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista de El Diario de Hoy.



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