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Eduardo Torres
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El más multitudinario funeral en la historia de la humanidad
fue lo que, en palabras del cardenal de Washington, Theodore McCarrick,
presenció ayer el mundo entero, en el adiós terrenal a nuestro
amado y venerado, Su Santidad Juan Pablo II.
Cuatro reyes, cinco reinas, 14 jerarcas de otras denominaciones religiosas
y unos 70 líderes mundiales, entre presidentes y primeros ministros,
estuvieron a la sombra de la Basílica de San Pedro, asistiendo
al funeral.
Estimaciones del Vaticano indican que varios millones de personas se encontraban
en Roma al momento del funeral unos dos millones de peregrinos,
con esperas hasta de catorce horas, desfilaron ante los restos mortales
del Papa Juan Pablo II, quien por siempre será honrado y recordado.
Cientos de millones alrededor del mundo vimos su funeral por medio de
la televisión.
Santo, santo, santo, gritaban al unísono cientos de
miles de devotos jóvenes en su mayoría, que
abarrotaron en el Vaticano la Plaza San Pedro, la Plaza Pío XII,
la Vía de La Conciliación, Lungotevere y los puentes sobre
el Río Tíber. El resto observaba a través de pantallas
gigantes diseminadas en varios sitios de la ciudad de Roma.
Podemos estar seguros, dijo durante la homilía el cardenal
Joseph Ratzinger, decano del Colegio de Cardenales, que nuestro
adorado Papa está frente a la ventana de la casa del Señor.
Nos ve y nos bendice. La muchedumbre respondió coreando su
nombre en italiano Giovanni Paolo, Giovanni Paolo, para después
repetir Santo, santo, santo.
Retomo en este momento, por la validez que con la respectiva adaptación
tiene, las palabras dichas en enero de 2002 en el Palacio del Apollinar
por María José Cantista, catedrática de Filosofía
de la Universidad de Oporto, en el marco del Congreso La grandeza
de la vida ordinaria, por encajar perfectamente para con el Papa
Juan Pablo II el afirmarse que fue uno de esos santos que la Providencia
Divina da de tarde en tarde, con siglos de diferencia.
Porque no fue emotividad de ayer la de la multitud que en carteles pedía
convertirlo en Santo súbito. La última década
del siglo pasado nos permitió ver a dos santos en vida, reconocidos
así universalmente, en el ejercicio de su labor pastoral: La Beata
Madre Teresa de Calcuta y Su Santidad Juan Pablo II.
La sencillez y la humildad de que hizo gala Juan Pablo II le permitieron
hacerse el desentendido de los milagros que en esta vida realizaba, como,
entre otros, el del niño mexicano con leucemia y otro muy particular.
Pero que era un Santo entre nosotros, pues eso la humanidad entera lo
sabe y, de hecho, es el reconocimiento que durante la semana entera hemos
venido presenciando, haya habido o no claridad de ello.
Sufrió mucho este Santo hombre, desde una edad muy temprana. No
hubo medias tintas; aceptó el llamado de Dios y la coherencia de
vida cristiana fue siempre su sello.
La oración, como sólo los grandes santos logran a su vez
llegar a tener, los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, fue en todo
momento su fortaleza. Karol Wojtyla fue, además, un hombre brillante.
La claridad de su pensamiento perdurará, entre otros, a través
de las encíclicas que de su puño y letra nos
dejó.
Pero lo que más causó impresión, fue el magistral
manejo que por su coherencia de vida pudo realizar ante los medios de
comunicación, globalizando así su parroquia. Acercándose
a los rincones donde la necesidad se vuelve más grande, para llevar
fe y esperanza; derrochando alegría y buen humor en sus repetitivos
encuentros con los jóvenes, para después predicarles la
palabra de Dios, pura y limpia.
Otorgándole el perdón a quien intentó asesinarlo
en la Plaza San Pedro; pidiendo perdón a otras iglesias por los
errores cometidos siglos atrás. Luchando por la paz, la comprensión
y la tolerancia.
De los hechos de Juan Pablo II que más impresionaron a quien esto
escribe, fue cuando al inicio del Jubileo del año 2000, habiendo
cumplido la labor que le predijo su mentor, el cardenal Wyszynsky, de
conducir a la Santa Iglesia hacia el tercer milenio, en vez de decir misión
cumplida, le pidió ante las cámaras de televisión
del mundo entero, fuerza a su Madre, la Santísima Virgen,
para llegar hasta el final.
El dolor, como en sus primeros años, volvió con desmesurada
fuerza.
Nada más ilustrativo que su última aparición, en
el balcón de su apartamento, durante la Semana Santa.
Que tus restos mortales descansen en paz, Juan Pablo II. Mucho te pediremos,
pero ayúdanos, para que esto no sea un adiós, sino un hasta
pronto.
*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista
de El Diario de Hoy.

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