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La difícil tarea que espera al nuevo Papa

El vicario de Cristo en la Tierra, la cabeza visible de la Iglesia, el Obispo de Roma, Juan Pablo II, fustiga al terrorismo desde el inicio de su pontificado; su voz estruendosa resuena contra la injusticia social y económica

Publicada 8 de abril 2005, El Diario de Hoy

Eduardo Vázquez Bécker*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Después de más de 72 horas de agonía extrema y de angustia universal, Juan Pablo II, nuestro Papa por 26 años, cuatro meses y 12 días, cruzó las puertas del cielo para reunirse con el hijo de María, su madre por opción. El vocero del Vaticano lo habría dicho en la víspera de su muerte: Esta tarde o esta noche, Cristo abrirá las puertas del cielo y abrazará fuertemente al Papa.

A las 21:37, hora del este, del sábado 2 de abril, fallece el Papa Juan Pablo II. Se cierra un proceso tremendamente significativo en la historia de nuestro tiempo y se abre otro en el tiempo de nuestros hijos y en el de los hijos de sus hijos. Este proceso iniciará una era con un nuevo Papa.

Durante los 20 días siguientes, incluido el día del fallecimiento y los que se lleve las exequias, el Colegio Sagrado de Cardenales presidirá las reuniones que habrán de sostener los prelados con derecho, hasta que haya un acuerdo respecto a quién será el nuevo Papa.

Una vez que hay un nombre definitivo, el vocero de todos los prelados preguntará si el Papa electo acepta la decisión cardenalicia y en caso afirmativo se queman las papeletas escrutadas, cuyo humo blanco anunciará al mundo que hay un nuevo jefe de la Iglesia.

El sufrimiento y la agonía soportadas por Juan Pablo II nos han dejado una gran lección; nos ha recordado que después de Cristo, desde el año 67 en que San Lino sustituyó a San Pedro como segundo Pontífice, todos los papas han sido de carne y hueso, con sus debilidades y sus fortalezas, con capacidad para reír y sufrir.

Recordamos la famosa película, basada en la profética novela de Morris West “Las sandalias del pescador”, dirigida por Michael Andersen en 1968, y la gran actuación de Anthony Quinn y Lawrence Olivier en la que, durante los 157 minutos del filme, el espectador se enfrenta a una obra de historia ficción en la que el Papa de Roma nos alerta sobre los riesgos de la guerra nuclear, pero que de igual manera nos invita a reflexionar sobre el sentido de la justicia, tanto terrena como divina.

Nos muestra el ir y venir de los cardenales en el complicado proceso eleccionario del Papa, hasta que la fumata blanca anuncia que ya no hay problemas, que hay un nuevo Papa.

A medio camino entre el drama interno del protagonista, Anthony Quinn, el análisis crítico del funcionamiento del Vaticano y la fábula político social, la película pone de manifiesto la preocupación del Papa por los problemas humanos, con una peculiar visión del cristianismo.

Un Papa venido de Cracovia, Polonia, pondría esa peculiar visión del cristianismo al servicio de un mundo en permanente estado de crisis. Con el martillo de la fe y el aliciente del amor y de la justicia, contribuye a derrumbar muros e ideologías para facilitar la convivencia humana.

El vicario de Cristo en la Tierra, la cabeza visible de la Iglesia, el Obispo de Roma, Juan Pablo II, fustiga al terrorismo desde el inicio de su pontificado; su voz estruendosa resuena contra la injusticia social y económica, se declara amigo de los pobres y los invita a sumar esfuerzos para dejar de serlo.

Las grandes transformaciones políticas, sociales y económicas, incluida la caída del marxismo leninismo y el final de la Guerra Fría, ocurridas en los últimos 25 años, no ha- brían sucedido sin la presencia del Papa.

El cardenal que sustituya a Karol Wojtyla en el papado estará ligado a los esfuerzos de su antecesor, además de la enorme responsabilidad de hacer el papel de Cristo sobre la tierra, de enseñar, de gobernar, de animar y servir a todos los fieles.

Asistido especialmente por el Espíritu Santo, tendrá que afrontar las situaciones que emerjan resultado de la lucha por el poder, del retorno a las luchas ideológicas que se vislumbran en América Latina y de las consecuencias de un mundo globalizador.

Tarea difícil si tenemos en cuenta que para ello el Papa Juan Pablo II tuvo que viajar a más de 150 países por más de un millón de kilómetros. Tarea difícil pero no insuperable, será cuestión de estilos y toques de personalidad; será cuestión de ver hasta que los prelados reunidos en cónclave nos digan quién será el nuevo Papa, que deba calzar las sandalias del pescador.

*Lic. en Derecho y periodista.


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