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De mis recuerdos
Aquella primera visita del Papa

Las palabras de Juan Pablo Segundo no fueron para atacar o defender nada, sino para hacer un vehemente llamado, con un extraordinario respaldo moral, a la solución pacífica por la vía del diálogo.

Publicada 7 de abril 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@cinco.com.sv

A principios de 1983 la guerra, tanto en el terreno militar como en el político, parecía inclinarse hacia la izquierda. Las columnas guerrilleras habían ocupado de manera permanente los municipios de Joateca, Perquín, San Fernando, Torola, Villa del Rosario, Arambala y Jocoatique, en Morazán, tras intensos combates ocurridos de octubre del año anterior hasta principios de enero de ese año.

El más osado jefe militar del Ejército, el teniente coronel Domingo Monterrosa, había declarado a la prensa que la defensa de ninguno de esos municipios valía la vida de uno solo de sus soldados. Lo dijo porque la guerra de posiciones, planteada hasta ese momento por la Fuerza Armada, estaba dando paso a la guerra de movimientos, más propia para afrontar a un ejército guerrillero. “Es una táctica de tropas sin cuartel”, había explicado el legendario jefe del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.

Los asesores estadounidenses, en un documento que llegó, no sé cómo, a las manos de los comandantes guerrilleros, habían criticado de manera dura a la Fuerza Armada. Decían que el Ejército salvadoreño combatía con horarios de oficina (“from monday to friday; from nine to five”, SIC). Tendría que pasar casi un año más antes de que las nuevas tácticas del Ejército se hicieran sentir en toda su magnitud.

De momento, el ejército guerrillero controlaba siete municipios en Morazán, unos cinco en Chalatenango, y unos más en el norte de La Unión, Usulután, Cabañas y San Vicente. Además las columnas guerrilleras se habían multiplicado y grandes cantidades de fusiles y municiones estaban llegando desde Nicaragua. En el campo político las cosas no estaban mejores para el gobierno y sus aliados.

El Presidente Álvaro Magaña no tenía el suficiente respaldo político ni para impulsar estrategias contrainsurgentes ni para dialogar ni negociar. Era exactamente un presidente de transición. Las acusaciones de violaciones a los derechos humanos complicaban el apoyo estadounidense al Ejército salvadoreño, mientras que los gobiernos de México y Francia ha- bían reconocido a la guerrilla como una fuerza política representativa, reconocimiento al que se adhirieron otros gobiernos europeos.

La llamada declaración franco-mexicana fue un duro revés político para el gobierno y dejaba sin lugar las acusaciones a la guerrilla de ser terroristas al servicio del comunismo internacional. Definitivamente a principios de ese año el movimiento guerrillero tenía la iniciativa estratégica. Fue en el mes de marzo de ese año que vino el Papa a El Salvador.

Recuerdo que los miembros del equipo de producción de la radio estábamos en una reunión con los máximos comandantes del ERP, en los llanos de Agua Blanca, cerca del río Torola, precisamente para discutir los contenidos editoriales del programa de cara al fuerte impacto político, que con toda seguridad tendría la visita al país de Juan Pablo Segundo.

Una comandante guerrillera, célebre por sus ocurrencias en ese tipo de reuniones, expresó: “Ya vino Bush (vicepresidente en esa época), Jane Kirkpatrick (embajadora en la ONU), vendrá Caspar Weimberger (secretario de Defensa) y ahora viene el Papa; nos han echado la batería pesada”. Claro, los sandinistas asaltaron el poder en Nicaragua, en un contexto totalmente diferente. Ellos ganaron la guerra en tiempos de Carter cuando el bloque soviético había acorralado a los Estados Unidos en diferentes puntos del planeta.

Pero en 1983, las cosas eran muy distintas. Reagan había trazado una raya para detener el expansionismo soviético y esa raya se trazó precisamente sobre nuestro país. Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, había provocado el resurgimiento del pensamiento liberal en toda Europa Occidental. Mientras tanto, como resultado fundamentalmente de la confrontación moral de Juan Pablo Segundo, el que hasta entonces parecía el granítico campo comunista de naciones, comenzaba a crujir, de forma especial en Polonia.

Una cosa me quedó muy clara en aquella reunión en el frente de guerra: la comandancia guerrillera le tenía más miedo a las palabras que el Papa podría pronunciar que a la inminente llegada de más batallones de reacción inmediata. Lo ocurrido en Managua, el 4 de marzo, cuando Juan Pablo Segundo le metió una tremenda regañina a Ernesto Cardenal, sacerdote y ministro de Cultura de los sandinistas y ordenó silencio a la exaltada multitud, no dejaba de preocupar a los comandantes.

La dirección guerrillera (en donde había no pocos ateos) estaba en el peor de los mundos: atacar al Papa era de lo más impolítico, fingir indiferencia o hacerse la vendedora de panes, era mostrar poca sensibilidad ante un pueblo mayoritariamente católico; aplaudir sus palabras hubiese sido avalar su rechazo al comunismo y al socialismo estilo soviético, al cual el FMLN se suscribía de manera poco velada. Al final se optó por darle una cordial bienvenida a través de la radio y comentar con cuidado sus frases menos comprometedoras con los intereses guerrilleros.

Y, sin embargo, las palabras de Juan Pablo Segundo no fueron para atacar o defender nada, sino para hacer un vehemente llamado, con un extraordinario respaldo moral, a la solución pacífica por la vía del diálogo, en aquellos días una mala palabra en la derecha y solamente una táctica en la izquierda. “Quiera Dios que mi visita haya abierto el camino del perdón y que pronto la reconciliación entre hermanos florezca en este país”. Pasaron ocho tristísimos años para que ese deseo se hiciese realidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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