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Marvin Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@cinco.com.sv
A principios de 1983 la guerra, tanto en el terreno militar como en
el político, parecía inclinarse hacia la izquierda. Las
columnas guerrilleras habían ocupado de manera permanente los municipios
de Joateca, Perquín, San Fernando, Torola, Villa del Rosario, Arambala
y Jocoatique, en Morazán, tras intensos combates ocurridos de octubre
del año anterior hasta principios de enero de ese año.
El más osado jefe militar del Ejército, el teniente coronel
Domingo Monterrosa, había declarado a la prensa que la defensa
de ninguno de esos municipios valía la vida de uno solo de sus
soldados. Lo dijo porque la guerra de posiciones, planteada hasta ese
momento por la Fuerza Armada, estaba dando paso a la guerra de movimientos,
más propia para afrontar a un ejército guerrillero. Es
una táctica de tropas sin cuartel, había explicado
el legendario jefe del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.
Los asesores estadounidenses, en un documento que llegó, no sé
cómo, a las manos de los comandantes guerrilleros, habían
criticado de manera dura a la Fuerza Armada. Decían que el Ejército
salvadoreño combatía con horarios de oficina (from
monday to friday; from nine to five, SIC). Tendría que pasar
casi un año más antes de que las nuevas tácticas
del Ejército se hicieran sentir en toda su magnitud.
De momento, el ejército guerrillero controlaba siete municipios
en Morazán, unos cinco en Chalatenango, y unos más en el
norte de La Unión, Usulután, Cabañas y San Vicente.
Además las columnas guerrilleras se habían multiplicado
y grandes cantidades de fusiles y municiones estaban llegando desde Nicaragua.
En el campo político las cosas no estaban mejores para el gobierno
y sus aliados.
El Presidente Álvaro Magaña no tenía el suficiente
respaldo político ni para impulsar estrategias contrainsurgentes
ni para dialogar ni negociar. Era exactamente un presidente de transición.
Las acusaciones de violaciones a los derechos humanos complicaban el apoyo
estadounidense al Ejército salvadoreño, mientras que los
gobiernos de México y Francia ha- bían reconocido a la guerrilla
como una fuerza política representativa, reconocimiento al que
se adhirieron otros gobiernos europeos.
La llamada declaración franco-mexicana fue un duro revés
político para el gobierno y dejaba sin lugar las acusaciones a
la guerrilla de ser terroristas al servicio del comunismo internacional.
Definitivamente a principios de ese año el movimiento guerrillero
tenía la iniciativa estratégica. Fue en el mes de marzo
de ese año que vino el Papa a El Salvador.
Recuerdo que los miembros del equipo de producción de la radio
estábamos en una reunión con los máximos comandantes
del ERP, en los llanos de Agua Blanca, cerca del río Torola, precisamente
para discutir los contenidos editoriales del programa de cara al fuerte
impacto político, que con toda seguridad tendría la visita
al país de Juan Pablo Segundo.
Una comandante guerrillera, célebre por sus ocurrencias en ese
tipo de reuniones, expresó: Ya vino Bush (vicepresidente
en esa época), Jane Kirkpatrick (embajadora en la ONU), vendrá
Caspar Weimberger (secretario de Defensa) y ahora viene el Papa; nos han
echado la batería pesada. Claro, los sandinistas asaltaron
el poder en Nicaragua, en un contexto totalmente diferente. Ellos ganaron
la guerra en tiempos de Carter cuando el bloque soviético había
acorralado a los Estados Unidos en diferentes puntos del planeta.
Pero en 1983, las cosas eran muy distintas. Reagan había trazado
una raya para detener el expansionismo soviético y esa raya se
trazó precisamente sobre nuestro país. Margaret Thatcher,
la Dama de Hierro, había provocado el resurgimiento del pensamiento
liberal en toda Europa Occidental. Mientras tanto, como resultado fundamentalmente
de la confrontación moral de Juan Pablo Segundo, el que hasta entonces
parecía el granítico campo comunista de naciones, comenzaba
a crujir, de forma especial en Polonia.
Una cosa me quedó muy clara en aquella reunión en el frente
de guerra: la comandancia guerrillera le tenía más miedo
a las palabras que el Papa podría pronunciar que a la inminente
llegada de más batallones de reacción inmediata. Lo ocurrido
en Managua, el 4 de marzo, cuando Juan Pablo Segundo le metió una
tremenda regañina a Ernesto Cardenal, sacerdote y ministro de Cultura
de los sandinistas y ordenó silencio a la exaltada multitud, no
dejaba de preocupar a los comandantes.
La dirección guerrillera (en donde había no pocos ateos)
estaba en el peor de los mundos: atacar al Papa era de lo más impolítico,
fingir indiferencia o hacerse la vendedora de panes, era mostrar poca
sensibilidad ante un pueblo mayoritariamente católico; aplaudir
sus palabras hubiese sido avalar su rechazo al comunismo y al socialismo
estilo soviético, al cual el FMLN se suscribía de manera
poco velada. Al final se optó por darle una cordial bienvenida
a través de la radio y comentar con cuidado sus frases menos comprometedoras
con los intereses guerrilleros.
Y, sin embargo, las palabras de Juan Pablo Segundo no fueron para atacar
o defender nada, sino para hacer un vehemente llamado, con un extraordinario
respaldo moral, a la solución pacífica por la vía
del diálogo, en aquellos días una mala palabra en la derecha
y solamente una táctica en la izquierda. Quiera Dios que
mi visita haya abierto el camino del perdón y que pronto la reconciliación
entre hermanos florezca en este país. Pasaron ocho tristísimos
años para que ese deseo se hiciese realidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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