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Norman Quijano
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
San Salvador necesita un concejo moderno, que trabaje para hacer de
nuestra capital una ciudad más próspera y segura, siendo
las próximas elecciones una valiosa oportunidad para cambiar el
actual rumbo de la comuna, la cual no sólo se ha estancado, sino
que está en un franco retroceso.
El alcalde debe ser un coordinador de esfuerzos e iniciativas, con liderazgo,
que cuente con el apoyo de un concejo integrado con ciudadanos honestos,
que posean un marcado espíritu de servicio y gran capacidad para
ejecutar proyectos en beneficio de los capitalinos.
Entre los retrocesos de la alcaldía se pueden mencionar: el abandono
de proyectos sociales como centros de desarrollo integral (guarderías),
alimentación de niños, obras de infraestructura para recuperar
o mitigar la pobreza en comunidades en vías de desarrollo, ornato
prácticamente desaparecido, ausencia de campañas de fomento
de valores cívicos, morales y culturales; incrementos abusivos
en tarifas de iluminación, recolección basura, extensión
de partidas de nacimiento, defunción y solvencias, manejo administrativo
y financiero muy cuestionado y poco transparente al otorgar mega-proyectos
sin licitaciones, así como dietas de concejales incrementadas más
allá del 400 por ciento, todo lo cual ha provocado un endeudamiento
desmedido.
El problema administrativo y financiero de la alcaldía es grave.
Por ejemplo, el próximo gobierno municipal no podrá disponer
de los Fondos de Desarrollo Económico y Social (Fodes) que otorga
el Gobierno Central, debido a que la actual comuna los ha dado en garantía
para un préstamo de 100 millones de colones con un banco local.
En mayo de 2001, la alcaldía dio como garantía de dicho
préstamo una orden irrevocable de descuento aceptada por el Instituto
Salvadoreño de Desarrollo Municipal (Isdem). Este empréstito
se terminará de pagar en mayo de 2011.
Para revertir esta incapacidad, se requiere una alcaldía que trabaje
en armonía y en coordinación con el Gobierno Central, la
empresa privada, iglesias, ONG, organismos y gobiernos amigos, comunas
periféricas, clubes de servicio y directivas de vecinos, todos
abrazando el credo del orgullo de ser capitalinos, creando un sentido
de pertenencia, ya que no se puede seguir trabajando como si la Alcaldía
de San Salvador fuera una isla al servicio de un partido político.
San Salvador es una ciudad cada vez más insegura e inhumana, por
lo que es indispensable reencontrar nuestras raíces y recuperar
la identidad de los habitantes de este municipio. Ha llegado el momento
de cambiar la incompetencia por la competencia, la insensibilidad por
la sensibilidad y el abuso por la honestidad, pero, sobre todo, la feroz
lucha entre ortodoxos y renovadores en el concejo, porque a los capitalinos
lo que nos interesa es recibir buenos y oportunos servicios, con tarifas
justas. Personalmente, estoy preparado para este desafío porque
conozco los problemas y tengo propuestas de solución integrales.
Necesitamos una ciudad moderna, que mejore la calidad de vida de sus habitantes;
competitiva, que asegure un clima favorable, tanto a las inversiones locales
como extranjeras; cómoda, para transportarse, desplazarse con seguridad,
y atractiva, con calles, parques, plazas y jardines limpios.
Sólo se podrán lograr estos objetivos si se tiene un conocimiento
de los problemas desde sus raíces, para buscar soluciones permanentes
mediante la integración y coordinación de acciones, además
de la participación de la ciudadanía para hacerla parte
y partícipe del desarrollo, así como una gestión
con honestidad, eficiencia y eficacia.
Así como constitucionalmente se reconoce que la persona humana
es el origen y fin de la actividad del Estado, el centro y la razón
de ser del trabajo municipal deben ser los capitalinos, basado en principios
de solidaridad, subsidiaridad, progresividad y participación activa.
Sin embargo, durante las últimas administraciones los concejos
se han dedicado a resolver problemas internos partidarios y han descuidado
la verdadera razón de ser de su gestión. En política,
como en cualquier actividad humana, los conflictos permanentes e inmutables
aniquilan la imaginación, deprimen el espíritu y socavan
las posibilidades de alcanzar acuerdos para beneficio de los demás.
*Subjefe fracción ARENA.

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