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La nota del
día
No tengáis miedo
¡Arrancad las puertas!
Abrid, no, ¡Arrancad las
puertas para Cristo! Abrid, con su poder salvador, las fronteras de los
estados, de los sistemas económicos y políticos
Publicada 7 de abril 2005, El Diario de Hoy
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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace veintiséis años, al ascender al trono de Pedro, Juan
Pablo II marcó el sendero por el que iba a guiar a la Iglesia y
al mundo. En su primer mensaje lo dijo:
El Nuevo Obispo de
Roma asume este día la misión de Pedro. Fue en esta ciudad
que el Apóstol cumplió verdaderamente con el mandato que
el Señor le impuso al decirle: Cuando tú eras joven,
tú mismo decidías e ibas según tus deseos, pero ahora
que eres viejo otro te va a dirigir hacia lugares a donde tu no deseas
ir. Así llegó Pedro a Roma, al corazón
del Imperio Romano.
Tal vez el pescador de Galilea no quería venir acá. Tal
vez habría preferido estar en las riberas del mar de Genesaret,
cerca de su barco, cerca de sus redes. Sin embargo Pedro dejó que
el Señor lo guiara; cumpliendo con su responsabilidad, Pedro vino
a Roma. Pero al iniciar Nerón las persecuciones contra los cristianos,
intentó Pedro huir de Roma y al salir de la ciudad se encontró
de nuevo al Señor: ¿Quo vadis, domine?, preguntó
Pedro al Señor, y el Señor le contestó: Yo
voy a Roma a ser crucificado de nuevo. Entonces Pedro volvió
a Roma y se quedó allí hasta su propia crucifixión.
¿Quién no se estremece ante la grandeza de este llamado
y el mandato universal de esta silla romana? Pues hoy asciende al Trono
de Pedro alguien que no es romano sino que es un hijo de Polonia, pero
que en estos momentos va a ser romano. Sí, un romano, pues él
es hijo de una nación que durante un milenio, en una fuerte, viva
y nunca interrumpida tradición, ha permanecido fiel al trono de
Pedro. ¡Cuán misteriosa es la voluntad de Dios! Por eso,
el Nuevo heredero de Pedro eleva su voz en una plegaria encendida y humilde,
pero llena de seguridad y de fe. ¡Oh ,Cristo, déjame conocer
tu poder! ¡Hazme un servidor de tu dulce poder! ¡Hazme un
servidor de tu poder y que nunca desfallezca! Aun más, ¡hazme
el servidor de todos tus servidores!
¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de recibir
a Cristo y reconocer su Poder! Ayuda al Papa y a todos aquellos que quieren
servir a los hombres y a la humanidad. ¡No tengáis miedo!
Abrid, no, ¡Arrancad las puertas para Cristo! Abrid, con su poder
salvador, las fronteras de los estados, de los sistemas económicos
y políticos, abrid los amplios campos de la civilización
y de la cultura y del desarrollo. ¡No tengáis miedo!
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El luminoso legado de Juan Pablo II
Al final de su reinado, es enorme lo que Juan Pablo nos deja: la liberación
de los pueblos oprimidos por el comunismo, la apertura de la Iglesia a
las comunidades no cristianas, la lucha contra las nuevas herejías,
el ejemplo de su estoicismo. Nos dice el periódico alemán
Die Welt: El rostro adolorido de Juan Pablo II va a
quedar en el recuerdo de los hombres por mucho tiempo, como una señal
de la aceptación sin condiciones del sufrimiento y la enfermedad.
Fue una lenta y pública muerte ante millones de ojos. Hasta
en sus últimas horas hizo valer, el polaco sobre el trono de Pedro,
su dignidad
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