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Rodrigo Chávez
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Juan Pablo, el Grande, así llamó a Su Santidad
Juan Pablo II el historiador italiano, Marco Polito. Un gran hombre y
un gran servidor de Dios en tiempos difíciles. Cuando en 1978 el
cardenal polaco Karol Wojtyla fue electo el primer Papa no italiano en
500 años, la Iglesia se encontraba sumida en una red de teorías
de conspiración sobre la muerte de Juan Pablo I. Sin embargo, Juan
Pablo II rápidamente reemplazó las dudas y las intrigas
con la fe cristiana.
Uno de sus legados más importantes fue su lucha contra los sistemas
comunistas. El Papa luchó contra el arma más poderosa de
los sistemas comunistas, el miedo. No tengáis miedo,
decía el Papa. Joseph Stalin preguntaba años atrás
en una conversación con Winston Churchill.
¿Y cuántas divisiones militares tiene el Papa?.
Juan Pablo II le dio la respuesta con la caída del Muro de Berlín
en 1989. El Papa y al ex presidente estadounidense Ronald Reagan fueron
los artífices del fin del comunismo.
Mientras Reagan obligaba a la Unión Soviética a una carrera
armamentista, el Papa predicaba la Palabra de Dios en los países,
oficialmente ateos, de Europea del Este.
Lech Walesa, el líder del Movimiento de Solidaridad, de Polonia,
dijo: Sabemos lo que el Papa ha hecho. Cincuenta por ciento del
fin del comunismo se debió a él.
En su viaje a El Salvador en 1983, el Papa fue muy claro cuando pidió
a los sacerdotes salvadoreños y los movimientos de izquierda, el
no instrumentalizar ni politizar la memoria de monseñor Romero.
Además, le exigió al clero católico el dedicarse
a cuidar a sus fieles y abandonar la lucha política.
El Papa se convirtió en el pastor del mundo occidental. Así
como el Dalai Lama se ha convertido en una fuerza moral en el mundo oriental,
el Papa se convirtió en la voz moral de Occidente. El Papa fue
el líder espiritual más influyente, más popular y
más querido en todo Occidente.
El otro legado de Juan Pablo II ha sido su reconocimiento que, en un mundo
cada vez más pequeño, la Iglesia Católica no podía
mantenerse aislada del resto de religiones. El Papa hizo grandes esfuerzos
por mejorar las relaciones entre el Vaticano y el mundo musulmán
y judío. Un hecho memorable es cuando el Papa pidió perdón
a lo judíos por el silencio de la Iglesia durante el Holocausto.
En su visita a Siria en 2001, se convirtió en el primer Pontífice
en ingresar a una mezquita para rezar ante la tumba de Juan, el Bautista.
El mantener las mejores relaciones posibles con el Medio Oriente fue una
de las prioridades de su papado. Incluso, esto explica por qué
sus posiciones en cuanto al Medio Oriente eran tan diferentes a las políticas
de Washington. Durante la Guerra Fría, la Casa Blanca y el Vaticano
coincidían en muchos puntos. Sin embargo, en cuanto al Medio Oriente,
sus posiciones han sido muy distintas.
Juan Pablo II reconoció que la globalización y la electrónica
exigían una nueva forma de predicar la fe. Por ello, una sus prioridades
fue viajar por todo el mundo. Ningún Pontífice viajó
a tantos lugares y tomó contacto con tantas personas. Desde Albania
a Azerbaiján, a El Salvador, a Brasil, a la India, a Kenia y al
Congo, el Papa predicó el mensaje del cristianismo.
La última lección de Su Santidad fue durante su muerte.
Aun agonizando el Papa se rehusó a que le diesen una muerte artificial
y le quitasen los equipos que lo mantenían con vida. Esto contrasta
con las recientes decisiones judiciales en Estados Unidos, que autorizaron
que no se le diese más apoyo de equipos médicos a Terri
Schiavo.
Esto, por supuesto, causó la muerte de Schiavo. Aun en sus últimos
momentos, el Papa nos dejó el mensaje que sólo Dios puede
quitar la vida.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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