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Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
pintorbalaguer@yahoo.com
Al final todos ellos eran ilusión, engaño, artificio fugaz
de lo eterno, muerte del ego, olvido, sobras de la existencia.
Tan sólo el desierto conoció mi última victoria.
Tan sólo yo pude oír su voz cuando calló la vida.
Entonces pasó el último monzón, que es el vendaval
que borra nuestro grito, entre las dunas desnudas; en las arenas de oro
de aquel valle de silencio. Al cerrar los ojos vi que el desierto estaba
en mi propio corazón. Que la voz del aire era tan de la estepa
y de mi vida.
Por eso tus ojos son lejanos dijo la voz, porque de
tanto ver el horizonte se convirtieron en distancia y espejismo.
Allá quedaron en los bordes del mundo: el hombre y la brisa, el
sueño y la victoria. Los tigres no volvieron desde la profundidad
de aquella aurora. Donde se pueden amar el hombre y el viento, el alma
y la soledad. Donde decimos nuestros nombres y cosas que sólo Dios
sabrá...
Al final, decir que nos dejó la vida en esa tierra extraña.
Que fue posible amarnos los nómadas del destierro. Aquellos que
fueron tras su estrella y se convirtieron en estrella. Que fueron lejos
y se convirtieron en distancia. Como la misma mirada del viento de las
dunas, que era lejana como los peligrosos espejismos. Esas engañosas
alucinaciones que arrastran nuestra felicidad a una muerte segura. En
el mismo universo del hombre que pasó, como la última llovizna.

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