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Óscar
Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Profundamente consternados, pero con sentimientos de fe y esperanza,
hemos recibido la noticia de la muerte de Juan Pablo II, que al igual
que Cristo, pasó por este mundo haciendo el bien. Su paso a la
eternidad lo esperó con lucidez y serenidad cristiana.
Karol Wojtyla Koczowska es el nombre de pila de quien llegaría
a ser Juan Pablo II, Pontífice número 264 de la Iglesia
Católica. Había nacido un 18 de mayo de l920 en Wadowice,
Polonia. Era hijo de un militar del ejército austro-húngaro
y de una mujer siciliana de origen lituano. El 16 de octubre de 1978 fue
elegido canónicamente como Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro.
Con su elección se había roto una tradición de más
de 400 años de elegir papas italianos.
El Papa como obispo de Roma y sucesor de San Pedro es el principio y fundamento
perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre
de fieles. Su poder es espiritual en favor de toda la Iglesia, haciendo
presente el ministerio de Pedro. Gobierna pastoralmente la Iglesia y el
Estado del Vaticano ayudándose de la Curia romana, que, con carácter
verdaderamente eclesial, actúa en nombre y con la autoridad de
él, en el servicio de las iglesias y al servicio de los pastores.
En las iglesias locales se hace representar por los nuncios apostólicos
que cuidan los contactos con los responsables de las naciones y de las
instituciones internacionales.
Los años de su pontificado fueron fecundos en apostolado, fortaleció
día a día la fe del pueblo de Dios, supo intervenir con
la fuerza de la verdad y del Evangelio frente a los innumerables desafíos
presentados por las mega tendencias de la época, orientando con
prudencia, valentía y sabiduría evangélica. Sus numerosos
viajes pastorales hicieron de su pontificado un Papa peregrino que proclamó
de nación en nación la enseñanza de Cristo, favoreciendo
la unidad, estimulando el dinamismo de las iglesias particulares y saliendo
al encuentro de todos los pueblos, razas y culturas sin distinción
de credos o ideologías políticas, enarbolando ante todos
la cruz de Cristo Salvador.
Su gran capacidad para el diálogo, sinceridad y transparencia le
granjearon la admiración y respeto de católicos y no católicos,
de gobernantes y políticos de todas las tendencias.
George Bush, ex presidente de Estados Unidos dijo de él: Juan
Pablo II ha despertado la conciencia del mundo. Abogado de los pobres,
de los oprimidos y desheredados, lucha con toda su autoridad moral en
contra de la indiferencia y el despotismo y a favor del respeto a la dignidad
humana. Juan Carlos I, Rey de España, lo cataloga como un
hombre de Dios y hombre del Espíritu a quien el pueblo ama, porque
se siente amado por él y a quien comprende porque se siente comprendido
por él. Mijail Gorbachev, ex presidente de la Unión
Soviética ha expresado: Es un Papa que no ha decepcionado
las múltiples esperanzas que los hombres de nuestro tiempo han
puesto en él. Yo no soy católico, pero siento hacia él
un profundísimo respeto y un sincero afecto.
En sus viajes a América encontró iglesias vivas y dinámicas,
que con su espíritu emprendedor, se habían preparado para
evangelizar incluso a otros continentes. El Papa en varias ocasiones se
expresó diciendo que la iglesia latinoamericana estaba llamada
a ser protagonista en el Tercer Milenio del cristianismo, y la invitaba
a ser fieles a la identidad católica y a renovar profundamente
sus personas y estructuras para ofrecer al mundo una fisonomía
auténticamente evangélica.
Los mensajes del Papa siempre fueron escuchados por personas de todas
las categorías sociales, a las que les hablaba con claridad, profundidad
evangélica y eclesial. Sus numerosos mensajes estuvieron al servicio
de la verdad, de la justicia, de la defensa de la vida, del amor y de
la paz. Su puesto de Pastor Universal le llevó a tener contacto
con toda clase de personas: Reyes, reinas, gobernantes, intelectuales,
obreros, profesionales, jóvenes, familias y peregrinos de todo
el mundo. Fue particularmente sensible con los jóvenes, por los
que tenía un imán muy especial.
Dios le había concedido la gracia de amarlos y les hablaba siempre
como un padre y alguien que quería compartir con ellos alegrías
y tristezas, gozos y esperanzas. Les invitaba continuamente a construir
un mundo más humano y más cristiano, les pedía no
tener miedo y ser testigos de Cristo en la sociedad. Cuántas veces
le escuchamos decir: ¡Buscad a Cristo! ¡Mirad a Cristo! ¡Vivid
en Cristo!
Cuando fue elegido nuevo Papa, al dirigirse por primera vez a la multitud
de fieles que esperaba inquieta en la Plaza de San Pedro, les dijo: Nos
sentimos todavía muy apenados por la muerte del amadísimo
Juan Pablo I. Hoy los cardenales han llamado a un nuevo obispo de Roma.
Lo han llamado de un país lejano, pero siempre he estado cercano
en la comunión de la fe y de la tradición cristiana. Me
presento a todos vosotros, para confesar nuestra fe común, nuestra
esperanza, nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia, con
la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres.
El Papa ha muerto, pero sigue vivo en el corazón de la humanidad
con sus mensajes de fe y esperanza. Agradecemos a Dios haber enviado al
mundo un Papa como Juan Pablo II, cuyo corazón era tan grande como
las arenas que hay sobre las playas del mar.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

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