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Una mirada de fe
La cultura de la violencia

El Papa ha muerto, pero sigue vivo en el corazón de la humanidad con sus mensajes de fe y esperanza. Agradecemos a Dios haber enviado al mundo un Papa como Juan Pablo II.

Publicada 3 de abril 2005, El Diario de Hoy

Óscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Profundamente consternados, pero con sentimientos de fe y esperanza, hemos recibido la noticia de la muerte de Juan Pablo II, que al igual que Cristo, pasó por este mundo haciendo el bien. Su paso a la eternidad lo esperó con lucidez y serenidad cristiana.

Karol Wojtyla Koczowska es el nombre de pila de quien llegaría a ser Juan Pablo II, Pontífice número 264 de la Iglesia Católica. Había nacido un 18 de mayo de l920 en Wadowice, Polonia. Era hijo de un militar del ejército austro-húngaro y de una mujer siciliana de origen lituano. El 16 de octubre de 1978 fue elegido canónicamente como Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro. Con su elección se había roto una tradición de más de 400 años de elegir papas italianos.

El Papa como obispo de Roma y sucesor de San Pedro es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles. Su poder es espiritual en favor de toda la Iglesia, haciendo presente el ministerio de Pedro. Gobierna pastoralmente la Iglesia y el Estado del Vaticano ayudándose de la Curia romana, que, con carácter verdaderamente eclesial, actúa en nombre y con la autoridad de él, en el servicio de las iglesias y al servicio de los pastores. En las iglesias locales se hace representar por los nuncios apostólicos que cuidan los contactos con los responsables de las naciones y de las instituciones internacionales.

Los años de su pontificado fueron fecundos en apostolado, fortaleció día a día la fe del pueblo de Dios, supo intervenir con la fuerza de la verdad y del Evangelio frente a los innumerables desafíos presentados por las mega tendencias de la época, orientando con prudencia, valentía y sabiduría evangélica. Sus numerosos viajes pastorales hicieron de su pontificado un Papa peregrino que proclamó de nación en nación la enseñanza de Cristo, favoreciendo la unidad, estimulando el dinamismo de las iglesias particulares y saliendo al encuentro de todos los pueblos, razas y culturas sin distinción de credos o ideologías políticas, enarbolando ante todos la cruz de Cristo Salvador.

Su gran capacidad para el diálogo, sinceridad y transparencia le granjearon la admiración y respeto de católicos y no católicos, de gobernantes y políticos de todas las tendencias.

George Bush, ex presidente de Estados Unidos dijo de él: “Juan Pablo II ha despertado la conciencia del mundo. Abogado de los pobres, de los oprimidos y desheredados, lucha con toda su autoridad moral en contra de la indiferencia y el despotismo y a favor del respeto a la dignidad humana”. Juan Carlos I, Rey de España, lo cataloga como “un hombre de Dios y hombre del Espíritu a quien el pueblo ama, porque se siente amado por él y a quien comprende porque se siente comprendido por él”. Mijail Gorbachev, ex presidente de la Unión Soviética ha expresado: “Es un Papa que no ha decepcionado las múltiples esperanzas que los hombres de nuestro tiempo han puesto en él. Yo no soy católico, pero siento hacia él un profundísimo respeto y un sincero afecto”.

En sus viajes a América encontró iglesias vivas y dinámicas, que con su espíritu emprendedor, se habían preparado para evangelizar incluso a otros continentes. El Papa en varias ocasiones se expresó diciendo que la iglesia latinoamericana estaba llamada a ser protagonista en el Tercer Milenio del cristianismo, y la invitaba a ser fieles a la identidad católica y a renovar profundamente sus personas y estructuras para ofrecer al mundo una fisonomía auténticamente evangélica.

Los mensajes del Papa siempre fueron escuchados por personas de todas las categorías sociales, a las que les hablaba con claridad, profundidad evangélica y eclesial. Sus numerosos mensajes estuvieron al servicio de la verdad, de la justicia, de la defensa de la vida, del amor y de la paz. Su puesto de Pastor Universal le llevó a tener contacto con toda clase de personas: Reyes, reinas, gobernantes, intelectuales, obreros, profesionales, jóvenes, familias y peregrinos de todo el mundo. Fue particularmente sensible con los jóvenes, por los que tenía un imán muy especial.

Dios le había concedido la gracia de amarlos y les hablaba siempre como un padre y alguien que quería compartir con ellos alegrías y tristezas, gozos y esperanzas. Les invitaba continuamente a construir un mundo más humano y más cristiano, les pedía no tener miedo y ser testigos de Cristo en la sociedad. Cuántas veces le escuchamos decir: ¡Buscad a Cristo! ¡Mirad a Cristo! ¡Vivid en Cristo!

Cuando fue elegido nuevo Papa, al dirigirse por primera vez a la multitud de fieles que esperaba inquieta en la Plaza de San Pedro, les dijo: “Nos sentimos todavía muy apenados por la muerte del amadísimo Juan Pablo I. Hoy los cardenales han llamado a un nuevo obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano, pero siempre he estado cercano en la comunión de la fe y de la tradición cristiana. Me presento a todos vosotros, para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza, nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres”.

El Papa ha muerto, pero sigue vivo en el corazón de la humanidad con sus mensajes de fe y esperanza. Agradecemos a Dios haber enviado al mundo un Papa como Juan Pablo II, cuyo corazón era tan grande como las arenas que hay sobre las playas del mar.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com


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