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Mario
Rosenthal*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El resultado de la violencia cae dentro de los delitos y se interpreta
según el Código Penal. El delito puede ser declarado como
grave, mereciendo la máxima pena, o leve, con penas risibles, aprovechando
las muchas atenuantes que contiene la ley. Pero no vamos a entrar en polémica
sobre la materia legal, porque lo que nos interesa es el aspecto psicológico
y social que la violencia juega entre nosotros.
La enorme cantidad de muertos, lesionados y dañados durante las
vacaciones de Semana Santa recién pasadas es evidencia de que la
cultura de la violencia que el país siempre ha sufrido ha llegado
a proporciones de crisis. Lo que deseamos recalcar es que la proliferación
de las maras y la degeneración de nuestra sociedad, en gran parte,
está fundamentada en nuestra cultura de la violencia.
Los delitos contra la propiedad son fáciles de interpretar, mientras
que los delitos contra la vida y la integridad personal muchas veces parecen
cosa de locos y caprichosos. Entre ellos se encuentran los asaltos o ataques,
lesiones y, desde luego, el homicidio y asesinato.
No todos estos están contenidos en el Código Penal Salvadoreño,
pero sí están incluidos en los estudios de la psicología
anormal (irregular), que es el tema de nuestro artículo.
Lo que para una cultura es completamente normal, para otra es monstruoso.
Los salvadoreños aceptan vivir en un medio donde los problemas
y las diferencias se resuelven con la violencia.
Se ha comprobado en la práctica lo que los psicólogos habían
concluído e incluido en los textos sobre la conducta irregular.
La sociedad salvadoreña ha permitido el desarrollo de una cultura
de la violencia sin intentar controlar las causas principales de la extrema
violencia, que llega a su máximo grado durante las fiestas y fines
de semana, que son el abuso del alcohol y la proliferación de armas
letales, pistolas, cuchillos y machetes.
Aunque lo más corriente es una discusión o diferencia en
una pequeña reunión de amigos, en casa o en un lugar público,
pero cualquier actividad que reúna a un grupo de personas, como
un baile o una fiesta patronal, es un lugar apto para escenas de agresión
y violencia.
El uso de la violencia se ha incorporado al patrón cultural de
los salvadoreños, según sociólogos reconocidos. En
España, Francia, Grecia o Italia, por ejemplo, se llegan a las
discusiones acaloradas, incluso a los gritos, pero a ninguno se le ocurre
darse de puñetazos o acudir a la agresión física.
Dice el director del Instituto de Opinión Pública de la
UCA, en un artículo que publicó en este periódico:
Hasta por una mala mirada se comete un homicidio. La cultura
de una sociedad se desarrolla a través de los siglos; si se ignoran
sus fallas, nunca se corregirán.
Los 3,785 accidentes de tránsito que han causado 211 muertos hasta
la fecha este año se deben en su mayor parte a la cultura de la
violencia. Esto tal vez no lo acepta la mayor parte de la gente, porque
no ve la relación entre los accidentes de tránsito y la
cultura de la violencia. Pero cuando analicen qué motiva al motorista
de una rastra sobrecargada de caña a virar sin precaución
y causar un accidente en el que resultan varios muertos, obviamente hallarán
que se debe al orgullo y arrogancia del conductor.
También lo es la insistencia de manejar en estado de ebriedad,
que es la causa de la mayor parte de los accidentes de tránsito
los fines de semana y durante las fiestas.
Estamos rodeados de ejemplos de la cultura de la violencia, lo vemos en
muchas de nuestras relaciones humanas, como cuando la dueña de
un negocio sufre un ataque al corazón por el disgusto que le causa
un empleado malcriado, que por la cultura de la violencia no la respeta
e insulta.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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