|
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El drama de Terri Schiavo llegó a su fin. Nadie nunca podrá
dirimir, entre las posturas asumidas por los padres de la joven por una
parte y el esposo por la otra, a quién asistió la razón.
Los tribunales, incluyendo la Corte Suprema de los Estados Unidos, terminaron
por ordenar que se retiraran los tubos que mantenían viva a Terri;
sus padres, muchas organizaciones pro vida y el hermano del Presidente
Bush, Jeb, continuaron su lucha hasta el final, pero la naturaleza terminó
apiadándose de ella.
Científicamente, Terri Schiavo tenía muerte cerebral; lo
que podía esperarse era un milagro, pues milagros han ocurrido
y personas que por años estuvieron convertidas en vegetales,
de pronto recuperaron su conciencia y reanudaron su vida. Pero las probabilidades
son muy pequeñas y no se puede saber si los pacientes sufren en
esa condición, como cuando alguien sueña con enorme angustia
que está paralizado.
El drama de Terri se repite todo el tiempo y es similar al del Alzheimer;
hombres y mujeres que en su momento fueron inteligentes, encantadores,
esforzados y amorosos con sus familias, de pronto se desvanecen aunque
sigan vivos, respirando, nutriéndose y con buena parte de sus órganos
en buen estado. Eso sucedió a Ronald Reagan, uno de los más
grandes presidentes de Estados Unidos. Es un drama con el que casi todos
nosotros, en una forma u otra, entramos en contacto. Y siempre maravilla
ver la abnegación con que a esos muertos en vida se les protege,
se les cuida y se les acompaña hasta el final.
Pocos recursos y mucho sufrimiento
Hay consideraciones adicionales. Si los enfermos son una carga pública,
mantenidos en hospitales estatales, a corto plazo se plantea una difícil
cuestión moral: ¿Es del caso seguir sosteniendo vivo a un
individuo clínicamente muerto, cuando esos recursos los necesitan
otros para curarse de graves dolencias? En los países pobres como
el nuestro, es mejor emplear los escasos recursos disponibles en prevenir
que en curar. Al presentarse casos sin remedio o males degenerativos,
el enfermo terminal es abandonado a su suerte: el hospital llama a los
familiares, cuando los hay, y les entrega al enfermo para que vaya a su
casa a bien morir, rodeado del calor de los suyos.
Hay quienes rehúsan enviar a los moribundos a un hospital, pensando
que los pocos días que vivan de más son a cambio de mayor
sufrimiento, de tubos y alimentación artificial, en ambientes extraños.
Además las familias pueden arruinarse con las cuentas que los solícitos
médicos y centros hospitalarios pasan, incluido aquello de no entregar
el cuerpo mientras no se haya pagado.
Cada familia debe tomar su propia decisión respecto a pacientes
sostenidos por medios artificiales. Para muchos y hay casos que
admiramos grandemente, la primera obligación es prolongar
la vida; otros, en cambio, piensan que se deben evitar innecesarios padecimientos.
En los hospitales del tercer mundo, en los que hacen falta camas, medicinas,
tiempo de médicos, disponibilidad de aparatos, los médicos
jefes son los que en última instancia deciden; los enfermos no
pueden protestar y las familias no disponen de medios para exigir nada.
Lo que quedó claro es que los padres de Terri no pudieron afrontar
los litigios de la contraparte: el esposo. Amor y convicción contra
fríos abogados.

|