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Monseñor Romero en Westminster

En la medida en que los salvadoreños erijamos ese monumento a monseñor Romero a través de nuestras acciones, en esa medida se cumplirá su profecía de resurrección en el pueblo salvadoreño.

Publicada 31 de marzo 2005, El Diario de Hoy


José Miguel Cruz
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Siempre me llamó la atención el gesto por parte de la Iglesia de Inglaterra de colocar la imagen de monseñor Óscar Arnulfo Romero junto a otras nueve imágenes de mártires cristianos del Siglo XX, en el frontispicio oeste de la Abadía de Westminster, en pleno centro de Londres. No sólo porque la iglesia que lo reconocía públicamente como un mártir cristiano era otra distinta a la católica, sino porque además la abadía, en algún momento, ha rendido homenaje y culto al poder y a la idea de la hegemonía imperialista occidental.

La Abadía de Westminster es el lugar en donde por cientos de años han sido coronados los reyes ingleses, varios de ellos cabezas del imperio británico de los siglos XVIII al XX; es el lugar también en donde se ha sepultado a varios ingleses notables, y es el lugar en donde se rinde homenaje a varios de sus héroes de guerra. Sin embargo, es allí mismo, en su fachada más reconocida alrededor del mundo, en donde la Iglesia Anglicana decidió rendir homenaje a los mártires cristianos del siglo pasado.

Junto a la imagen de monseñor Romero se encuentran la de Martin Luther King, el activista de los derechos civiles en Estados Unidos; la de Maximilian Kolbe, el cura polaco que ofreció su vida por la de un prisionero en Auschwitz-Birkenau, y quien fue canonizado por el Papa Juan Pablo II en 1981, y la de otros siete mártires cristianos de diversos lugares del mundo.

La presencia de la imagen de monseñor Romero en uno de los templos más simbólicos del mundo, muy lejano de nuestra propia realidad e historia, sólo pone de manifiesto la universalidad que ha logrado la memoria de nuestro obispo mártir.

Como bien se ha dicho en otros lados, monseñor Romero se ha convertido en el salvadoreño más universal, porque constituye uno de los símbolos más claros del compromiso cristiano por la construcción de un mundo con justicia y verdad. La trascendencia de monseñor Romero no radica, sin embargo, en la presencia de su imagen en diversas partes del mundo o en el reconocimiento y en los monumentos que diversas iglesias decidan ofrecerle.

La trascendencia de nuestro obispo asesinado radica en el legado de sus propias palabras, en su mensaje de esperanza, de justicia y de paz para un pueblo violentado, atribulado y sin esperanzas.

A pesar de la indiferencia de algunos sectores y de la manipulación de otros en El Salvador, veinticinco años después de su muerte martirial, monseñor Romero se ha convertido en un símbolo universal de la fe cristiana, de la fe que es capaz de ofrecer la vida en el esfuerzo por lograr la justicia para los más necesitados. Monseñor Romero se convirtió en la encarnación de aquel sermón que resume al cristianismo y que entre otras cosas dice: “Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de Dios”.

La trascendencia de monseñor Romero no radica sólo en la asunción de la opción preferencial por los pobres, sino en que dicho compromiso fue asumido desde el poder transformador de la palabra y no desde el poder degradante de la violencia. Aun hoy en día, muchos no comprendieron esto y siguen apelando a la violencia y a la injusticia para transformar al mundo o para mantenerlo inamovible y defender sus intereses. Por ello, unos y otros ya no pueden ofrecer esperanza, porque ellos mismos intentaron terminar con ella a través de la violencia y la intolerancia.

Por ello, monseñor Romero y su palabra vencen las barreras geográficas y culturales para erigirse como el símbolo de un cristianismo basado en la paz y la justicia. Dicho símbolo es el que se inserta en los monumentos del poder, quizás como una forma de brindar la redención y de devolver la esperanza que los mismos poderosos han perdido.

En estos días, en los cuales aún reina la violencia y la injusticia entre los salvadoreños, y en los cuales la desesperanza es alimentada por la huida que ofrecen los fundamentalismos religiosos y las promesas de una mejor vida en el norte, se hace más necesario que nunca volver al mensaje apostólico de monseñor Romero: El mensaje de la esperanza que nace de la lucha por la justicia y por la paz. En la medida en que los salvadoreños erijamos ese monumento a monseñor Romero a través de nuestras acciones, en esa medida se cumplirá su profecía de resurrección en el pueblo salvadoreño.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

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