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José
Miguel Cruz
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Siempre me llamó la atención el gesto por parte de la
Iglesia de Inglaterra de colocar la imagen de monseñor Óscar
Arnulfo Romero junto a otras nueve imágenes de mártires
cristianos del Siglo XX, en el frontispicio oeste de la Abadía
de Westminster, en pleno centro de Londres. No sólo porque la iglesia
que lo reconocía públicamente como un mártir cristiano
era otra distinta a la católica, sino porque además la abadía,
en algún momento, ha rendido homenaje y culto al poder y a la idea
de la hegemonía imperialista occidental.
La Abadía de Westminster es el lugar en donde por cientos de años
han sido coronados los reyes ingleses, varios de ellos cabezas del imperio
británico de los siglos XVIII al XX; es el lugar también
en donde se ha sepultado a varios ingleses notables, y es el lugar en
donde se rinde homenaje a varios de sus héroes de guerra. Sin embargo,
es allí mismo, en su fachada más reconocida alrededor del
mundo, en donde la Iglesia Anglicana decidió rendir homenaje a
los mártires cristianos del siglo pasado.
Junto a la imagen de monseñor Romero se encuentran la de Martin
Luther King, el activista de los derechos civiles en Estados Unidos; la
de Maximilian Kolbe, el cura polaco que ofreció su vida por la
de un prisionero en Auschwitz-Birkenau, y quien fue canonizado por el
Papa Juan Pablo II en 1981, y la de otros siete mártires cristianos
de diversos lugares del mundo.
La presencia de la imagen de monseñor Romero en uno de los templos
más simbólicos del mundo, muy lejano de nuestra propia realidad
e historia, sólo pone de manifiesto la universalidad que ha logrado
la memoria de nuestro obispo mártir.
Como bien se ha dicho en otros lados, monseñor Romero se ha convertido
en el salvadoreño más universal, porque constituye uno de
los símbolos más claros del compromiso cristiano por la
construcción de un mundo con justicia y verdad. La trascendencia
de monseñor Romero no radica, sin embargo, en la presencia de su
imagen en diversas partes del mundo o en el reconocimiento y en los monumentos
que diversas iglesias decidan ofrecerle.
La trascendencia de nuestro obispo asesinado radica en el legado de sus
propias palabras, en su mensaje de esperanza, de justicia y de paz para
un pueblo violentado, atribulado y sin esperanzas.
A pesar de la indiferencia de algunos sectores y de la manipulación
de otros en El Salvador, veinticinco años después de su
muerte martirial, monseñor Romero se ha convertido en un símbolo
universal de la fe cristiana, de la fe que es capaz de ofrecer la vida
en el esfuerzo por lograr la justicia para los más necesitados.
Monseñor Romero se convirtió en la encarnación de
aquel sermón que resume al cristianismo y que entre otras cosas
dice: Bienaventurados los que padecen persecución a causa
de la justicia, porque de ellos es el Reino de Dios.
La trascendencia de monseñor Romero no radica sólo en la
asunción de la opción preferencial por los pobres, sino
en que dicho compromiso fue asumido desde el poder transformador de la
palabra y no desde el poder degradante de la violencia. Aun hoy en día,
muchos no comprendieron esto y siguen apelando a la violencia y a la injusticia
para transformar al mundo o para mantenerlo inamovible y defender sus
intereses. Por ello, unos y otros ya no pueden ofrecer esperanza, porque
ellos mismos intentaron terminar con ella a través de la violencia
y la intolerancia.
Por ello, monseñor Romero y su palabra vencen las barreras geográficas
y culturales para erigirse como el símbolo de un cristianismo basado
en la paz y la justicia. Dicho símbolo es el que se inserta en
los monumentos del poder, quizás como una forma de brindar la redención
y de devolver la esperanza que los mismos poderosos han perdido.
En estos días, en los cuales aún reina la violencia y la
injusticia entre los salvadoreños, y en los cuales la desesperanza
es alimentada por la huida que ofrecen los fundamentalismos religiosos
y las promesas de una mejor vida en el norte, se hace más necesario
que nunca volver al mensaje apostólico de monseñor Romero:
El mensaje de la esperanza que nace de la lucha por la justicia y por
la paz. En la medida en que los salvadoreños erijamos ese monumento
a monseñor Romero a través de nuestras acciones, en esa
medida se cumplirá su profecía de resurrección en
el pueblo salvadoreño.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El
Diario de Hoy.

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