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Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@ cinco.com.sv
Raquel Marcela, mi hija de en medio, nació justo en enero de
1992, el año y el mes en que terminó la guerra. De manera
que ese año recibí dos grandes regalos de Dios: una bellísima
niña y la paz. De alguna manera, para mí esa niña,
que ahora tiene poco más de 13, representa una casa, una familia,
una patria y una forma de ver la vida completamente nuevas.
Para Raquel Marcela la cárcel y la tortura; la sangre de estudiantes
corriendo en el asfalto; el atentado certero; la cabeza sombría
bajo el casco; la mirada roja, lejana y fanática tras la pañoleta
o el pasamontañas; la terrible angustia de la madre que busca al
hijo secuestrado o desaparecido son sólo cosas que de vez en cuando
platican los adultos o se las comentan en la asignatura de Sociales en
el colegio. Historia, pues. Cosas que pasaron hace tiempo. Cosas extrañas
dentro de esa cabecita de cabello castaño que demanda y da amor,
que tiene la certeza de un mundo y de una humanidad y de un futuro buenos.
¿Por qué empeñarse en traerle a esta pequeña
y a su generación nuestros antiguos rencores? ¿Quiénes
somos nosotros para acumularles viejas facturas pendientes de cobro o
de perdón? Ella y su generación tendrán, claro está,
que afrontar a sus propios demonios y a los ángeles que los derroten.
No serán los del pasado, pero serán. ¿Se debe entonces
guardar silencio sobre la tragedia que vivió el país?
No lo creo. El problema está en cómo hablar del pasado sin
que ello implique envenenar el presente y arriesgar el futuro. Por
qué te fuiste a una radio que transmitía desde el bosque,
papi, pregunta Raquel Marcela. ¡El bosque!, vaya manera tan
inocente de llamarle al sangriento teatro de la guerra. Lo que para mi
hija y sus compañeritos es historia con matices de fábula,
para muchos son heridas que no terminan de cicatrizar.
Lo cierto es que luego de la firma de los Acuerdos de Paz muchos han contado
su testimonio o, como dice Carlos Alberto Montaner hablando de España,
han contado sus verdades, sus medias verdades o sus mentiras, o bien han
guardado silencio cuando debieron hablar que es otra forma de mentir.
Lo que resulta, a mi juicio, reprobable es tratar de sacar mezquinas ventajas
políticas e incluso dinero a costa del pasado y los muertos. La
memoria histórica como negocio rentable.
En estos 13 años el país ha cambiando muchísimo.
El debate ha desplazado al combate como forma de zanjar diferencias políticas
y como vía para alcanzar el poder. Las cárceles clandestinas
son cosas del pasado. Las más diversas voces e ideologías
se expresan con total libertad. Lo que antes sólo se podía
decir en baja voz, en hojas secretas o desde la montaña, hoy se
dice abiertamente en el set de TCS, en la plaza pública o en el
Salón Azul de la Asamblea Legislativa.
Tenemos una Fuerza Armada profesional y respetada por la ciudadanía.
Una Policía Nacional Civil que, con todo y sus defectos, dista
mucho de aquellos siniestros cuerpos represivos. La infraestructura del
país es un ejemplo en la región y la pobreza se ha disminuido
en 20 puntos porcentuales en los últimos 10 años, de acuerdo
a cifras de organismos multilaterales.
Claro que hay cosas que no están bien: La pobreza nos sigue golpeando,
el agua es un problema, los homicidios afligen, el costo de la vida preocupa.
Sin embargo alegar que por el despido de un periodista en una empresa
privada se están cerrando los espacios a la libre expresión,
o que por la trágica muerte de un empleado en una universidad se
están reactivando los escuadrones de la muerte y que estamos retrocediendo
hacia una dictadura es, en mi opinión, la expresión de un
malsano deseo de regresar al pasado, para cobrar protagonismo y revivir
viejos heroísmos que no tienen ninguna razón de ser.
El país vivió una guerra. Hubo muertos de todas partes.
Fue tan injusta, triste y brutal la masacre de El Mozote como la de la
Zona Rosa. Es condenable el secuestro de un humilde obrero que el de un
empresario, el de un ideólogo de izquierda como el de uno de derecha.
Los derechos humanos no son cuestión de cantidades o calidades.
Se respetan o se violan. Es injusto plantear que hay muertos más
importantes que otros.
No estoy en capacidad de proponer cómo dar a conocer de la manera
más objetiva posible y en qué momento lo ocurrido en nuestra
historia reciente. De lo que estoy convencido es de que no se debe utilizar
el pasado como una forma de movilizar masas, alentar el odio, ganar votos,
financiar ONG, sacar viejos resentimientos o por simple afán de
protagonismo. Si presentar el pasado es a costa de abrir viejas heridas,
lo más sabio es, por hoy, guardar silencio para asegurar el futuro.
Raquel Marcela y su generación (la de los trece años) no
tienen nada que perdonar, ni nada por qué pedir perdón.
Nosotros tendríamos que pedírselos a ellos si no somos capaces
de legarles una paz duradera, como el bien más preciado en la convivencia
humana.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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