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Reflexiones culturales
La lata de tener que saber para hablar

No se trata de permanecer pasivo, mucho menos de aceptar sin más criterios de autoridad, a veces dudosos, ni de dejarnos avasallar por verborreas audaces de tipos a veces más ignorantes.

Publicada 29 de marzo 2005, El Diario de Hoy



Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El tema es el que en nuestra sociedad de la comunicación, al ser precisamente de masas, la calidad se ha sacrificado en aras del número, originando una baja cualitativa a todos los niveles. No voy a referirme en esta ocasión a las comunicaciones a través de “los medios”, las oficiales, las de rango cultural superior, las de organismos de la sociedad organizada, ni otras... Quiero precisar las que en forma común el ciudadano promedio realiza entre sí en la conversación cotidiana y cuando quiere discutir sobre diversas materias de la vida en sociedad, sin la pretensión de que se las trate elevadamente.

  Cuando mi generación era de niños (hace siglos, para la “cultura” juvenil actual y un segundo para la historia) se nos inculcaba una sabia verdad, tan, pero tan antigua y tan, pero tan evidente, que es de esas verdades sabias que no dejan de serlo por su sencillez, y que, por el contrario, pareciera que quien no estuviera de acuerdo con ellas si que fuera lo que se decía un tonto de capirote, lo que actualizado sería ser un lelo, o mejor aún, un pato.

Y esa máxima decía que lo correcto cuando tú entraras en una conversación —tanto por el éxito posible como conversador, como por principio de honestidad— debiera ser abordar los temas con el nivel de conocimiento que de ellos tuvieras, y si ibas a intervenir en una conversación con un tema del que supieras muy poco o nada, debías en consecuencia moderar tu participación en la escucha o haciendo preguntas sobre el particular. Desarrollemos esto.

No se trata de permanecer pasivo, mucho menos de aceptar sin más criterios de autoridad, a veces dudosos, ni de dejarnos avasallar por verborreas audaces de tipos a veces más ignorantes, pero sí de sopesar lo que en verdad nosotros sabemos del particular e igualmente cuál pudiera ser el conocimiento que nuestro interlocutor parece tener. Preguntar es siempre prudente, analizando y pidiendo las explicaciones y ampliaciones que fueran del caso. Esto es lo recomendable y lógico.

Lo que en nuestra sociedad se hace es muy distinto. ¿Será acaso porque contamos con una de las sociedades más cultas del planeta, en la que desde el catedrático hasta el que friega los suelos, todos, el taxista, el vendedor de minutas, el experto economista que estudió 10 años de universidad, el que recibió un cursillo de filosofía de dos meses, el estudiantillo de universidad imberbe, el veterano de guerra, el experimentado periodista y mil etcéteras más, todos contamos con un bagaje similar de conocimientos generales, de cultura, de criterio y experiencia para conversar y discutir sobre todo?

Excepciones aceptadas, es de suponerse que un señor de 40 años que estudió dos carreras y con una experiencia de 15 años de trabajo, por ejemplo, tiene “algo más que decir” que un joven estudiante de 24 años, sobre todo si los 15 años de experiencia del hombre de edad media fueron sobre lo que estudió (pongamos que se trate de la administración de empresas y que el estudiante lo fuera de Teología) y hablaran sobre un tema especializado de orden administrativo. En nuestra tierra ambos se enfrascan en una discusión de iguales. Si hay otros que escuchan, lo hacen dándoles similar valor a los dos, y si el que más sabe rehúsa entrar “al jelengue”, se lo tomará como arrogante y prepotente.

Pondré algunos ejemplos personales: Sabiendo en general quiénes son los vikingos, desconocía que llegaron incluso a apoderarse de toda Inglaterra por algunos años; más penosamente, no sabía (u olvidé) que la toma de la Bastilla tuvo lugar casi dos años después de la fecha en que se celebra la Revolución Francesa y así... lo que quiere decir que todos tenemos de forma normal lagunas culturales, esto es natural y no es problema mientras estemos conscientes de nuestras falencias, seamos honestos con nuestros conocimientos y tratemos de superarlos.

Hay muchos temas importantísimos de los que podemos sacar enseñanzas y comprensión sobre nuestra actualidad y de los que poco escuchamos: la Guerra Civil española, las filosofías griegas, las motivaciones reales de nuestros próceres de la Independencia, la Guerra de los Cristeros en México. Porque si te descuidas, te puede ocurrir lo que les pasó a unos estudiantes de Derecho en un examen de cultura general, en que no podían aportar un solo autor conocido de Filosofía del Derecho, creían que Nietzsche era un grupo musical y que Mussolini (no es broma) era un músico italiano. ¡Leamos, plis!
*Lic. en Ciencias Políticas.



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