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Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El tema es el que en nuestra sociedad de la comunicación, al
ser precisamente de masas, la calidad se ha sacrificado en aras del número,
originando una baja cualitativa a todos los niveles. No voy a referirme
en esta ocasión a las comunicaciones a través de los
medios, las oficiales, las de rango cultural superior, las de organismos
de la sociedad organizada, ni otras... Quiero precisar las que en forma
común el ciudadano promedio realiza entre sí en la conversación
cotidiana y cuando quiere discutir sobre diversas materias de la vida
en sociedad, sin la pretensión de que se las trate elevadamente.
Cuando mi generación era de niños (hace siglos, para
la cultura juvenil actual y un segundo para la historia) se
nos inculcaba una sabia verdad, tan, pero tan antigua y tan, pero tan
evidente, que es de esas verdades sabias que no dejan de serlo por su
sencillez, y que, por el contrario, pareciera que quien no estuviera de
acuerdo con ellas si que fuera lo que se decía un tonto de capirote,
lo que actualizado sería ser un lelo, o mejor aún, un pato.
Y esa máxima decía que lo correcto cuando tú entraras
en una conversación tanto por el éxito posible como
conversador, como por principio de honestidad debiera ser abordar
los temas con el nivel de conocimiento que de ellos tuvieras, y si ibas
a intervenir en una conversación con un tema del que supieras muy
poco o nada, debías en consecuencia moderar tu participación
en la escucha o haciendo preguntas sobre el particular. Desarrollemos
esto.
No se trata de permanecer pasivo, mucho menos de aceptar sin más
criterios de autoridad, a veces dudosos, ni de dejarnos avasallar por
verborreas audaces de tipos a veces más ignorantes, pero sí
de sopesar lo que en verdad nosotros sabemos del particular e igualmente
cuál pudiera ser el conocimiento que nuestro interlocutor parece
tener. Preguntar es siempre prudente, analizando y pidiendo las explicaciones
y ampliaciones que fueran del caso. Esto es lo recomendable y lógico.
Lo que en nuestra sociedad se hace es muy distinto. ¿Será
acaso porque contamos con una de las sociedades más cultas del
planeta, en la que desde el catedrático hasta el que friega los
suelos, todos, el taxista, el vendedor de minutas, el experto economista
que estudió 10 años de universidad, el que recibió
un cursillo de filosofía de dos meses, el estudiantillo de universidad
imberbe, el veterano de guerra, el experimentado periodista y mil etcéteras
más, todos contamos con un bagaje similar de conocimientos generales,
de cultura, de criterio y experiencia para conversar y discutir sobre
todo?
Excepciones aceptadas, es de suponerse que un señor de 40 años
que estudió dos carreras y con una experiencia de 15 años
de trabajo, por ejemplo, tiene algo más que decir que
un joven estudiante de 24 años, sobre todo si los 15 años
de experiencia del hombre de edad media fueron sobre lo que estudió
(pongamos que se trate de la administración de empresas y que el
estudiante lo fuera de Teología) y hablaran sobre un tema especializado
de orden administrativo. En nuestra tierra ambos se enfrascan en una discusión
de iguales. Si hay otros que escuchan, lo hacen dándoles similar
valor a los dos, y si el que más sabe rehúsa entrar al
jelengue, se lo tomará como arrogante y prepotente.
Pondré algunos ejemplos personales: Sabiendo en general quiénes
son los vikingos, desconocía que llegaron incluso a apoderarse
de toda Inglaterra por algunos años; más penosamente, no
sabía (u olvidé) que la toma de la Bastilla tuvo lugar casi
dos años después de la fecha en que se celebra la Revolución
Francesa y así... lo que quiere decir que todos tenemos de forma
normal lagunas culturales, esto es natural y no es problema mientras estemos
conscientes de nuestras falencias, seamos honestos con nuestros conocimientos
y tratemos de superarlos.
Hay muchos temas importantísimos de los que podemos sacar enseñanzas
y comprensión sobre nuestra actualidad y de los que poco escuchamos:
la Guerra Civil española, las filosofías griegas, las motivaciones
reales de nuestros próceres de la Independencia, la Guerra de los
Cristeros en México. Porque si te descuidas, te puede ocurrir lo
que les pasó a unos estudiantes de Derecho en un examen de cultura
general, en que no podían aportar un solo autor conocido de Filosofía
del Derecho, creían que Nietzsche era un grupo musical y que Mussolini
(no es broma) era un músico italiano. ¡Leamos, plis!
*Lic. en Ciencias Políticas.

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