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La amenaza de la nueva izquierda

Estas fuerzas políticas, que están desplazando a la más tradicional y civilizada izquierda que todavía gobierna en muchos países de Latinoamérica, debe ser afrontada con firmeza y sin concesiones

Publicada 26 de marzo 2005, El Diario de Hoy


Carlos Sabino*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Caracas. (AIPE).- Desde los piqueteros argentinos hasta las “organizaciones sociales” de Guatemala, pasando por los cocaleros de Evo Morales en Bolivia y por ciertos grupos indigenistas en Ecuador, una nueva izquierda parece estar emergiendo en América Latina: una izquierda que, por cierto, tiene en Hugo Chávez su mentor y su más sólido apoyo, pero que se inspira en el más veterano y exitoso dictador de todos los tiempos: Fidel Castro.

Se trata de una izquierda que, sin colocarse abiertamente en contra del sistema —como lo hacían los movimientos insurreccionales de los años 60 y 80— trata de desestabilizar las frágiles democracias de la región, mientras aprovecha su tolerancia, sus contradicciones y su inacción para llegar a conquistar el poder. Sus demandas son, por lo general, confusas y poco prácticas, carentes de coherencia y faltas de un programa viable que les dé sentido: se oponen a cualquier tratado que libere el comercio, a las privatizaciones y a las empresas extranjeras que son vistas como monstruos explotadores; están siempre en contra de los norteamericanos y odian con toda su alma al Presidente Bush.

¿Qué políticas apoyan, qué medidas nos proponen en cambio? Pues muy sencillo: hay que nacionalizar otra vez los “recursos estratégicos” —como el gas o el petróleo—, hay que exigir a los gobiernos más dinero para “programas sociales”, en especial si consisten en simples dádivas que recaen en los organizadores políticos de sus propios grupos, hay que provocar alborotos y manifestaciones en favor de la ecología, en contra del racismo, o cualquier otra causa popular para sembrar el caos en cada país, proclamar que se necesitan profundos cambios y exigir, entonces, que se convoque a una Asamblea Constituyente que reorganice la vida de la república.

Esto último, aunque parezca en principio bastante inocuo, puede tener muy serias consecuencias a largo plazo: preguntémosle si no a los venezolanos, quienes ahora tienen una Carta Magna hecha a la medida de las ambiciones de su singular caudillo.

No se puede negar que esta nueva izquierda ha aprendido del pasado, que ahora es mucho menos sincera y, por eso, enormemente más peligrosa. Ya no habla de tomar el poder por las armas, de la guerra popular prolongada o del “foco insurreccional”: se contenta con sembrar intranquilidad y favorecer el caos, mientras predica a favor de la democracia y de los derechos humanos; ya no nos propone un socialismo de economía planificada con un partido único que prohíbe las libertades políticas y civiles: ahora tiene un mensaje puramente negativo y emocional, similar al difundido por algunos terroristas árabes.

Critica y obstaculiza toda política en favor del desarrollo, pero se cuida mucho de dar alternativas positivas y concretas, no vaya a ser que se perciba su total orfandad ideológica, su ausencia absoluta de propuestas constructivas.

En resumen, estamos frente a un nuevo desafío, ante una amenaza solapada que puede llegar a convertir en un infierno a toda nuestra región. Es verdad que ellos son pocos, que son incapaces de ganar una elección libre o, siquiera, de formar partidos políticos amplios y con sólidas bases. Pero esta debilidad numérica es compensada con creces con su eficacia para crear ingobernabilidad, para llevar a los países a situaciones límite, en las que, entonces, son capaces de imponerse por su mejor organización y su falta de escrúpulos.

Estas fuerzas políticas, que están desplazando a la más tradicional y civilizada izquierda que todavía gobierna en muchos países de Latinoamérica, debe ser afrontada con firmeza y sin concesiones, con reformas políticas serias y con una defensa a ultranza del Estado de Derecho. Esperemos que las otras formaciones políticas, las que ahora llamamos tradicionales, comprendan la gravedad de la amenaza que pende sobre todos los latinoamericanos y se decidan a actuar de una vez, a combatir a los desestabilizadores con los argumentos de la ley, pero con la decidida actitud que hoy imponen las circunstancias.

*Doctor en Ciencias Sociales y profesor de la Universidad Francisco Marroquín. © www.aipenet.com



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