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Carlos
Sabino*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Caracas. (AIPE).- Desde los piqueteros argentinos hasta las organizaciones
sociales de Guatemala, pasando por los cocaleros de Evo Morales
en Bolivia y por ciertos grupos indigenistas en Ecuador, una nueva izquierda
parece estar emergiendo en América Latina: una izquierda que, por
cierto, tiene en Hugo Chávez su mentor y su más sólido
apoyo, pero que se inspira en el más veterano y exitoso dictador
de todos los tiempos: Fidel Castro.
Se trata de una izquierda que, sin colocarse abiertamente en contra del
sistema como lo hacían los movimientos insurreccionales de
los años 60 y 80 trata de desestabilizar las frágiles
democracias de la región, mientras aprovecha su tolerancia, sus
contradicciones y su inacción para llegar a conquistar el poder.
Sus demandas son, por lo general, confusas y poco prácticas, carentes
de coherencia y faltas de un programa viable que les dé sentido:
se oponen a cualquier tratado que libere el comercio, a las privatizaciones
y a las empresas extranjeras que son vistas como monstruos explotadores;
están siempre en contra de los norteamericanos y odian con toda
su alma al Presidente Bush.
¿Qué políticas apoyan, qué medidas nos proponen
en cambio? Pues muy sencillo: hay que nacionalizar otra vez los recursos
estratégicos como el gas o el petróleo,
hay que exigir a los gobiernos más dinero para programas
sociales, en especial si consisten en simples dádivas que
recaen en los organizadores políticos de sus propios grupos, hay
que provocar alborotos y manifestaciones en favor de la ecología,
en contra del racismo, o cualquier otra causa popular para sembrar el
caos en cada país, proclamar que se necesitan profundos cambios
y exigir, entonces, que se convoque a una Asamblea Constituyente que reorganice
la vida de la república.
Esto último, aunque parezca en principio bastante inocuo, puede
tener muy serias consecuencias a largo plazo: preguntémosle si
no a los venezolanos, quienes ahora tienen una Carta Magna hecha a la
medida de las ambiciones de su singular caudillo.
No se puede negar que esta nueva izquierda ha aprendido del pasado, que
ahora es mucho menos sincera y, por eso, enormemente más peligrosa.
Ya no habla de tomar el poder por las armas, de la guerra popular prolongada
o del foco insurreccional: se contenta con sembrar intranquilidad
y favorecer el caos, mientras predica a favor de la democracia y de los
derechos humanos; ya no nos propone un socialismo de economía planificada
con un partido único que prohíbe las libertades políticas
y civiles: ahora tiene un mensaje puramente negativo y emocional, similar
al difundido por algunos terroristas árabes.
Critica y obstaculiza toda política en favor del desarrollo, pero
se cuida mucho de dar alternativas positivas y concretas, no vaya a ser
que se perciba su total orfandad ideológica, su ausencia absoluta
de propuestas constructivas.
En resumen, estamos frente a un nuevo desafío, ante una amenaza
solapada que puede llegar a convertir en un infierno a toda nuestra región.
Es verdad que ellos son pocos, que son incapaces de ganar una elección
libre o, siquiera, de formar partidos políticos amplios y con sólidas
bases. Pero esta debilidad numérica es compensada con creces con
su eficacia para crear ingobernabilidad, para llevar a los países
a situaciones límite, en las que, entonces, son capaces de imponerse
por su mejor organización y su falta de escrúpulos.
Estas fuerzas políticas, que están desplazando a la más
tradicional y civilizada izquierda que todavía gobierna en muchos
países de Latinoamérica, debe ser afrontada con firmeza
y sin concesiones, con reformas políticas serias y con una defensa
a ultranza del Estado de Derecho. Esperemos que las otras formaciones
políticas, las que ahora llamamos tradicionales, comprendan la
gravedad de la amenaza que pende sobre todos los latinoamericanos y se
decidan a actuar de una vez, a combatir a los desestabilizadores con los
argumentos de la ley, pero con la decidida actitud que hoy imponen las
circunstancias.
*Doctor en Ciencias Sociales y profesor de la Universidad Francisco Marroquín.
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