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Julia
Regina de Cardenal*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Parece mentira que actualmente, cuando se hacen cumbresmundiales en
la ONU para la supuesta defensa de los derechos humanos, se permita la
tortura espantosa contra una mujer discapacitada indefensa, que lucha
por sobrevivir. Es in- creíble que se pueda permitir la crueldad
de matar de hambre y sed lentamente a una persona. Más bien parece
como un oscuro escenario frente a una película de horror, pero
es la realidad, está pasando estos días.
La increíble historia de cómo se juega a ser Dios, decidiendo
sobre la vida de Terri Schiavo, ha dado la vuelta al mundo. Ella ha comenzado
esta Semana Santa acompañando a Cristo, crucificada en una cama,
sin agua ni comida desde el viernes de la semana pasada, sin poder moverse
ni pedir ayuda, mientras otros deciden si se le permitirá vivir.
Sus padres, así como la Virgen María, la han acompañado
en su sufrimiento y sobrellevan un dolor indescriptible, sintiéndose
impotentes de poder ayudarla. Su marido, por otro lado, es el Judas, uno
de los predilectos escogidos por Jesús que lo traiciona y entrega
a la muerte. Él ya tiene otra mujer e hijos y a pesar de que le
ha negado a Terri cualquier tipo de terapia para darle la oportunidad
de mejorar, tal como han implorado sus padres, reclama el derecho de esposo
para decidir sobre su vida.
¿Dónde están los movimientos que dicen defender los
derechos de la mujer? ¿La han abandonado igual que los amigos de
Jesús? ¿Dónde está la ONU, que debería
defender su
vida? ¿Al igual que Pilatos se ha lavado las manos?
Los que mienten diciendo que está en estado vegetal cuando
los vídeos demuestran todo lo contrario, pues responde a la estimulación
de sus padres moviendo los ojos al llamarla, sonriendo o llorando, hasta
dice algunas palabritas intentando comunicarse son como los sacerdotes
de aquella época que gritaban crucifícale, azuzando
a la multitud para que terminen con su vida lo más pronto posible.
Con la boca reventada por la deshidratación de varios días
y sin poder recibir visitas de sus seres queridos, Terri aguanta y lucha
en silencio. No es que está cerebralmente muerta y la han desconectado
de alguna máquina que la mantiene viva artificialmente, como quieren
hacernos creer, sino simplemente le han quitado el tubo que necesita,
por el cual le pasan la comida, porque ella no puede alimentarse por sí
misma.
Hasta han llegado a decir que la matan por misericordia, para que ya no
siga sufriendo, mientras la obligan a pasar largos días soportando,
quién sabe qué sufrimientos, mientras muere de hambre y
sed.
Hoy celebramos la última cena, en la que Jesús habla con
sus apóstoles sobre lo que tiene que padecer por nuestros pecados.
Jesús vio todos los pecados de los hombres, sudó sangre
por el dolor de ver los horrores que somos capaces de cometer. Nosotros
somos testigos diariamente de cómo cada vez el mundo se vuelve
más cruel, egoísta y le vuelve la cara a Dios.
Para ser felices se deshacen de personas que les estorban
o que son una carga, matan legalmente a millones de bebés
inocentes en el vientre materno, descuartizándolos poco a poco.
Hasta las películas ganadores de los Óscares o las más
populares en los últimos años, han sido las que promueven
la eutanasia, el aborto, la homosexualidad, la pederastia y hasta el bestialismo.
Nuestra fe cristiana nos urge ir contra esta corriente que está
arrastrando a tanta gente y a no eludir el compromiso personal en defensa
de la justicia, en especial en los derechos fundamentales de la persona:
a la vida, al trabajo, a la educación, a la buena reputación,
a una vida digna, al descanso, a formar un hogar donde el matrimonio pueda
educar y proteger a sus hijos, a pasar serenamente la enfermedad o la
vejez y a la libertad religiosa.
El egoísmo puede cegar a las personas a cometer la grave injusticia
de eliminar a otro ser para no tener que sacrificarse por él, pero,
por otro lado, vemos cómo familias enteras se han acercado a Dios
y se han reconciliado entre ellos por medio del dolor o la enfermedad
de un ser querido.
Los caminos de Dios no son fáciles y Él mismo nos da el
ejemplo en su pasión, pero sabemos que siempre nos llevan a la
felicidad.
Él ha diseñado un plan divino de amor para cada uno, y nosotros
sólo tenemos que pedirle ayuda para poder cumplirlo sin cobardías,
aunque nos cueste, porque vale la pena. Él se quedó en la
Eucaristía para darnos esa fortaleza que necesitamos, acudamos
a ella frecuentemente para que nos llene de sus gracias, de sabiduría,
de su amor y su paz.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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