elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

El legado de una amistad

En su último día de vida, Monseñor Romero reflexionó sobre el martirio, como idea premonitoria de lo que estaba por sucederle. Fue durante un convivio, junto a un reducido grupo de sacerdotes, entre los que se encontraba el actual arzobispo capitalino, Monseñor Fernando Sáenz Lacalle.


Publicada 22 de marzo 2005 , El Diario de Hoy

“Si se utiliza la figura de Monseñor vinculada a
teologías dudosas y contrarias a la doctrina del Papa, se le está haciendo un tristísimo favor, más bien una traición a su figura para sacarle provecho partidista”.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com


Conocí a Monseñor Romero desde el año 1962 ó 63, cuando él estaba en San Miguel todavía. Tuve mucho más trato cuando estuvo aquí, en San Salvador, como secretario de la conferencia episcopal, y luego como obispo auxiliar de Monseñor Chávez y González, y posteriormente como Arzobispo de San Salvador.

En todo este recorrido histórico, siempre estuvimos muy en contacto, tanto que en sus últimos años él confió en mí su dirección espiritual. Siempre hubo una gran amistad entre los dos.
Yo estuve con él el día de su muerte, en una actividad espiritual, una convivencia. Estábamos en una casa de playa y de repente, no sé por qué alguien sacó el tema de los mártires Cristeros en México, justamente ese día, el día de su muerte. Hablamos de sus preocupaciones, la alimentación de los seminaristas, sobre el peligro que corrían los ornamentos sagrados de Catedral que corrían peligro por las continuas ocupaciones, sobre los cursos introductorios de los seminaristas, en fin, de muchos temas, pero todos muy eclesiásticos, de ocupación pastoral. No hablamos de política, de problemas ni nada, sino que estábamos en un ambiente sacerdotal, de paz.

Lea además

 


“La grandeza de él fue su obediencia”

Creo que Dios le regaló a Monseñor Romero un tiempo de recogimiento espiritual para afrontar el acontecimiento más sublime en la vida de todo cristiano, que es la llegada de la muerte. Dios fue bondadoso, no sólo porque ese día tuvo un clima de paz, sino porque la muerte le vino cuando estaba celebrando misa, en el ofertorio. Le concedió morir cuando estaba preparando el pan y el vino, en este sentido hay una realidad divina, una providencia muy especial.

Estoy claro en que fue un asesinato horrible, triplemente sacrílego pues además fue contra un obispo, durante la misa y en un lugar sagrado. Fue algo nefasto, pero Dios saca cosas buenas de las cosas malas. Fue simbólico que ofreciera su vida justo en el momento en que se recuerda el sacrificio de Cristo a Dios Padre.

En su último día no mencionó que tuviera temor por su vida, aunque en sus numerosos escritos habla de temores claros de que le ocurriera algo violento. Lo único que sé es que ese día en que estuve cerca de él, Dios le concedió una paz extraordinaria para afrontar la muerte.

Me enteré que lo habían matado a las pocas horas del atentado en la capilla del hospitalito de la Divina Providencia. Cuando llegué a la Policlínica para administrar la absolución y los santos óleos, ya se los habían dado. Yo seguí rezando. Habían fotógrafos y religiosas por todo el lugar, no había mucho qué aportar más que rezos.

Acudí a la misa en catedral y luego al entierro. Lo más conmovedor de toda esa semana, del 24 hasta el 30 de marzo, día de su entierro, fue ver las filas interminables de gente sencilla que venía de todos los pueblos y que iba pasando, uno a uno, para rezar frente al Pastor.

Un hombre de fe

De mis valoraciones sobre el rol que jugó Monseñor Romero puedo decir que habían razones históricas y sociales que clamaban por mayor justicia, pero que por la confrontación geopolítica mundial, los salvadoreños no pudieron plantear una vía pacífica y democrática para dirimirlos.

Hace 25 años, eran terribles las cosas que pasaban todos los días y en todas partes del país. Claro, habían personas que se sentían heridas y perjudicadas, y tal vez por eso no le daban la razón. Después de un cuarto de siglo, ya se analizan con más frialdad los acontecimientos, y se ve que evidentemente Monseñor Romero era un obispo que le tocó estar al frente de la iglesia en los momentos más difíciles de la historia de El Salvador, y además, incluso, con las cámaras de televisión y los micrófonos del mundo entero pendientes de sus palabras.

Estoy seguro que él era una persona piadosa, que había vivido intensamente la devoción a la Virgen de la Paz, que en sus cuadernos espirituales revela una fe intensa. Es erróneo pensar en él como un teólogo ajeno o contrario a la doctrina del Vaticano, o como una persona politizada o materialista. Fue una persona con buena doctrina y piadosa, que se encontró en una circunstancia tremendas.

Por eso creo que había partes de su homilía que, para algunos, resultaban problemáticas, pero en la mayor parte reflejaba su pensamiento pastoral.

En definitiva, si se utiliza la figura de Monseñor Romero vinculada a teologías dudosas y contrarias a la doctrina del Papa, se le está haciendo un tristísimo favor, más bien una traición a su figura para sacarle provecho partidista.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


elsalvador.com WWW