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Si se utiliza la figura de Monseñor
vinculada a
teologías dudosas y contrarias a la doctrina del Papa, se le
está haciendo un tristísimo favor, más bien una
traición a su figura para sacarle provecho partidista. |
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Conocí a Monseñor Romero desde el año 1962 ó
63, cuando él estaba en San Miguel todavía. Tuve mucho más
trato cuando estuvo aquí, en San Salvador, como secretario de la
conferencia episcopal, y luego como obispo auxiliar de Monseñor
Chávez y González, y posteriormente como Arzobispo de San
Salvador.
En todo este recorrido histórico, siempre estuvimos muy en contacto,
tanto que en sus últimos años él confió en
mí su dirección espiritual. Siempre hubo una gran amistad
entre los dos.
Yo estuve con él el día de su muerte, en una actividad espiritual,
una convivencia. Estábamos en una casa de playa y de repente, no
sé por qué alguien sacó el tema de los mártires
Cristeros en México, justamente ese día, el día de
su muerte. Hablamos de sus preocupaciones, la alimentación de los
seminaristas, sobre el peligro que corrían los ornamentos sagrados
de Catedral que corrían peligro por las continuas ocupaciones,
sobre los cursos introductorios de los seminaristas, en fin, de muchos
temas, pero todos muy eclesiásticos, de ocupación pastoral.
No hablamos de política, de problemas ni nada, sino que estábamos
en un ambiente sacerdotal, de paz.
Creo que Dios le regaló a Monseñor Romero un tiempo de
recogimiento espiritual para afrontar el acontecimiento más sublime
en la vida de todo cristiano, que es la llegada de la muerte. Dios fue
bondadoso, no sólo porque ese día tuvo un clima de paz,
sino porque la muerte le vino cuando estaba celebrando misa, en el ofertorio.
Le concedió morir cuando estaba preparando el pan y el vino, en
este sentido hay una realidad divina, una providencia muy especial.
Estoy claro en que fue un asesinato horrible, triplemente sacrílego
pues además fue contra un obispo, durante la misa y en un lugar
sagrado. Fue algo nefasto, pero Dios saca cosas buenas de las cosas malas.
Fue simbólico que ofreciera su vida justo en el momento en que
se recuerda el sacrificio de Cristo a Dios Padre.
En su último día no mencionó que tuviera temor por
su vida, aunque en sus numerosos escritos habla de temores claros de que
le ocurriera algo violento. Lo único que sé es que ese día
en que estuve cerca de él, Dios le concedió una paz extraordinaria
para afrontar la muerte.
Me enteré que lo habían matado a las pocas horas del atentado
en la capilla del hospitalito de la Divina Providencia. Cuando llegué
a la Policlínica para administrar la absolución y los santos
óleos, ya se los habían dado. Yo seguí rezando. Habían
fotógrafos y religiosas por todo el lugar, no había mucho
qué aportar más que rezos.
Acudí a la misa en catedral y luego al entierro. Lo más
conmovedor de toda esa semana, del 24 hasta el 30 de marzo, día
de su entierro, fue ver las filas interminables de gente sencilla que
venía de todos los pueblos y que iba pasando, uno a uno, para rezar
frente al Pastor.
Un hombre de fe
De mis valoraciones sobre el rol que jugó Monseñor Romero
puedo decir que habían razones históricas y sociales que
clamaban por mayor justicia, pero que por la confrontación geopolítica
mundial, los salvadoreños no pudieron plantear una vía pacífica
y democrática para dirimirlos.
Hace 25 años, eran terribles las cosas que pasaban todos los días
y en todas partes del país. Claro, habían personas que se
sentían heridas y perjudicadas, y tal vez por eso no le daban la
razón. Después de un cuarto de siglo, ya se analizan con
más frialdad los acontecimientos, y se ve que evidentemente Monseñor
Romero era un obispo que le tocó estar al frente de la iglesia
en los momentos más difíciles de la historia de El Salvador,
y además, incluso, con las cámaras de televisión
y los micrófonos del mundo entero pendientes de sus palabras.
Estoy seguro que él era una persona piadosa, que había vivido
intensamente la devoción a la Virgen de la Paz, que en sus cuadernos
espirituales revela una fe intensa. Es erróneo pensar en él
como un teólogo ajeno o contrario a la doctrina del Vaticano, o
como una persona politizada o materialista. Fue una persona con buena
doctrina y piadosa, que se encontró en una circunstancia tremendas.
Por eso creo que había partes de su homilía que, para algunos,
resultaban problemáticas, pero en la mayor parte reflejaba su pensamiento
pastoral.
En definitiva, si se utiliza la figura de Monseñor Romero vinculada
a teologías dudosas y contrarias a la doctrina del Papa, se le
está haciendo un tristísimo favor, más bien una traición
a su figura para sacarle provecho partidista.

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