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Un camino allanado hacia la beatificación

Tras la revisión de sus escritos por parte de la ortodoxia, la causa se encamina a la nominación de “Beato mártir”. Durante la gestión de Juan Pablo II, estos procesos se han acelerado, ya que tradicionalmente tardaban de 50 a 100 años.


Publicada 22 de marzo 2005 , El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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El 9 de julio de 1998, en la abadía anglicana de Westminster, en Londres, Inglaterra, varios dignatarios eclesiásticos y civiles, entre los que estaba la Reina Isabel II, develaron las estatuas que representan a los mártires de la iglesia más representativos del Siglo XX; entre éstas, la de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

La iniciativa para tramitar la canonización se inició en San Salvador en 1980, meses después del crimen. Un grupo de sacerdotes y colaboradores recopiló toda la información, desde escritos, homilías y testimonio de personas cercanas de Monseñor Romero.

Concluido el anterior proceso, que duró diez años, el entonces Arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera y Damas, envió la documentación y la petición al Vaticano, que la admitió en la Santa Congregación de la Causa de los Santos, que nombró a un postulador, el obispo Vicenzo Paglia, y dos vicepostuladores salvadoreños, los sacerdotes Jesús Delgado y Rafael Urrutia, quienes dan seguimiento al proceso en el país.

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El legado de una amistad

Según el Arzobispo Fernando Sáenz Lacalle, la causa de Romero ha sido planteada sobre la base del martirio, definido como la muerte por causa de la fe. Esto, acota, supondría una revisión más estricta sobre las condiciones en que éste habría tenido lugar.

“Son más estrictos, pero también más rápidos, en el sentido de que no hace falta que haya un milagro extraordinario para llegar a la beatificación”, explica el prelado católico.

Avance


De acuerdo a la ley vaticana, si a Monseñor Romero se le declarase mártir, que implica la autorización de la Iglesia para rendir culto público pero restringido a los lugares de origen, la causa no precisaría un milagro debido a que el martirio lo es en sí mismo.

No obstante, si el proceso avanzara hacia la canonización, es decir, hacia la declaratoria de santidad, sí se requeriría un milagro, sobre lo cual no existe temor a documentar.

“Monseñor Romero no tiene un milagro, tiene muchos”, comenta el padre Luis Eduardo Ramírez, de la parroquia “Cristo Resucitado”, en Santa Tecla.

El obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, también expresó su optimismo en una misa conmemorativa que ofició en Long Island, Nueva York, hace una semana.

“He estado en Roma la semana pasada y, según las reuniones que tuve con el clero italiano, el proceso marcha positivamente, y con fe puede ser que veamos su beatificación mucho más pronto de lo que pensamos”, comentó a la feligresía en el exterior.

El postulador, Jesús Delgado, tiene el mismo presentimiento, sobre todo por el cariño que el Papa Juan Pablo II tiene hacia Romero.

La gestión del Sumo Pontífice se ha distinguido por dar celeridad a los procesos de canonización, que tradicionalmente tardaban de 50 a 100 años.

Un gesto de apoyo

Monseñor Oscar Romero se reunió con el Papa Juan Pablo Segundo en enero de 1980, semanas antes del fatídico acontecimiento. Aunque el encuentro fue espontáneo, reafirmó la visión del Santo Padre acerca del religioso salvadoreño.
Luego de la tradicional audiencia del miércoles, Monseñor Romero se acercó a saludar al Papa y le dijo que era de El Salvador. Ante esto, el Santo Padre le respondió: “lo conozco, quedese que quiero hablar. Me espera por favor”.

Luego el Papa le dijo: “Conozcó la grave situación de allá, sé que es muy difícil su apostolado, cuente con mis oraciones. Todos los días rezó por El Salvador. Hay que defender con mucho empeño la justicia social, el amor a los pobres, pero hay que tener mucho cuidado con las ideologías que se puedan filtrar...”.

“Santo Padre -respondió Monseñor Romero- me gusta coincidir porque busco ese equilibrio de defender con ese ardor la justicia social que es lo más atropellado en mi pueblo, estar plenamente con los pobres. Pero también señalar los peligros que puede haber con una reinvindicación que vaya en contra de los sentimientos cristianos”.
Inmediatamente, el Papa le dio un gran abrazoy le dijo que estaba con él.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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