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El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El 9 de julio de 1998, en la abadía anglicana de Westminster, en
Londres, Inglaterra, varios dignatarios eclesiásticos y civiles,
entre los que estaba la Reina Isabel II, develaron las estatuas que representan
a los mártires de la iglesia más representativos del Siglo
XX; entre éstas, la de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
La iniciativa para tramitar la canonización se inició en
San Salvador en 1980, meses después del crimen. Un grupo de sacerdotes
y colaboradores recopiló toda la información, desde escritos,
homilías y testimonio de personas cercanas de Monseñor Romero.
Concluido el anterior proceso, que duró diez años, el entonces
Arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera y Damas, envió
la documentación y la petición al Vaticano, que la admitió
en la Santa Congregación de la Causa de los Santos, que nombró
a un postulador, el obispo Vicenzo Paglia, y dos vicepostuladores salvadoreños,
los sacerdotes Jesús Delgado y Rafael Urrutia, quienes dan seguimiento
al proceso en el país.
Según el Arzobispo Fernando Sáenz Lacalle, la causa de
Romero ha sido planteada sobre la base del martirio, definido como la
muerte por causa de la fe. Esto, acota, supondría una revisión
más estricta sobre las condiciones en que éste habría
tenido lugar.
Son más estrictos, pero también más rápidos,
en el sentido de que no hace falta que haya un milagro extraordinario
para llegar a la beatificación, explica el prelado católico.
Avance
De acuerdo a la ley vaticana, si a Monseñor Romero se le declarase
mártir, que implica la autorización de la Iglesia para rendir
culto público pero restringido a los lugares de origen, la causa
no precisaría un milagro debido a que el martirio lo es en sí
mismo.
No obstante, si el proceso avanzara hacia la canonización, es decir,
hacia la declaratoria de santidad, sí se requeriría un milagro,
sobre lo cual no existe temor a documentar.
Monseñor Romero no tiene un milagro, tiene muchos,
comenta el padre Luis Eduardo Ramírez, de la parroquia Cristo
Resucitado, en Santa Tecla.
El obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, también
expresó su optimismo en una misa conmemorativa que ofició
en Long Island, Nueva York, hace una semana.
He estado en Roma la semana pasada y, según las reuniones
que tuve con el clero italiano, el proceso marcha positivamente, y con
fe puede ser que veamos su beatificación mucho más pronto
de lo que pensamos, comentó a la feligresía en el
exterior.
El postulador, Jesús Delgado, tiene el mismo presentimiento, sobre
todo por el cariño que el Papa Juan Pablo II tiene hacia Romero.
La gestión del Sumo Pontífice se ha distinguido por dar
celeridad a los procesos de canonización, que tradicionalmente
tardaban de 50 a 100 años.
Un gesto de apoyo
Monseñor Oscar Romero se reunió con el Papa Juan Pablo
Segundo en enero de 1980, semanas antes del fatídico acontecimiento.
Aunque el encuentro fue espontáneo, reafirmó la visión
del Santo Padre acerca del religioso salvadoreño.
Luego de la tradicional audiencia del miércoles, Monseñor
Romero se acercó a saludar al Papa y le dijo que era de El Salvador.
Ante esto, el Santo Padre le respondió: lo conozco, quedese
que quiero hablar. Me espera por favor.
Luego el Papa le dijo: Conozcó la grave situación
de allá, sé que es muy difícil su apostolado, cuente
con mis oraciones. Todos los días rezó por El Salvador.
Hay que defender con mucho empeño la justicia social, el amor a
los pobres, pero hay que tener mucho cuidado con las ideologías
que se puedan filtrar....
Santo Padre -respondió Monseñor Romero- me gusta coincidir
porque busco ese equilibrio de defender con ese ardor la justicia social
que es lo más atropellado en mi pueblo, estar plenamente con los
pobres. Pero también señalar los peligros que puede haber
con una reinvindicación que vaya en contra de los sentimientos
cristianos.
Inmediatamente, el Papa le dio un gran abrazoy le dijo que estaba con
él.

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